Sunday, September 8, 2019

El Martinismo de Papus

EL MARTINISMO DE PAPUS







No vamos a hacer aquí una nueva y completa biografía de Papus. Para ello, podemos dirigirnos simplemente a las obras editadas sobre este extraordinario personaje, por ejemplo, la introducción del libro: «A.B.C. ilustrado del ocultismo» de Papus, de Ediciones Dangles, donde el hijo de Papus, Philippe Encausse, traza las grandes líneas de la vida de su padre. De una forma más completa podéis dirigiros al libro de Philippe Encausse que está consagrado únicamente a Papus.
Indicamos sencillamente que nació en 1865 en la Coruña (España). De padre francés y de madre originaria de Valladolid, Gerard Encausse pasa su infancia en París. Estudiando medicina se interesa por las ciencias herméticas y sus extraordinarias capacidades le condujeron rápidamente al primer rango de los movimientos ocultistas de su época. Médico, mago y místico, él se avoca enteramente a su misión terrestre hasta su muerte, el 25 de octubre de 1916.
Ante la personalidad de Papus, las opiniones son divergentes y opuestas. Para todos los ocultistas o estudiantes de estas ciencias, es evidente que este hombre fue un genio que estudió, practicó y laboró en el mundo escribiendo una suma considerable de obras que aún son autoridad en la materia. Muy pocos se han sacrificado como él por la obra que había emprendido y su carisma atrajo hacia él investigadores y místicos extraordinarios.
Papus vive en la edad de oro del ocultismo; es el hombre que pretende otorgar carta de nobleza a las ciencias llamadas ocultas. Es el que ha querido hacer de los Martinistas obreros serios y apreciados. Era hombre de acción y de plegaria y que sintetizó y organizó una miríada de corrientes hasta entonces dispersas.
Es, en cierto sentido, el héroe de este periodo de la historia oculta, el hombre  al que un gran número de sociedades y de estudiantes deben mucho. Pero si él es el fundador, el héroe –decimos nosotros-, engendró indirectamente todos los defectos. Ciertamente, los hermanos que le rodeaban en aquella época, formaban con él un sólido grupo, coherente y activo.
Nada le impedía poner manos a la obra para «levantar montañas».  «El trabajo estaba por hacer y ellos ayudaron a su Maestro y amigo». El despacho de sus casas siempre estaba activo con muchos asuntos por tratar. Aplicaban en sus vidas las ideas y la conducta que eran resultados de sus estudios y de su diligencia. Los ritos, los catecismos, estaban por establecer, ellos lo hicieron; pero para ellos no se trataba de un trabajo, una pesada labor. Era, al contrario, la natural consecuencia de su vida de hombres de deseo. Se trataba de trabajar, de buscar la iluminación, para poder guiar a sus hermanos.
Papus, el mejor de ellos, era el guía, el Maestro, el amigo y el hermano. Tales esfuerzos aparecen a menudo hoy en día como inútiles o anticuados. Ciertamente, es más fácil criticar lo que ellos hicieron que hacerse a sí mismo.
Papus va siendo relegado, poco a poco, al rango de las antigüedades, en este periodo de ensueño, en el que un estudio personal y sintético es aún posible.
Antes de aproximarnos un poco más a la creación y aporte de Papus, veamos qué es lo que él pedía a sus miembros en el apéndice del «Ritual de la Orden Martinista», publicado en 1913.
Para el Martinista es inútil entretenerse con divagaciones sobre los estudios psíquicos, mientras que los hombres de ciencia, o espíritus «positivos», que  se inician en el estudio del ocultismo, pasan la mayor parte de su tiempo especulando sobre si los hechos del magnetismo y de la mediumnidad son exactos.
En cambio, el Martinismo los considera como adquiridos. Deja, entonces a los demás las discusiones infantiles sobre la buena fe de los mediums y sobre el trance  de tales sujetos; se ocupa de problemas más elevados.
Lo que les falta a los Martinistas es tener una idea general del ocultismo, en sus dos tradiciones principales de Occidente o Kabalística y de Oriente o sánscrito, originarios los dos del antiguo Egipto.
Les falta a los Martinistas unas herramientas positivas de investigación de las ciencias antiguas para poder verificar los nombres propios y las palabras sagradas empleadas.
Estas herramientas son las lenguas sagradas de la antigüedad, o, sobre todo, sus primeros elementos, de forma que se pueda verificar cada término en un diccionario. El Martinista deberá, entonces, estudiar tres alfabetos:

Ø 1º El alfabeto Hebreo;
Ø 2º El alfabeto Sánscrito y
Ø 3º El alfabeto Egipcio.

