Friday, April 13, 2018

Una Reforma Contemporánea Del Martinismo Papusiano

UNA REFORMA CONTEMPORÁNEA
DEL MARTINISMO PAPUSIANO
EL SAN-MARTINISMO DE LA SOCIEDAD DE LOS INDEPENDIENTES

Reunidos, casi dos siglos después del Nacimiento al Cielo del teósofo de Amboise, el 14 de octubre de 2003, para considerar honestamente el estado de la situación de la herencia sanmartiniana, nos pareció de una evidencia extrema la distancia que separa a la mayoría de círculos que reivindican del Filósofo Desconocido su pensamiento original, según la idea que se han impuesto para proseguir cada uno, en sus diversos grados, las metas y los objetivos que han tomado como propios, trabajando sobre sujetos bien distintos, al menos, de las intenciones primeras de este buen maestro que no dudó en definirse como “amigo de Cristo”.
Así pues, un examen serio de lo deseado verdaderamente por Saint-Martin para sus íntimos, nos muestra de inmediato la fosa, por no decir el abismo, que nos mantiene actualmente alejados de la obra “sanmartiniana” efectiva.
Es por esto que nos ha parecido imperativo, por la exigencia de nuestros deberes en tanto que discípulos sinceros que desean ser fieles y respetuosos con el espíritu y las intenciones del Filósofo Desconocido, emprender una clase de restablecimiento del espíritu sanmartiniano, y constituir, o más exactamente despertar, más allá pero también a partir de nuestras propias cualificaciones Martinistas, bendecidos y apoyados en ello por los bondadosos y valiosos consejos de nuestro añorado Hermano y Padre Robert Amadou (1924-2006), esta “Sociedad de los Independientes”, Sociedad imaginada y esperada antaño por Saint-Martin, de tal forma que en ella se pueda efectuar, lejos del ruido y del mundo, el lento proceso de purificación, de regeneración, de santificación y de reconciliación, proceso esencial fundamentado sobre la plegaria interior, nutrido por la oración y sustentado por la humildad del corazón.
Bajo los auspicios de esta “Sociedad de los Independientes”, “y de la profunda doctrina a la que se aplican sus diferentes miembros” (El Cocodrilo, Canto 15), fue edificada, bajo el respeto a los principios sanmartinianos, no una “Orden” Martinista[1] más entre las innumerables Órdenes que se declaran y se presentan como tales, sino la pequeña “Sociedad” deseada por el Filósofo Desconocido, a saber, la reunión de los Servidores Incógnitos, de estos “Independientes” que han acogido el mensaje del Evangelio considerándose, simplemente, como pobres discípulos de Cristo Jesús, Nuestro divino Maestro, Reparador y Señor, יהשוה .
Así pues, es nuestro deseo:

Ø Orar y “operar” con Saint-Martin, “purificándonos”, sabiendo que, según el Filósofo Desconocido: “No es la cabeza lo que debe romperse para avanzar en la senda de la verdad, sino el corazón”.
Ø Hacer un buen uso, “depurado” y limitado, de los símbolos legados por la Tradición Martinista, reforzando de esta forma la transmisión iniciática de las enseñanzas del Filósofo Desconocido, es decir, las que él dispensa en vida a sus escasos íntimos.
Ø Constituir, en cierta forma, una Escuela activa de teosofía[2] “sanmartiniana”.

