Sunday, September 8, 2019

El Martinismo de Papus

EL MARTINISMO DE PAPUS







No vamos a hacer aquí una nueva y completa biografía de Papus. Para ello, podemos dirigirnos simplemente a las obras editadas sobre este extraordinario personaje, por ejemplo, la introducción del libro: «A.B.C. ilustrado del ocultismo» de Papus, de Ediciones Dangles, donde el hijo de Papus, Philippe Encausse, traza las grandes líneas de la vida de su padre. De una forma más completa podéis dirigiros al libro de Philippe Encausse que está consagrado únicamente a Papus.
Indicamos sencillamente que nació en 1865 en la Coruña (España). De padre francés y de madre originaria de Valladolid, Gerard Encausse pasa su infancia en París. Estudiando medicina se interesa por las ciencias herméticas y sus extraordinarias capacidades le condujeron rápidamente al primer rango de los movimientos ocultistas de su época. Médico, mago y místico, él se avoca enteramente a su misión terrestre hasta su muerte, el 25 de octubre de 1916.
Ante la personalidad de Papus, las opiniones son divergentes y opuestas. Para todos los ocultistas o estudiantes de estas ciencias, es evidente que este hombre fue un genio que estudió, practicó y laboró en el mundo escribiendo una suma considerable de obras que aún son autoridad en la materia. Muy pocos se han sacrificado como él por la obra que había emprendido y su carisma atrajo hacia él investigadores y místicos extraordinarios.
Papus vive en la edad de oro del ocultismo; es el hombre que pretende otorgar carta de nobleza a las ciencias llamadas ocultas. Es el que ha querido hacer de los Martinistas obreros serios y apreciados. Era hombre de acción y de plegaria y que sintetizó y organizó una miríada de corrientes hasta entonces dispersas.
Es, en cierto sentido, el héroe de este periodo de la historia oculta, el hombre  al que un gran número de sociedades y de estudiantes deben mucho. Pero si él es el fundador, el héroe –decimos nosotros-, engendró indirectamente todos los defectos. Ciertamente, los hermanos que le rodeaban en aquella época, formaban con él un sólido grupo, coherente y activo.
Nada le impedía poner manos a la obra para «levantar montañas».  «El trabajo estaba por hacer y ellos ayudaron a su Maestro y amigo». El despacho de sus casas siempre estaba activo con muchos asuntos por tratar. Aplicaban en sus vidas las ideas y la conducta que eran resultados de sus estudios y de su diligencia. Los ritos, los catecismos, estaban por establecer, ellos lo hicieron; pero para ellos no se trataba de un trabajo, una pesada labor. Era, al contrario, la natural consecuencia de su vida de hombres de deseo. Se trataba de trabajar, de buscar la iluminación, para poder guiar a sus hermanos.
Papus, el mejor de ellos, era el guía, el Maestro, el amigo y el hermano. Tales esfuerzos aparecen a menudo hoy en día como inútiles o anticuados. Ciertamente, es más fácil criticar lo que ellos hicieron que hacerse a sí mismo.
Papus va siendo relegado, poco a poco, al rango de las antigüedades, en este periodo de ensueño, en el que un estudio personal y sintético es aún posible.
Antes de aproximarnos un poco más a la creación y aporte de Papus, veamos qué es lo que él pedía a sus miembros en el apéndice del «Ritual de la Orden Martinista», publicado en 1913.
Para el Martinista es inútil entretenerse con divagaciones sobre los estudios psíquicos, mientras que los hombres de ciencia, o espíritus «positivos», que  se inician en el estudio del ocultismo, pasan la mayor parte de su tiempo especulando sobre si los hechos del magnetismo y de la mediumnidad son exactos.
En cambio, el Martinismo los considera como adquiridos. Deja, entonces a los demás las discusiones infantiles sobre la buena fe de los mediums y sobre el trance  de tales sujetos; se ocupa de problemas más elevados.
Lo que les falta a los Martinistas es tener una idea general del ocultismo, en sus dos tradiciones principales de Occidente o Kabalística y de Oriente o sánscrito, originarios los dos del antiguo Egipto.
Les falta a los Martinistas unas herramientas positivas de investigación de las ciencias antiguas para poder verificar los nombres propios y las palabras sagradas empleadas.
Estas herramientas son las lenguas sagradas de la antigüedad, o, sobre todo, sus primeros elementos, de forma que se pueda verificar cada término en un diccionario. El Martinista deberá, entonces, estudiar tres alfabetos:

Ø 1º El alfabeto Hebreo;
Ø 2º El alfabeto Sánscrito y
Ø 3º El alfabeto Egipcio.