Una vez en posesión de tales herramientas, será preciso aplicarlas al  estudio de la Cábala y del Hermetismo, para estudiar su simbolismo y el de la francmasonería en sus diversos ritos.
Es entonces cuando el Martinista será capaz de aplicar sus conocimientos para actuar sobre el plan invisible. El misticismo, la teúrgia y la psicología deberán atraer especialmente su atención.
Los libros no son más que instrumentos destinados a guiar la meditación cerebral y a preparar la digestión o asimilación intelectual. Ofrecemos seguidamente un modelo de ciclos de estudio, modelo que podrá ser modificado por cada estudiante y que servirá de guía general.
Cada ciclo puede abarcar un mes, si bien todos los estudios pueden ser hechos en 18 meses. Es evidente que cada ciclo puede ser prolongado o disminuido por el estudiante, según la velocidad de comprensión o por sus estudios anteriores.

I
Historias de las razas humanas, tradición, etc.
Teoría general y filosofía (Saint-Martín, Saint Yves, etc.)
Una lengua sagrada: el Hebreo.
Psicurgia (primeros elementos prácticos)
II
Historia y simbolismo (sociedades secretas y Masonería);
La Cábala;
Una lengua sagrada: el Sánscrito;
La magia y las adaptaciones (hipnosis, magnetismo, etc.)

III
Historia de la alquimia y de la Rosa-Cruz (Martinismo);
Las religiones de Oriente: Budismo, Brahmanismo y Taoísmo;
Une lengua sagrada: el Egipcio;

IV
El espiritismo: su transformación desde la Antigüedad; su adaptación.
Los cultos y su esoterismo en todas las religiones;
La antigua iniciación en Egipto, la Pirámide y el Templo;
El hermetismo; la alquimia; la astrología; el arqueómetro;
La masonería práctica: constitución de un rito; adaptaciones sociales diversas.