Y tal es la obra que le es impuesta a los miembros de esta “Sociedad” pensada por Saint-Martin como una Fraternidad del Bien, una Sociedad cuasi religiosa, a saber, la Sociedad de los Hermanos, silenciosos e invisibles, que consagran sus trabajos a la celebración de los misterios del nacimiento del Verbo en el alma; círculo íntimo de los piadosos Servidores, reagrupados, según el deseo del Filósofo Desconocido, y a fin de responder a su voluntad inicial y primera, en “Sociedad de los Independientes”, que no tiene “ninguna especie de semejanza con ninguna de las sociedades conocidas” (El Cocodrilo, Canto 14); “Es esta Sociedad la que os anuncio como siendo la única en la Tierra que constituye una imagen real de la sociedad divina, y de la que os informo que soy su fundador” (El Cocodrilo, Canto 91).
En una fórmula de la que tenía incontestablemente el secreto, y que Robert Amadou gustaba a menudo repetir, Louis-Claude de Saint-Martin nos presenta los medios para realizar el largo trayecto en dirección al Santuario interior a fin de contemplar la incomparable Gloria del Eterno y prosternarse ante la infinidad de su Amor, fórmula que resume todo el programa sanmartiniano tal como lo practicamos: “Tenemos siempre el altar con nosotros que es nuestro corazón, al Sacrificador que es nuestra palabra y el sacrificio que es nuestro cuerpo” (Lecciones de Lyon, nº 76, 25 de octubre de 1775, SM).
Es por lo que, Saint-Martin, y aquellos que reivindican su pensamiento, se reúnen bajo el nombre de “Sociedad de los Independientes”, tal es la obra auténtica, tal es el itinerario en el cual nos hemos comprometido, alejando de nosotros las largas rutas espaciosas que conducen a los precipicios y a la ruina, pues conservamos con devoción en la memoria la pertinente sentencia del Filósofo Desconocido: “Desgraciado aquel que no funda su edificio espiritual sobre la sólida base de su corazón en perpetua purificación e inmolación por el fuego sagrado” (Retrato, 427).
Por lo tanto, se nos pide entregarnos por completo, abandonarnos y abalanzarnos con confianza en los brazos del Señor sin intentar querer seguir aferrándose a viejas ramas muertas, al igual que se nos exige igualmente, en un movimiento similar, someternos al misterio del Amor infinito y entrar en la pura comunión del Cielo, siguiendo en esto los valiosos consejos que nos da, más allá de la distancia de los siglos, Louis-Claude de Saint-Martin: “Alma humana, únete al Cielo que ha aportado sobre la tierra el poder de purificar todas las sustancias; únete a aquel que, siendo Dios, solo se da a conocer a los simples y a los pequeños, y se deja ignorar por los sabios” (El Hombre de Deseo, § 201).

La esencia espiritual del san-martinismo

El San-Martinismo, del que la Sociedad de los Independientes encarna su expresión, después de haberse ocupado de dar a conocer su sentido, respetuoso con la historia de la Orden Martinista en la cual se inscribe, es, no obstante, una reforma contemporánea del martinismo papusiano, reforma emprendida a fin de inscribir el proceso iniciático de las almas de deseo en la más pura tradición de Saint-Martin, para poder poner en práctica, efectivamente, el programa de la “vía según lo interno” fijada por el Filósofo Desconocido a sus íntimos, obrando por la meditación y la oración interior para la purificación del corazón, de tal forma que sea Dios mismo quien venga a orar en nosotros.
Como decía Saint-Martin: “Debemos atraer el modelo sobre nosotros y formar de este modo la más sublime unión que jamás podría hacer ninguna teúrgia ni ninguna ceremonia misteriosa de las que las otras iniciaciones están llenas… la teúrgia que emplea la naturaleza elemental, como tal, la creo inútil y extraña a nuestro verdadero teurgismo, donde no hay más llama que nuestro deseo ni más luz que la de nuestra pureza” (Carta a Kirchberger, 19 de junio de 1797).
Es cierto que subsiste una tradicional referencia a Saint-Martin en el espíritu de la gran mayoría de miembros de las Órdenes que se declaran “Martinistas”, apoyada y reforzada por la evocación ritual realizada, por su título de guía eminente y afortunado fundador, durante el encendido de las luminarias, pero está, desafortunadamente, desnuda por lo general de toda dimensión “operativa” y de consecuencia práctica, señalando, en la mayoría de los casos, una especie de reconocimiento sentimental respecto a un Maestro evidentemente venerado, pero singularmente ignorado desde el punto de vista doctrinal, incluso, desgraciadamente, totalmente abandonado y relegado a un segundo plano en favor de curiosas “vías” nada compatibles, ante toda evidencia, con las ideas y los principios fundamentales del teósofo de Amboise. Ante esta situación, resulta fácil pensar a cualquiera que haya frecuentado las múltiples estructuras Martinistas existentes (y sin ánimo de juzgar, con toda caridad fraternal, la sinceridad individual de los que las forman, sinceridad que en ningún momento ponemos en duda), que parece, no obstante, vital y necesario, a dos siglos del nacimiento al Cielo de nuestro Maestro, comprometerse en una investigación honesta ante estos planteamientos y cuestionarse, con toda franqueza y rigor, sobre la autenticidad de su evolución.
En este sentido, un examen serio de lo deseado verdaderamente por Saint-Martin para sus íntimos y lo que proponen los grupos actuales, nos demuestra inmediatamente la distancia que separa, a veces radicalmente, la actividad de los Martinistas contemporáneos de la obra “san-martiniana” efectiva.
Es por esto que nos ha parecido imperativo, por la exigencia de nuestros deberes en tanto que discípulos sinceros que desean ser fieles y respetuosos con el espíritu y las intenciones del Filósofo Desconocido, emprender una clase de restablecimiento del espíritu sanmartiniano, y constituir, o más exactamente despertar, más allá pero también a partir de nuestras propias cualificaciones Martinistas, bendecidos y apoyados en ello por los bondadosos y valiosos consejos de nuestro añorado Hermano y Padre Robert Amadou (1924-2006), esta “Sociedad de los Independientes”, Sociedad imaginada y esperada antaño por Saint-Martin, de tal forma que en ella se pueda efectuar, lejos del ruido y del mundo, el lento proceso de purificación, de regeneración, de santificación y de reconciliación, proceso esencial fundamentado sobre la plegaria interior, nutrido por la oración y sustentado por la humildad del corazón.