Una vez en posesión de tales herramientas, será preciso aplicarlas al  estudio de la Cábala y del Hermetismo, para estudiar su simbolismo y el de la francmasonería en sus diversos ritos.
Es entonces cuando el Martinista será capaz de aplicar sus conocimientos para actuar sobre el plan invisible. El misticismo, la teúrgia y la psicología deberán atraer especialmente su atención.
Los libros no son más que instrumentos destinados a guiar la meditación cerebral y a preparar la digestión o asimilación intelectual. Ofrecemos seguidamente un modelo de ciclos de estudio, modelo que podrá ser modificado por cada estudiante y que servirá de guía general.
Cada ciclo puede abarcar un mes, si bien todos los estudios pueden ser hechos en 18 meses. Es evidente que cada ciclo puede ser prolongado o disminuido por el estudiante, según la velocidad de comprensión o por sus estudios anteriores.

I
Historias de las razas humanas, tradición, etc.
Teoría general y filosofía (Saint-Martín, Saint Yves, etc.)
Una lengua sagrada: el Hebreo.
Psicurgia (primeros elementos prácticos)
II
Historia y simbolismo (sociedades secretas y Masonería);
La Cábala;
Una lengua sagrada: el Sánscrito;
La magia y las adaptaciones (hipnosis, magnetismo, etc.)

III
Historia de la alquimia y de la Rosa-Cruz (Martinismo);
Las religiones de Oriente: Budismo, Brahmanismo y Taoísmo;
Une lengua sagrada: el Egipcio;

IV
El espiritismo: su transformación desde la Antigüedad; su adaptación.
Los cultos y su esoterismo en todas las religiones;
La antigua iniciación en Egipto, la Pirámide y el Templo;
El hermetismo; la alquimia; la astrología; el arqueómetro;
La masonería práctica: constitución de un rito; adaptaciones sociales diversas.