Así, en un año, el Martinista es capaz de buscar el significado de las palabras hebreas, sánscritas o egipcias, es iniciado en la historia de la alquimia, de la Francmasonería y de la Rosa+Cruz, así como en las religiones de Oriente y de Occidente.
Como Papus precisa: « Es evidente que estos ciclos pueden ser alargados o disminuidos por el estudiante según la velocidad de su comprensión o por sus estudios anteriores. » Hoy en día, la amplitud de semejante estudio haría rendirse a la mayoría de los susodichos iniciados. Aunque el programa de estudio puede ser revisado según ciertos desarrollos modernos de las investigaciones, tal esfuerzo es relegado al pasado y a menudo designado como inútil. Veremos más adelante el resultado de tal desinterés, pero digamos de momento que esto ha conducido en nuestros días a una ridiculización de las ciencias ocultas, cuyos susodichos iniciados a menudo no han sido capaces de mantener una conversación coherente e inteligente sobre tales cuestiones.
Esa es una manera de desacreditar, por su pasividad e incompetencia, los años de esfuerzos y de estudios de sus predecesores. Algunos opinan que no es necesario estudiar para obrar, para ser bueno, generoso y caritativo, en una palabra: en dejar hablar al corazón. «La vía Martinista no es una vía de eruditos y sus programas de estudio no son de ninguna utilidad». Nosotros respetamos plenamente esto y nuestras críticas respecto a los esfuerzos para el estudio solo pretenden subrayar la inactividad subyacente. Papus, quién nos ha demostrado la importancia de la vía del estudio, escribió: «Un Martinista no es obligatoriamente un erudito o un sabio entregado al estudio de las fuerzas, de las ciencias o de las artes ocultas. Puede (...) ser un activo puro, un sembrador de verdades, un modesto y humilde en la ciencia profana, pero cuyo corazón ha iluminado el cerebro con la práctica de la devoción y de la caridad.»
No es, entonces, erudición lo que pide Papus, sino actividad, resultado del hombre de deseo.
Habiendo de este modo aclarado el parecer de Papus, vamos ahora a hablar sobre su aportación al Martinismo.
Como habíamos afirmado, la historia muestra que él no recibió más que una menuda herencia Martinista. Es a partir de su encuentro con Chaboseau que nace la voluntad de reunir a algunos iniciados Martinistas en una estructura, permitiendo de esta manera, suplir el desorden existente hasta entonces. Con el talento que se le reconocía, Papus atrae a su alrededor brillantes personalidades que formaran el primer consejo de la Orden. Las iniciaciones comenzarán inmediatamente y los cuadernos iniciáticos, los catecismos y las bases de estudio vieron la luz. Saint- Martín había desaparecido. Se trataba de que Papus colocara un fundamento que siempre le había faltado al Martinismo. Era conveniente orientar los esfuerzos individuales, canalizarlos, formar un marco alrededor del corazón de la doctrina Martinista. Como Papus era francmasón, él concibió una estructura de tipo masónico para el Martinismo. Otra razón, aun de mayor fuerza, era que el fundador e iniciador de Saint-Martin, Martínez, había comenzado a estructurar su orden según el sistema masónico. Los Martinistas anti-masones de nuestra época (si aún existen) deberían reconocer que Papus dio al corazón del Martinismo un apoyo que dos siglos de estabilidad han demostrado como el más seguro.