“Toda la Sociedad de los Independientes tenía también la mirada puesta en los grandes acontecimientos que estaban ocurriendo; cada uno de los miembros de la Sociedad resplandecía de exaltación al ver acelerarse así el reinado de un poder justo y el triunfo de la Verdad. Se oyeron entre ellos cánticos sagrados entonados con antelación, y nuevos anuncios proféticos sobre los éxitos aún mayores que estaban por venir para coronar la buena causa”.
(Saint-Martin, El Cocodrilo, Cántico 62)

“La única iniciación que predico (…), es aquella por la que podemos penetrar en el corazón de Dios, y hacer entrar el corazón de Dios en nosotros, para hacer un matrimonio indisoluble que nos haga el amigo, el hermano y la esposa de nuestro Divino Reparador”.
(Saint-Martin a Kirchberger, 19 de junio de 1797)

“Tenemos siempre en nosotros el altar que es nuestro corazón, al Sacrificador que es nuestra palabra y al sacrificio que es nuestro cuerpo”.
(Saint-Martin, Lecciones de Lyon, nº 76, 25 de octubre de 1775)





[1] “El Martinismo es la doctrina, la gnosis judeo-cristiana de Martines de Pasqually que se encuentra integralmente en el seno de la Orden de los Élus Cohen, y que fue desarrollada por sus dos discípulos más próximos, Jean-Baptiste Willermoz que la introdujo en el seno del Régimen Escocés Rectificado, y Louis-Claude de Saint-Martin, verdadero maestro espiritual y filósofo religioso, que firma con el seudónimo de Filósofo Desconocido sus valiosos libros de teosofía. Aunque Louis-Claude de Saint-Martin no fundó nunca ninguna Orden, Papus (el Dr. Gérard Encausse) lo hizo al comienzo del siglo veinte, atribuyendo la paternidad al Filósofo Desconocido, y todas las Órdenes Martinistas hasta hoy se remontan hasta esta creación de Papus. Digamos que se trata, en realidad, de una “filiación de deseo””. (Robert Amadou, Prefacio al Tratado de la Reintegración).
[2] Se debe entender esencialmente por “Teosofía”: la ciencia de los misterios.

Monday, April 9, 2018

EL VENERABLE HERMANO JEAN BRICAUD (1881-1943)


EL VENERABLE HERMANO JEAN BRICAUD (1881-1943)


Fue patriarca gnóstico, Rector de la Orden de la Rosa Cruz y
Gran Maestro de la Orden Martinista de Lyon,
así como Presidente de la Sociedad Ocultista Internacional.
Fue también Gran Hierofante,
para Francia del Rito Masónico de Menfis-Misraím,
asumiendo tal puesto el 10 de dic. de 1919,
pues dicho puesto había quedado acéfalo desde el 25 de septiembre de 1918,
por el fallecimiento del Hno. Dettré,
quien había sucedido al Gran Maestro PAPUS.

JEAN BRICAUD (1881-1943)