Así, en un año, el Martinista es capaz de buscar el significado de las palabras hebreas, sánscritas o egipcias, es iniciado en la historia de la alquimia, de la Francmasonería y de la Rosa+Cruz, así como en las religiones de Oriente y de Occidente.
Como Papus precisa: « Es evidente que estos ciclos pueden ser alargados o disminuidos por el estudiante según la velocidad de su comprensión o por sus estudios anteriores. » Hoy en día, la amplitud de semejante estudio haría rendirse a la mayoría de los susodichos iniciados. Aunque el programa de estudio puede ser revisado según ciertos desarrollos modernos de las investigaciones, tal esfuerzo es relegado al pasado y a menudo designado como inútil. Veremos más adelante el resultado de tal desinterés, pero digamos de momento que esto ha conducido en nuestros días a una ridiculización de las ciencias ocultas, cuyos susodichos iniciados a menudo no han sido capaces de mantener una conversación coherente e inteligente sobre tales cuestiones.
Esa es una manera de desacreditar, por su pasividad e incompetencia, los años de esfuerzos y de estudios de sus predecesores. Algunos opinan que no es necesario estudiar para obrar, para ser bueno, generoso y caritativo, en una palabra: en dejar hablar al corazón. «La vía Martinista no es una vía de eruditos y sus programas de estudio no son de ninguna utilidad». Nosotros respetamos plenamente esto y nuestras críticas respecto a los esfuerzos para el estudio solo pretenden subrayar la inactividad subyacente. Papus, quién nos ha demostrado la importancia de la vía del estudio, escribió: «Un Martinista no es obligatoriamente un erudito o un sabio entregado al estudio de las fuerzas, de las ciencias o de las artes ocultas. Puede (...) ser un activo puro, un sembrador de verdades, un modesto y humilde en la ciencia profana, pero cuyo corazón ha iluminado el cerebro con la práctica de la devoción y de la caridad.»
No es, entonces, erudición lo que pide Papus, sino actividad, resultado del hombre de deseo.
Habiendo de este modo aclarado el parecer de Papus, vamos ahora a hablar sobre su aportación al Martinismo.
Como habíamos afirmado, la historia muestra que él no recibió más que una menuda herencia Martinista. Es a partir de su encuentro con Chaboseau que nace la voluntad de reunir a algunos iniciados Martinistas en una estructura, permitiendo de esta manera, suplir el desorden existente hasta entonces. Con el talento que se le reconocía, Papus atrae a su alrededor brillantes personalidades que formaran el primer consejo de la Orden. Las iniciaciones comenzarán inmediatamente y los cuadernos iniciáticos, los catecismos y las bases de estudio vieron la luz. Saint- Martín había desaparecido. Se trataba de que Papus colocara un fundamento que siempre le había faltado al Martinismo. Era conveniente orientar los esfuerzos individuales, canalizarlos, formar un marco alrededor del corazón de la doctrina Martinista. Como Papus era francmasón, él concibió una estructura de tipo masónico para el Martinismo. Otra razón, aun de mayor fuerza, era que el fundador e iniciador de Saint-Martin, Martínez, había comenzado a estructurar su orden según el sistema masónico. Los Martinistas anti-masones de nuestra época (si aún existen) deberían reconocer que Papus dio al corazón del Martinismo un apoyo que dos siglos de estabilidad han demostrado como el más seguro.
También aparecieron las condecoraciones, ritos y catecismos del Martinismo que se les calificará «de Papus». Fueron, a nuestro entender, las mayores aportaciones y fundamentales que conoció el Martinismo. Es gracias a esta estructura que esta tradición pudo echar a volar, manteniéndose intacta hasta nuestros días. No creemos, sin embargo, que Papus hubiera colocado las bases de un nuevo sistema masónico. Él no hizo más que tomar lo que era bueno de este sistema y adaptarlo a la doctrina Martinista. Es necesario, antes de conocer el aporte que hizo, algunos detalles respecto a tales estructuras.
El Martinismo organizado por Papus no es una escuela o una clase superior dirigida por los Maestros. Gerard Encausse escribe al respecto: «Hay estudiantes, pero todos son iguales frente a la divinidad.» Sembrar, enseñar y cultivar, decía Papus, pero para sembrar es  preciso  haber  encontrado  la semilla y es sobre ella  que va a colocar el acento como aquello que es el corazón del Martinismo.
Sin embargo, sin la aparición de un nuevo personaje nosotros tendríamos, ciertamente, hoy en día, una masonería Martinista o Martinezista como única
corriente, pero no ha sido así. Papus conoce al Maestro Philippe de Lyon. Su encuentro fue fundamental, transformando su espíritu e influenciando de una manera duradera su cristianismo, es decir su Martinismo.
Papus escribía al respecto: «Aquél que nuestro corazón añora siempre por las vivas palabras que nos enseña se llamaba el más antiguo espíritu de la tierra; tenía poder especialmente sobre el rayo, que obedecía sus requerimientos, y dominaba también sobre el aire y el agua (...). Tenía una noción completa de la vida presente en todos sus detalles, de todos los seres terrestres con los cuales se encontraba en relación...».
«Me ha enseñado a intentar ser bueno, me ha enseñado la tolerancia hacia todos y sobre los defectos de los demás; la necesidad de no maldecir, la absoluta confianza en el Padre, la piedad por el dolor ajeno, en fin nos ha demostrado que no se puede evolucionar más que participando en los sufrimientos de los demás y no encerrándose en una torre de marfil por temor a perder la pureza y la sabiduría. He aquí porqué intento cambiar un poco la humanidad, de difundir alrededor de mí algunas ideas que no provienen de mi cerebro y propagar las dos grandes virtudes que nos vienen del Cielo: la Bondad y la Tolerancia.»
«Es sobre esta tierra donde los seres excepcionales vienen aquí como el salvador y descienden a los infiernos, es decir libre y sin nada que pagar; ellos son los enviados. Durante el curso de nuestra existencia terrestre hemos tenido la suerte de conocer algunos de tales seres y de haberlos tenido como amigos. Todos aquellos que los han conocido se han sorprendido de la irradiación maravillosa que emanaba de ellos (...). Serían necesarias páginas y páginas para decir todo aquello que hace un enviado del Padre sobre la tierra. Es un poco de sol sobre la piedra, es un rayo de luz en el egoísmo y la crueldad que nos rodea y ello nos conduce a amar la vida.» (Extractos citados por S. Hutin).
Se puede decir que la doctrina Martinista nació de Martínez, se volvió cristiana e interior con Saint-Martín, tomó forma ritual con Papus e inició su obra exterior e invisible gracias a la influencia del Maestro Philippe. El cristianismo Martinista fue, entonces, más acentuado y definido. Devino pues, verdaderamente, una caballería cristiana. La Orden, convertida en sólida y viva emergió sobre la herencia del Filósofo Desconocido como «una escuela de caballería moral esforzándose en desarrollar la espiritualidad de sus miembros, tanto por el estudio de un mundo aún desconocido (...) como por el ejercicio de la devoción (...) y por la creación en cada espíritu de una sólida fe.» «El Martinismo de Papus consistía así en una caballería del altruismo opuesto a la línea egoísta de los apetitos materiales.»

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