También aparecieron las condecoraciones, ritos y catecismos del Martinismo que se les calificará «de Papus». Fueron, a nuestro entender, las mayores aportaciones y fundamentales que conoció el Martinismo. Es gracias a esta estructura que esta tradición pudo echar a volar, manteniéndose intacta hasta nuestros días. No creemos, sin embargo, que Papus hubiera colocado las bases de un nuevo sistema masónico. Él no hizo más que tomar lo que era bueno de este sistema y adaptarlo a la doctrina Martinista. Es necesario, antes de conocer el aporte que hizo, algunos detalles respecto a tales estructuras.
El Martinismo organizado por Papus no es una escuela o una clase superior dirigida por los Maestros. Gerard Encausse escribe al respecto: «Hay estudiantes, pero todos son iguales frente a la divinidad.» Sembrar, enseñar y cultivar, decía Papus, pero para sembrar es  preciso  haber  encontrado  la semilla y es sobre ella  que va a colocar el acento como aquello que es el corazón del Martinismo.
Sin embargo, sin la aparición de un nuevo personaje nosotros tendríamos, ciertamente, hoy en día, una masonería Martinista o Martinezista como única
corriente, pero no ha sido así. Papus conoce al Maestro Philippe de Lyon. Su encuentro fue fundamental, transformando su espíritu e influenciando de una manera duradera su cristianismo, es decir su Martinismo.
Papus escribía al respecto: «Aquél que nuestro corazón añora siempre por las vivas palabras que nos enseña se llamaba el más antiguo espíritu de la tierra; tenía poder especialmente sobre el rayo, que obedecía sus requerimientos, y dominaba también sobre el aire y el agua (...). Tenía una noción completa de la vida presente en todos sus detalles, de todos los seres terrestres con los cuales se encontraba en relación...».
«Me ha enseñado a intentar ser bueno, me ha enseñado la tolerancia hacia todos y sobre los defectos de los demás; la necesidad de no maldecir, la absoluta confianza en el Padre, la piedad por el dolor ajeno, en fin nos ha demostrado que no se puede evolucionar más que participando en los sufrimientos de los demás y no encerrándose en una torre de marfil por temor a perder la pureza y la sabiduría. He aquí porqué intento cambiar un poco la humanidad, de difundir alrededor de mí algunas ideas que no provienen de mi cerebro y propagar las dos grandes virtudes que nos vienen del Cielo: la Bondad y la Tolerancia.»
«Es sobre esta tierra donde los seres excepcionales vienen aquí como el salvador y descienden a los infiernos, es decir libre y sin nada que pagar; ellos son los enviados. Durante el curso de nuestra existencia terrestre hemos tenido la suerte de conocer algunos de tales seres y de haberlos tenido como amigos. Todos aquellos que los han conocido se han sorprendido de la irradiación maravillosa que emanaba de ellos (...). Serían necesarias páginas y páginas para decir todo aquello que hace un enviado del Padre sobre la tierra. Es un poco de sol sobre la piedra, es un rayo de luz en el egoísmo y la crueldad que nos rodea y ello nos conduce a amar la vida.» (Extractos citados por S. Hutin).
Se puede decir que la doctrina Martinista nació de Martínez, se volvió cristiana e interior con Saint-Martín, tomó forma ritual con Papus e inició su obra exterior e invisible gracias a la influencia del Maestro Philippe. El cristianismo Martinista fue, entonces, más acentuado y definido. Devino pues, verdaderamente, una caballería cristiana. La Orden, convertida en sólida y viva emergió sobre la herencia del Filósofo Desconocido como «una escuela de caballería moral esforzándose en desarrollar la espiritualidad de sus miembros, tanto por el estudio de un mundo aún desconocido (...) como por el ejercicio de la devoción (...) y por la creación en cada espíritu de una sólida fe.» «El Martinismo de Papus consistía así en una caballería del altruismo opuesto a la línea egoísta de los apetitos materiales.»