El Hno. Jean Bricaud es, casi en todo, el opuesto de Willermoz: Nace el 11 de febrero de 1881 en el pueblito de Thoy y su familia lo dedicó al sacerdocio, razón por la cual estudió en el Pequeño Seminario de Meximieux.
Basta mirar su fisonomía para reconocer en seguida las fases del místico, de salud delicada y de fuertes tendencias por lo psicológico y lo metafísico.
Desde 1897 abandona los estudios sacerdotales y se hace empleado de banco y estudiante de ocultismo. Frecuente centros espiritistas y estudia el magnetismo con el Maestro Phillipe Niziers (Amo), así como Cábala con Jacques Charrot, uno de los discípulos de Eliphas Levi.
El Gnosticismo le atrae y lo estudia con Sophronius (Dr.Fugairon), así como la filosofía sintética con Revel. Se hace iniciar en la Masonería y más tarde en el Martinismo, prefiriendo luego la vía willermozista, es decir, de tendencia masónica.
En 1901 abandona su primera vía gnóstica y da su adhesión a Synesius, patriarca gnóstico de gran valor. Publica sus primeros libros en 1902.
En 1904 publica “Primeros elementos de ocultismo”. Se casa en 1905 pero, sin felicidad en este matrimonio, se divorciará en 1911.
En 1906 crece su actividad y publica “Elementos de Astrología” y un folleto sobre la “Pequeña Iglesia Concordataria”.
Se liga más íntimamente con Sophronius, el doctor gnóstico que tendrá sobre Bricaud una influencia quizás desfavorable, pues le lleva a querer ver todo bajo el ángulo de la razón fría, tanto que en 1907, ambos se separan del místico Synesius por hallarlo más poeta que filósofo y más artista que teólogo; siente demasiado y no discute bastante, por lo visto.
Después sigue Bricaud trabajando en pequeñas obras destinadas a difundir la Gnosis, de una manera “racional”, ES DECIR, COMO DOGMA FILOSÓFICO.
En 1908, Bricaud, aún sin asistir, se interesa por el Gran Congreso Espiritual Internacional, organizado por Papus, bajo los auspicios del Martinismo, de cuya escuela Bricaud poseía el 3er. Grado desde 1903. Se había dedicado más, es verdad, como ya dije, al estudio de la parte willermozista, es decir, al filosofismo de logia y Bricaud se plegó a los que opinaban que Papus había reorganizado el Martinismo sobre bases deferentes del willermozismo, lo que era verdad, pues Papus hizo del Martinismo una escuela de Iniciación completa, mixta, mística y curando por millones.
Desde 1914, Bricaud recluta cada vez más adeptos de su vía martinista-masónica, en oposición a Papus, demasiado “ocultista” para la mentalidad masónica.
Viene después la guerra de 14-18, esa guerra terrible de la cual Papus dio su vitalidad y después su vida por los que sufrían. El Hno. Bricaud es también movilizado en el 10º Batallón de Cazadores; pero su salud frágil y su título eclesiástico de Patriarca Gnóstico hacen que sea designado para el servicio auxiliar y dedica sus noches al estudio y a la organización de su Iglesia. Publica dos libros durante la guerra: “Armenia que agoniza” (1915) y “La Guerra y las profecías célebres” (1916).
Papus habiendo fallecido en 25 de octubre de 1916, su sucesor, el Venerable Hermano Téder, nombra al Hno. Bricaud, Legado de la Orden Martinista para la provincia de Lyon y la amistad entre Téder y Bricaud se hace cada vez más íntima.
Después de la muerte de Téder, Bricaud toma en sus manos la dirección de la Iglesia Gnóstica Universal, de la Orden Kabalística de la Rosacruz Gnóstica y de la Orden Martinista y da toda la orientación que siempre había preconizado.
El Martinismo, orientado en la forma willermozista y masónica, con exclusión de la Iniciación Mixta y volviendo a las formas tradicionales de la rama de Lyon, se desarrolla en Francia y colonias y en los países extranjeros con un ritmo menor que el Martinismo de Papus, en virtud de la necesidad de reunir solamente masones y de excluir a las mujeres.
Publica aún varias obras, entre las cuales citaré. El Misticismo en la Corte de Rusia, La Misa negra Antigua y Moderna, El Maestro Phillipe, El Abate Boulan, Los Iluminados de Avignon.
Desde 1920 hace publicar “Les Annales Initiatiques”, pequeño boletín trimestral que sirve de órgano de sus agrupamientos.
En 1929 se casa nuevamente, esta vez, con una dedicada compañera que le acompañará hasta su muerte, acaecida el 21 de febrero de 1934, a la edad de 53 años. Antes de fallecer, había empleado sus últimos años en escribir un resumen de noticias históricas sobre el Martinismo, el Rito de Menfis-Misraím, y había creado el boletín del Rito de Menfis-Misraím. Nombró como sucesor al Venerable Hermano C. Chevillon.
Esta es la actividad, muy grande y variada en su forma, del Venerable Hermano. Que dirigió las diversas corrientes europeas que cité con una dedicación y entusiasmo muy notables.
Su vía iniciática puede ser resumida en la forma siguiente: hasta 1897, vía religiosa mística y búsqueda de su sentir.
En 1897, su contacto con Osvaldo Wirth lo lleva al estudio profundo del simbolismo. La Cábala, desde 1898, le atrae. En 1899 su correspondencia con el   brahmán
C.X. K. Robur, del Tíbet, le llevan al estudio de las cosas orientales. Desde 1901, la vía gnóstica se arraiga en él de manera definitiva, y será en su aspecto filosófico especialmente, su Sendero Personal más elevado. Se hace cada vez más espiritualista científico, apartándose de los ocultistas de aspecto más psíquico.
Es un místico cristiano de elevada fe y de trabajo. Venerable, que recordamos en cada 21 de febrero, pues, aunque su Rama Martinista no se orientará en el mismo sentido que la de Papus, de la cual tomamos nuestra orientación, todos los que trabajan por el mismo ideal, bajo la misma denominación y mismos auspicios espirituales generales, debe sentirse hermanos.