Friday, August 30, 2019

Del Libro del Compañero - A los Iniciados del Segundo Grado - Oswald Wirth


EL LIBRO DEL COMPAÑERO

Oswald Wirth


A LOS INICIADOS DEL
SEGUNDO GRADO

Muy queridos hermanos Compañeros:

Habiendo cumplido vuestro período de Aprendizaje, se os ha juzgado capaz de colaborar útilmente en la Grande Obra de la Construcción Universal. Están aquí entre los obreros que saben trabajar: se os puede entregar desde luego una obra, seguros de que  habréis de ejecutarla fielmente, conforme a todas los reglas de nuestro  Arte.
Pero, para ser dignos de la confianza que se os demuestra es indispensable que os convirtáis en verdaderos Compañeros.
No basta, en realidad, para poseer efectivamente un grado masónico, haberlo  recibido ritualmente. Nuestras ceremonias no tienen ninguna virtud sacramental y ninguna consagración tiene el poder de hacer un masón, porque en toda iniciación efectiva  el iniciado se hace por sí mismo. Los ritos iniciáticos no tienen otro papel que trazarle un programa.
Por eso las pruebas del grado de Aprendiz, han debido incitaros a transformaros interiormente, de manera de realizar el ideal del iniciado del primer grado, Si habéis comprendido todo el alcance de las formalidades que habéis debido  experimentar  para recibir la luz, poseéis ésta efectivamente y por ello sois iniciados, implícitamente es cierto, en todos los secretos de lo Francmasonería.
Procediendo siempre por síntesis, nuestra institución, esencialmente filosófica, procura, en efecto, encerrar el todo en la parte. El primero de sus grados está, desde este punto de vista, tan bien combinado que podría ser el único, si nuestro espíritu tuviera la potencia necesaria para descubrir todo lo que contiene.
Pero nuestra penetración intelectual esté lejos de ser siempre genial. Las exigencias  de la vida moderna dejan poco tiempo a la meditación, a tal punto que hemos contraído el hábito de juzgar por la apariencia de los cosas; y, para descubrir las verdades iniciáticas, es necesario profundizar y realizar esfuerzos perseverantes, que es preciso graduar para ayudar  a  la debilidad humana. La Masonería confiere, por consiguiente, la iniciación integral  en  tres grados, que señalan otras tantas etapas, destinadas a conducir progresivamente a la adquisición del conocimiento iniciático (Gnosis).
Este conocimiento es de una conquista demasiado difícil para que su asimilación pueda efectuarse en una y aún en tres veces. Es lo que justifica la multiplicación de los  grados masónicos. Todas las jerarquías tienen, en este particular, el mismo objetivo. Cualquiera que sea el número de escalones, siempre es la misma distancia por franquear. Se trata siempre de partir del Aprendizaje para terminar en la verdadera Maestría. Pero, entre    el comienzo (nacimiento o renacimiento iniciático) y este fin (muerte, transformación, renovación) se extiende toda la vida masónica, representada por el  Compañerismo.
Estáis llamados, desde luego, a vivir masónicamente, es decir, ajustando todos vuestros actos al ideal (Estrella Flamígera) que debéis llevar vosotros mismos. Este manual no tiene otro fin que el de ilustraros ampliamente a este  respecto.
Servíos leerlo con cuidado, sin temor de repetir la lectura página por página, meditando sobre lo que os haya llamado la atención Ha sido editado en forma de hacer reflexionar mucho y es por eso un guía que no dejará de revelaros misterios de la más alta importancia, si sabéis haceros accesibles a las verdades  iniciáticas.
No olvidéis, sobre todo, que el grado de Aprendiz es la base de toda Masonería.  Sobre su profundo estudio se basan todos los progresos ulteriores. Es necesario volver sin cesar a este punto de partida, si se quiere avanzar. El primer grado es la llave de todos los otros. Por altos que sean los grados de un masón, no tiene ningún conocimiento efectivo de Masonería si ignora el esoterismo del grado de Aprendiz, y todas las cintas con que se   decore no serán sino vanos juguetes.
El Segundo Grado es la consagración del primero, y es en este sentido que el Aprendiz, por el sólo hecho de que como tal ha realizado progresos suficientes, es admitido en la clase de los obreros o Compañeros. Es la terminación de su aprendizaje lo que le vale  su aumento de salario.
Por muy lejos que podamos ir, sepamos permanecer siempre aprendices, porque nunca habremos terminado de aprender. Convencido de que el verdadero sabio  no  terminaría nunca de estudiar, el ilustre Chevreul se llamaba estudiante, aunque era más que centenario. Recordemos esta enseñanza y no dejemos jamás de trabajar en nuestro propio perfeccionamiento tanto intelectual como moral. Es este aprendizaje incesante el que debe proseguirse con perseverancia porque sólo él confiere el verdadero Compañerismo, dicho  con otras palabras, el poder de acción fecunda y de realización verdaderamente  práctico.
Repasad, pues, queridos hermanos Compañeros con cuidado todo lo que se os ha enseñado con anterioridad y dedicaos, enseguida, a descifrar los enigmas que os propone vuestro grado actual. Con la ayuda de vuestra luz interior, conseguiréis vencer todas las dificultades, por formidables que sean. Si el verdadero Aprendiz-Masón  es ya  un  sabio como se encuentran pocos entre los hombres, ¿qué será el Compañero,  pensador  esclarecido, armado de la soberana potencia de acción?
¡Sobre todo, no os descorazonéis! Tened el heroísmo de los compañeros de Jasón que osaron embarcarse con él para marchar a la conquista del Vellocino de Oro. ¡Confiad en vuestra sagacidad, apelando a las más profundas energías de vuestra voluntad! ¡Nada obtendréis si escatimáis vuestro esfuerzo; pero podéis aspirar a todo, a condición de seguir vuestra obra sin desfallecimiento y poniendo en ella toda vuestra  alma!