Sunday, March 18, 2018

El día que Murió en la hoguera Jacques De Molay, último Gran Maestre Templario - 18 de marzo de 1314


EL DÍA QUE MURIÓ EN LA HOGUERA JACQUES DE MOLAY, ÚLTIMO GRAN MAESTRE TEMPLARIO

18 DE MARZO DE 1314

Jacques De Molay

⁂⁂⁂ ¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!», proclamó antes de morir! ⁂⁂⁂

Despunta el alba en la Isla de los Judíos, pero el sol apenas clarea de gris el lúgubre recodo del Sena. Las orillas están a rebosar de rostros curiosos, tanto en el lado del mercado como en el que linda con los jardines del Palacio del Rey. Hay risas, y vino, y putas trabajando bajo los mantos. Porque toda ejecución es un espectáculo y todo espectáculo es una fiesta.
Y toda fiesta tiene un invitado de honor. Este ha pasado la noche en la isla, en una jaula improvisada hecha con maderos. Un niño hubiese podido escapar de ella en cuestión de minutos, pero el despojo balbuceante que los alguaciles sacan de su interior apenas es capaz de tenerse en pie, cuanto ni más huir. Le conducen frente al preboste de París, que aguarda inquieto frente a la pira. Cambia el peso de un pie a otro, incómodo por la humedad y por la tarea ingrata. Cuando desenrolla la sentencia y se la lee al reo, lo hace con voz trémula y ojos esquivos.
  • Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera.
  • Fui condenado a cadena perpetua, no a muerte. Y me retracté de esa confesión, obtenida bajo tortura - susurra el anciano.
El preboste mira a Molay con compasión no exenta de culpabilidad. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Pese a ello, cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada.
  • Rechazasteis la misericordia del rey Felipe proclamándoos inocente cuando ya habíais sido hallado culpable. Añadisteis el pecado de la soberbia a los que ya poseíais. Y os condenasteis a vosotros mismos y a los templarios a la desaparición.
  • Ya no existen, mis hermanos ya no existen -replicó el anciano, meneando la cabeza-. Pero la orden vivirá para siempre.
113 caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Aquel era el último que quedaba en Francia.
  • Es voluntad del rey y de Su Santidad que la Orden sea erradicada, y su nombre sea maldito y caiga en el olvido.
  • No le será tan fácil - repuso Molay, tirando torpemente de la túnica deshilachada y mugrienta que era toda su vestidura. La mano huesuda descubrió un hombro escuálido. Allí, cerca del corazón, el anciano había lacerado su carne, dibujando una cruz, la misma que había guiado su espíritu durante los 71 años de su existencia. Había usado el mango de una cuchara hacerlo, afilándolo contra una piedra suelta en la pared de su celda.
El preboste ahogó un quejido de repugnancia al ver aquello. Los bordes irregulares de la herida se habían infectado y estaban llenos de gusanos.
  • Felipe y Clemente me matarán, pero no me impedirán morir con la cruz en el lugar donde siempre ha estado -añadió el anciano.
  • Sea pues. Morid con la cruz, y que la orden muera con vos -dijo el preboste, haciendo un gesto al verdugo.
El encapuchado arrastró a Molay hasta el poste, alrededor del cual se habían dispuesto haces de madera seca por todas partes excepto donde debían ir los pies del prisionero. Al verlo, el templario pidió al preboste que se acercase. 
  • Me gustaría morir mirando a Notre Dame.
El preboste dio unas cuantas órdenes, y los guardias cambiaron de sentido los haces de leña a regañadientes. Ataron al anciano al poste, y finalmente colocaron algo más de combustible sobre las canillas blanquecinas y llenas de costrones del viejo guerrero.

El verdugo se acercó entonces al lugar donde apilaba sus enseres, y cogió un cubo donde guardaba paja húmeda. Iba a acercarse a la pira con él, pero el preboste le detuvo.
  • Dejad eso.
Incluso a través de la capucha de cuero se percibió el desagrado del verdugo. No era un hombre que disfrutase haciendo daño a otros. Había perfeccionado su trabajo para matar con el mínimo dolor posible, y eso incluía la paja húmeda cuando alguien era condenado a la hoguera. El fuego arrancaba gran cantidad de humo de la paja, provocando que el reo se ahogase mucho antes de que el fuego le abrasase la carne.
  • Sólo es un viejo inútil - dijo.
  • El rey ha dicho que no - zanjó el preboste.
¿Qué terribles delitos había cometido aquel anciano para que la condena fuese tan dura? Ninguno, si hemos de juzgar su proclamación pública de inocencia, lejos de las lancetas y las cuerdas de los torturadores. Pero no eran sus crímenes los que habían enfurecido al Papa Clemente y al Rey Felipe el Hermoso. Era la existencia de los templarios la que significaba una amenaza para los poderes de París y de Avignon, donde estaba entonces la sede de Pedro.


Tuesday, March 13, 2018

Símbolos Fundamentales de La Ciencia Sagrada - XXV - Las “Piedras Del Rayo” - René Guénon


SÍMBOLOS FUNDAMENTALES DE
LA CIENCIA SAGRADA

Compilación póstuma establecida y presentada por Michel Vâlsan


RENÉ GUÉNON



XXV

LAS “PIEDRAS DEL RAYO”[1]