.·.

Nada pretende inculcar el presente manual, porque no es un libro de clase en que el alumno aprende su lección para recitarla correctamente. La iniciación enseña a pensar, es decir, a hacer el esfuerzo personal que conduce a la elaboración de la verdad. Esta no es revelada jamás al iniciado, cuya misión consiste en descubrir por sí mismo los secretos que  le interesan. El Arte, al que se ha dedicado, quiere que sepa construir de acuerdo con sus modalidades personales el edificio de sus propias convicciones. Con este objeto, le deja  plena libertad con tal que construya sólidamente, con materiales juiciosamente escogidos, porque no toda piedra es aceptable para el constructor que debe verificar la cohesión y resistencia de todo bloque que emplee en la obra. Lo mismo ocurre en el dominio de las ideas, donde ninguna concepción puede ser admitida sin examen.
Esto se refiere a las páginas que van a seguir El autor ha consignado en ellas, con la mejor voluntad, el fruto de sus estudios en beneficio de sus hermanos; pero él no pretende  ser creído ciegamente Para comprender bien su pensamiento, es indispensable examinar por sí mismo el asunto tratado. Conclusiones diversas podrán presentarse así  al  espíritu del lector que haya sabido leer meditando, como cuadra a todo iniciado.

Del Libro del Maestro - La Luz Masónica - Oswald Wirth


EL LIBRO DEL MAESTRO




LA LUZ MASÓNICA

Oswald Wirth

Si queremos aproximarnos al gran secreto, démonos cuenta que en último análisis todo no es sino vibración. Luz, calor, sonido, electricidad, magnetismo, todo se resuelve en ondas de mayor o menor amplitud; lo mismo sucede en el dominio más sutil del pensamiento, de la voluntad, de la imaginación y de la vida. Nada se pierde, nada se destruye, todo se vuelve a encontrar.
Estos principios, confirmados por la ciencia moderna en toda la extensión de sus constataciones, no nos interesan aquí sino en cuanto se aplican al pensamiento humano. Por sí mismo, y sin que se exprese de otro modo, éste se propaga, al decir de los iniciados, según el modo vibratorio que le es propio.
Una objetividad, independiente del cerebro y de su funcionamiento, correspondería, pues, a la luz intelectual, cuya conquista se persigue a través de toda la iniciación masónica. Lejos de ser el generador de esta luz, nuestro órgano pensante no es sino una especie de lámpara incandescente, que se ilumina desde que pasa la corriente necesaria. Se puede compararla también a un resonador que vibra bajo la acción de ondas particulares. Y tal es así, que el pensamiento no se le puede rebajar a una secreción elaborada pura y simplemente por algunas de nuestras células nerviosas cuyo papel es revelar el pensamiento, de hacérnoslo sensible; pero no de crearlo. Como en todas partes, la función es aquí la creadora del órgano. Nuestros lóbulos cerebrales no se han desenvuelto sino bajo la influencia de un dinamismo-pensamiento preexistente, que trataba de manifestarse en nosotros.
En otros términos, nuestra evolución, la del mundo y la de todos los seres, entra en el programa de la Grande Iniciación progresiva, cuyo Iniciador eterno toma el nombre de Logos en la doctrina platónica. Esta palabra griega que significa Palabra, Razón, Verbo, se refiere en realidad a la Luz intelectual increada, anterior a todas las cosas. No olvidemos a este respecto, que el Juramento Masónico se prestaba en otro tiempo sobre el Evangelio de San Juan, que principia como sigue:

“Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios; y el Verbo era Dios”.
“Él estaba al principio con Dios”.
“Todas las cosas han sido hechas por él; nada de lo que ha sido hecho, se ha hecho sin él”.
“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”.
“Y la luz lució en las tinieblas; pero las tinieblas no la comprendieron”.

La naturaleza de este texto es para hacer reflexionar a los Iniciados.
Diviniza a la Inteligencia, la que, aclarando gradualmente el caos, se comunica a los seres bajo forma de instinto primero, después de conciencia y de comprensión de más en más completa. La vida universal tiene el sentido de un inmenso trabajo constructivo, que no podría ejecutarse ciegamente. Si hay organización progresiva, y por tanto, coordinación, es que el discernimiento interviene, pero todos los constructores no están igualmente iluminados. Los hay que obedecen dócilmente a leyes de las cuales no tienen conciencia, mientras que otros han alcanzado un más o menos alto grado de iniciación, en la medida en que han sabido discernir el plan de la Grande Obra. Bajo este respecto, basta al Aprendiz estar firmemente decidido a instruirse en un arte del cual no posee todavía sino una vaga noción teórica. El Compañero se ejercita en la práctica, pero con vacilación, porque él tantea y se entrega a ensayos que no son todos felices. Para escapar a las incertidumbres del empirismo, es preciso que se eleve a la Maestría, a menos que se beneficie con la dirección de un Maestro plenamente iluminado.
Queda por penetrar el misterio de la Iluminación. Si ciertos hombres se muestran más clarividentes que otros y pueden así útilmente instruir y guiar a sus semejantes, ¿De dónde sacan la comprensión superior y la lucidez sorprendente de que dan prueba? Nadie duda que estudios perseverantes, una larga experiencia y profundas meditaciones los preparen para su papel; pero, a fin de cuentas, su superioridad se basa sobre el afinamiento de sus facultades pensantes. Se han hecho más sensibles a las vibraciones de la luz iniciática, y de ahí su iniciación en los misterios no revelados aún al común de las inteligencias.
Es preciso ahora hacer remontar al Logos de Platón, a su Grande Arquitecto o Demiurgos, la luz que ilumina progresivamente al Iniciado. Más modestamente podemos detenernos en el que los Masones llaman su Maestro Hiram. Pero, ¿Cómo representarnos nosotros esta misteriosa entidad?
Lejos de ser un personaje, es una personificación. Pero, ¿De qué? Del Pensamiento Iniciático, de este conjunto de ideas que sobreviven, aun cuando ningún cerebro sea ya capaz de vibrar bajo su influencia. Lo que es precioso no muere y subsiste como en estado latente, hasta el día en que se ofrecen posibilidades de manifestarse. Entonces Hiram resucita en la persona de cada nuevo Maestro.