En un artículo del número especial de Le Voile d’Isis dedicado al Tarot, el señor Auriger, a propósito del arcano XVI, ha escrito lo siguiente: “Parece existir una relación entre las piedras de granizo que rodean a la Torre fulminada y la palabra Beyt-e1, morada divina‟, de la cual se hizo “betilo‟, palabra con que los semitas designaban a los aerolitos o “piedras del rayo”. Esta relación ha sido sugerida por el nombre de “Morada de Dios” dada a ese arcano, nombre que es, en efecto, la traducción literal del Beyt-el hebreo; pero nos parece que hay en esa consideración una confusión entre diversas cosas bastante diferentes, y que podría ofrecer cierto interés puntualizar este asunto.
En primer lugar, es verdad que el papel simbólico de los aerolitos o piedras caídas del cielo tiene gran importancia, pues ésas son las “piedras negras” de que se habla en tantas tradiciones diversas, desde la que era figura de Cibeles o de la “Gran Diosa” hasta la que se halla encastrada en la Ka’ba de la Meca y se pone en relación con la historia de Abraham. En Roma también estaba. El lapis niger, para no mencionar los escudos sagrados de los sacerdotes salios, de los que se decía había sido tallado de un  aerolito en tiempos de Numa[2]. Tales “piedras negras” pueden ciertamente colocarse en la categoría de los “betilos”, es decir, de las piedras consideradas como “moradas divinas”, o, en otros términos, como soportes de ciertos “influjos espirituales”; pero, ¿tenían todos los “betilos” este origen? No lo creemos, y en especial no vemos indicio alguno que permita suponer que tal haya sido el caso para la piedra a la cual Jacob, según el relato del Génesis, dio el nombre de Bety-el, aplicado por extensión al lugar mismo donde había tenido su visión mientras su cabeza reposaba en esa piedra.
El “betilo” es propiamente la representación del Ômphalos, es decir, un símbolo del “Centro del Mundo”, que se identifica, muy naturalmente, con el “habitáculo divino”[3]. Esa piedra podía tener formas diversas, y particularmente la de un pilar; así, dice Jacob:
“Y esta piedra que he alzado como pilar será la casa de Dios”; y entre los pueblos célticos ciertos menhires, si no todos, tenían el mismo significado. El Ômphalos podía representarse también con una piedra cónica, como la “piedra negra” de Cibeles, o bien ovoide; el cono recordaba la Montaña sagrada, símbolo del “Polo” o del “Eje del Mundo”; en cuanto a la forma ovoide, se refiere directamente a otro símbolo muy importante, el del “Huevo del Mundo”. En todos los casos, el “betilo” era una “piedra profética”, una “piedra que habla”, es decir una piedra que daba oráculos o junto a la cual se daban oráculos, gracias a los “influjos espirituales” de que era soporte; y el ejemplo del Ômphalos de Delfos es muy característica a este respecto.
Los “betilos” son, pues, esencialmente piedras sagradas, pero no todas de origen celeste; empero, quizás es cierto que, por lo menos simbólicamente, la idea de “piedra caída del cielo” podría vinculárseles de algún modo. Lo que nos hace pensar que así hubo de ser es su relación con el misterioso luz de la tradición hebrea; tal relación es segura para las “piedras negras”, que son efectivamente aerolitos, pero no debe ser limitada a este solo caso, pues se dice en el Génesis, con motivo del Beyt-el de Jacob, que el primer nombre de ese lugar era precisamente Luz. Inclusive podemos recordar que el Graal había sido tallado, se decía, de una piedra también caída del cielo; y entre todos estos hechos hay relaciones muy estrechas, en las cuales sin embargo no insistiremos más, pues tales consideraciones arriesgarían llevarnos muy lejos de nuestro tema[4].
En efecto, ya se trate de los “betilos” en general o de las “piedras negras” en particular, ni unos ni otras tienen en realidad nada en común con las “piedras del rayo”; y en este punto sobre todo la frase que citábamos al comienzo contiene una grave confusión, por lo demás muy naturalmente explicable. Uno está tentado de suponer, seguramente, que las “piedras del rayo” o “piedras del trueno” deben ser piedras caídas del cielo, aerolitos; y sin embargo no es así; jamás podría adivinarse lo que son sin haberlo aprendido de los campesinos que, por tradición oral, han conservado la memoria de ello. Los campesinos, por otra parte, cometen a su vez un error de interpretación, que muestra que el verdadero sentido de la tradición se les escapa, cuando creen que esas piedras han caído con el rayo o que son el rayo mismo. Dicen, en efecto, que el trueno cae de dos maneras: “en fuego” o “en piedra”; en el primer caso incendia, mientras que en el segundo solo rompe; pero ellos conocen muy bien las “piedras del trueno” y se equivocan solo al atribuirles, a causa de su denominación, un origen celeste que no tienen y que nunca han tenido.
La verdad es que las “piedras del rayo” son piedras que simbolizan el rayo; no son sino las hachas de sílex prehistóricas, así como el “huevo de serpiente”, símbolo druídico del “Huevo del Mundo”, no es otra cosa, en cuanto a su figuración material, que el erizo de mar fósil. El hacha de piedra es la piedra que rompe y hiende, y por eso representa al rayo; este simbolismo se remonta, por lo demás, a una época en extremo remota, y explica la existencia de ciertas hachas, llamadas por los arqueólogos “hachas votivas”, objetos rituales que nunca han podido tener utilización práctica alguna como armas o como instrumentos de ninguna clase.
Esto nos lleva naturalmente a recordar un punto que ya ha sido tratado: el hacha de piedra de Páraçu Râma y el martillo de piedra de Thor son una sola y misma arma[5], y agregaremos que esta arma es el símbolo del rayo. Se ve también por esto que el simbolismo de las “piedras del rayo” es de origen hiperbóreo, es decir, se vincula a la más antigua de las tradiciones de la humanidad actual; a la que es verdaderamente la tradición primitiva para el presente Manvántara[6].
Cabe advertir, por otra parte, el importantísimo papel que desempeña el rayo en el simbolismo tibetano: el vajra, que lo representa, es una de las principales insignias de los dignatarios del lamaísmo[7]. A la vez, el vajra simboliza el principio masculino de la manifestación universal, y así el rayo está asociado a la idea de “paternidad divina”, asociación que se encuentra con igual nitidez en la Antigüedad occidental, ya que el  rayo es el principal atributo de Zeûs Patèr o Iu-piter, el “padre de los dioses y de los hombres”, que fulmina, por otra parte, a los Titanes y Gigantes, como Thor y Páraçu Râma destruyen a los equivalentes de aquéllos con sus armas de piedra[8].
Hay inclusive, a este respecto, y en el propio Occidente moderno, otra vinculación realmente singular: Leibniz, en su Monadología, dice que “todas las mónadas creadas nacen, por así decirlo, por las fulguraciones continuas de la Divinidad de momento en momento”; asocia de este modo, conforme a la tradición que acabamos de recordar, el rayo (fulgur) a la idea de producción de los seres. Es probable que sus comentadores universitarios no lo hayan advertido jamás, así como tampoco han notado y no sin motivo que las teorías del mismo filósofo sobre el “animal” indestructible y “reducido en pequeño” después de la muerte estaban directamente inspiradas en la concepción hebrea del lûz como “núcleo de inmortalidad”[9].
Destacaremos aún un último punto, que se refiere al simbolismo masónico del mallete: no solo hay una relación evidente entre el mallete y el martillo, que no son, por así decirlo, sino dos formas del mismo instrumento, sino que además el historiador masónico inglés R. F. Gould piensa que el “mallete del Maestro”, cuyo simbolismo vincula él por otra parte, en razón de su forma, al del tau, tiene origen en el martillo de Thor. Los galos, por lo demás, tenían un “dios del mallete”, que figura en un altar descubierto en Maguncia; parece incluso que sea el Dis Pater, cuyo nombre está tan próximo al de Zeûs Patèr, y al cual los druidas, según César, consideraban padre de la raza gala. Así, ese mallete aparece también como un equivalente simbólico del vajra de las tradiciones orientales, y, por una coincidencia que sin duda nada tiene de fortuito, pero que parecerá por lo menos inesperada a muchos, ocurre que los maestros masones tienen un atributo dotado  exactamente  el  mismo  sentido que  el  de  los  grandes  lamas tibetanos; pero, ¿quién, en la masonería tal como está hoy, podría jactarse de poseer efectivamente el misterioso poder, uno en su esencia aunque doble en sus efectos de apariencia contraria, de que ese atributo es el signo? No creemos aventurarnos demasiado si decimos que, en lo que aún subsiste de las organizaciones iniciáticas occidentales, nadie tiene ni aun la más remota idea de lo que en realidad se trata: el símbolo permanece, pero cuando el “espíritu” se ha retirado de él, no es sino una forma vacía; ¿ha de conservarse pese a  todo la esperanza de que llegará un día en que esa forma será revivificada, en que responderá de nuevo a la realidad que es su razón de ser original y lo único que le confiere verdadero carácter iniciático?




[1] [Publicado en V. I., mayo de 1929].
[2] F. Ossendowski ha referido la historia de una “piedra negra” enviada. otrora por el “Rey del Mun-do” al Dalai-Lama, después transportada a Urga, en Mongolia, y desaparecida hace un centenar de años; no sabiendo de qué se trataba, trató de explicar ciertos fenómenos, como la aparición de caracteres en la superficie de la piedra, suponiendo que ésta fuera una especie de pizarra. [La obra a que se refiere, el autor existe en traducción castellana anónima: F. Ossendowski, Bestias, hombres, dioses, Buenos Aires,. Cenit, 1956. (N. del T.)].
[3] Esta designación de “habitáculo divino”, en hebreo rnishkán, fue dada también, posteriormente, al Tabernáculo: como lo indica la palabra misma, es la sede de la Shejináh [„Presencia divina‟].
[4] Hemos dado desarrollos más amplios sobre la cuestión del lûz, así como sobre la del Ômphalos, en nuestro estudio sobre Le Roi du Monde.
[5] Ver el artículo P. Genty sobre “Thor et Purashu-Râma” en V. I., diciembre de 1928.
[6] Señalemos a este respecto que algunos, por una extraña confusión, hablan hoy de “Atlántida hiperbórea”; la Hiperbórea y la Atlántida son dos regiones distintas, como el norte y el oeste son dos puntos cardinales diferentes, y, en cuanto punto de partida de una tradición, la primera es muy anterior a la segunda. Estimamos tanto más necesario llamar la atención sobre este punto, cuanto que quienes cometen esa confusión han creído poder atribuírnosla, cuando va de suyo que no la hemos cometido jamás ni vernos siquiera en cuanto hemos escrito nada que pudiera dar el menor pretexto a semejante interpretación.
[7] Vajra es el término sánscrito que designa el rayo; la forma tibetana de la palabra es dorje.
[8] Es interesante notar que los rayos de Júpiter son forjados por Vulcano, lo que establece cierta relación entre el “fuego celeste” y el “fuego subterráneo”, relación no indicada en los casos en que se trata de armas de piedra; el “fuego subterráneo” en efecto, estaba en relación directa con el simbolismo metalúrgico, especialmente en los misterios cabíricos; Vulcano forja también las armas de los héroes. Es preciso, por otra parte, agregar que existe otra versión según la cual el Mioelner o martillo de Thor sería metálico y habría sido forjado por los enanos, quienes pertenecen al mismo orden de entidades simbólicas que los Cabiros, los Cíclopes, los Yaksha, etc. Notemos también, acerca del fuego, que el carro de Thor estaba arrastrado por dos carneros y que en la India el carnero es el vehículo de Agni [dios del fuego].
[9] Otro punto que no podemos sino indicar de paso es el que vajra significa a la vez ‘rayo’ y ‘diamante’; esto llevaría también a considerar muchos otros aspectos del asunto, que no pretendemos tratar completamente aquí [véase infra, caps. XXVI, XXVII y LII].