Del El Libro del Maestro - La Misión De Los Iniciados - Oswald Wirth


EL LIBRO DEL MAESTRO

LA MISIÓN DE LOS INICIADOS
Oswald Wirth



En todos los tiempos y en todas las latitudes, se han encontrado espíritus leales que aspiran a la verdad, al bien de sus semejantes y a la supresión de los males que los hombres sufren por su propia culpa. Estos sabios, a veces, han hecho escuela, instruyendo discípulos. Dando ejemplo de una vida austera, no temieron, en ciertas circunstancias, atacar públicamente los abusos del día.
Habiéndose atraído persecuciones, los reformadores fueron constreñidos a la prudencia; se hicieron discretos y se envolvieron en el misterio, sin abdicar nada de sus designios generosos. Así vieron la luz numerosas asociaciones más o menos secretas e independientes unas de otras, pero animadas de un mismo espíritu de justicia y filantropía.
Desde este punto de vista, la Francmasonería actual es incontestablemente la heredera de las más nobles tradiciones. Obrera del progreso humano, tiene plena conciencia de su papel emancipador. Sin afiliarse a ninguna escuela y no decidiéndose por ningún sistema, busca con toda independencia la luz que libera de toda esclavitud.
Sabiendo que los pueblos no están condenados a una infancia eterna, los Iniciados siguen su evolución, que favorecen, trabajando en levantar por todas partes su nivel moral e intelectual. Desgraciadamente, existen coaliciones que conspiran en sentido contrario. Convencidas de que los pueblos tienen interés en ser mantenidos bajo tutela, se esfuerzan en retardar la marcha normal de las cosas y entraban el progreso.
Una lucha se traba así fatalmente entre los constructores del porvenir y los conservadores timoratos de un pasado del que son los beneficiarios.
Elementos diversos intervienen, de una y otra parte en esta lucha, y cada uno pone en la obra los recursos de que dispone.
Lo que distingue desde este punto de vista a los Iniciados es el horror a la violencia. No son jamás ellos los que traman las revoluciones sangrientas o sublevan las multitudes excitando sus apetitos. El método de los Iniciados deriva de la experiencia de los siglos: es paciente, pero seguro.
Sin duda, una voz puede hacerse oír a propósito para recordar al sacerdote ignorante y a la reyecía degenerada los orígenes modestos de los más orgullosos poderes. Cuando el descendiente del primitivo Jefe de bandidos se gloríe de ser el ungido del Señor, los filósofos pueden permitirse reír abiertamente. No está prohibido a los ironistas ejercer su verbo a expensas de un pontífice infalible cuya soberanía espiritual se remonta a través de las edades a la muy equívoca anterioridad de un prehistórico jefe de hechiceros.
Son esos despropósitos de niños terribles, porque los Iniciados, cuidadosos de no trastornar nada demasiado bruscamente, se contentan, en general, con sonreír entre sí de las vanidades humanas. Temerosos de propagar intempestivamente verdades incendiarias, se imponen una discreción que es una fuerza temible. Mientras no sea la hora de hablar[1] se callan, acumulando las nociones reconocidas como verídicas, madurándolas así antes de darles su vuelo.
Después, tienen la inmensa ventaja, de no ser utopistas. Saben que la felicidad de las colectividades no puede resultar sino de la transformación de los individuos que las componen. La salud del cuerpo social depende del estado de las células que lo constituyen. No atribuyamos pues una importancia exagerada a la modificación de los regímenes políticos o sociales. Son las piedras talladas a escuadra las que aseguran la solidez del edificio. La práctica del arte de edificar enseña a los Francmasones que, si han renunciado a la arquitectura material, no por eso tallan menos sus materiales de construcción.
Desbastan en sí mismos la piedra bruta humana que pulen en seguida cuidadosamente a fin de adaptarla a las exigencias del gran edificio. Se trata de la reforma intelectual y moral de los individuos que es el objeto de toda iniciación verdadera.
Bajo simbolismos diferentes, el programa permanece en efecto él mismo cuando los “Herméticos” enseñan alegóricamente a transmutar el plomo en oro, o cuando los “Rosa-Cruces” de los siglos XVI y XVII asimilan al Cristo, rey, místico, el hombre regenerado, muerto para sus pasiones, a fin de resucitar en la luz pura.
Sin duda este Cristianismo iniciático no es el de los creyentes vulgares; pero la Masonería también se eleva o desciende en la concepción de cada uno según el grado de iniciación conquistado efectivamente por sus adeptos; de ahí la necesidad que existe para éstos de instruirse tan completamente como les sea posible, bien decididos a deshacerse de sus prejuicios, a perder sus ilusiones, contribuyendo en todo a la emancipación particular y general por la cultura simultánea, en sí y en los demás, de todas las cualidades del espíritu y del corazón.



[1] Inquirir la hora antes de abrir los Trab.·. es una prescripción del ritual.