Wednesday, January 5, 2022

CAPÍTULO III EL MAGNETISMO - El Gran Arcano del Ocultismo Revelado ELIPHAS LEVI

 

EL GRAN ARCANO DEL 

OCULTISMO REVELADO

 

ELIPHAS LEVI

(Abate Alfonso Luis Constant)

 

P R I M E R A P A R T E

 

EL MISTERIO REAL

O EL ARTE DE GOBERNAR LAS FUERZAS

 



CAPÍTULO III

 

LA SOLIDARIDAD EN EL MAL

 

En su libro El movimiento perpetuo de las almas, el gran Rabí Isaac de Loria dice que es preciso emplear con gran vigilancia la hora que precede al sueño. De hecho, durante el sueño el alma pierde por algún tiempo su vida individual para sumergirse en la luz universal que, como dijimos, se manifiesta por dos corrientes contrarias. El ente que se adormece cae en poder de la serpiente de Esculapio, la serpiente vital y regeneradora, o se deja ligar por los nudos envenenados de la horrible Phyton. El sueño es un baño en la luz de la vida o en el fósforo de la muerte. Aquel que se adormece con pensamientos de justicia se baña en los méritos de los justos, pero aquel que se entrega al sueño con pensamientos de odio o mentira, se baña en el mar muerto en el que afluye la infección de los malos.

La noche es como el invierno que incuba y prepara los gérmenes. Si sembramos cizaña no cosecharemos fermentos. Aquel que se adormece en la impiedad no despertará en la bendición divina. Dicen que la noche es consejera. Sí, sin duda. Buen consejo trae al justo; funesto impulso al malvado. Tales son las doctrinas del Rabí Isaac de Loria.

No sabemos hasta qué punto debemos admitir estas influencias recíprocas de los entes sumergidos en el sueño y dirigidos por atracciones involuntarias, en tal forma que los buenos mejoran a los buenos y los malos corrompen a los que le son semejantes. Sería más consolador pensar que la bondad de los justos irradia sobre los malos para calmarlos, y la persuasión de los malos nada puede sobre el alma de los justos. La verdad es que los malos pensamientos agitan el sueño y, por consiguiente, lo vuelven enfermizo, y que una conciencia limpia dispone maravillosamente la sangre a refrescarse y descansar en el sueño.

Es muy probable, además, que la irradiación magnética provocada durante el día por los hábitos y la voluntad, no cese durante la noche. Lo prueban los sueños en los que parece que obramos muchas veces conforme con nuestros deseos más secretos. Sólo conquista la virtud de la castidad, dice San Agustín, quien impone la modestia hasta a sus mismos sueños.

Todos los astros están imantados, y todos los imanes celestes accionan y reaccionan unos sobre otros en los sistemas planetarios, en los grupos de universos y en toda la inmensidad; lo mismo acontece en la tierra con los seres vivos.

La naturaleza y la fuerza de los imanes se determinan por la influencia recíproca de las formas sobre la fuerza y de la fuerza sobre las formas. Esto debe ser examinado y meditado seriamente.

Hay bellezas convencionales que concuerdan con ciertos gustos y con ciertas pasiones. En la corte de Luis XV, se habría hallado que la Venus de Milo tenía estatura excesiva y pies grandes. En el Oriente, las favoritas del Sultán son obesas, y en el reino de Sion, se compran las mujeres a peso.

Los hombres no están menos dispuestos a hacer locuras por la belleza verdadera, que por la imaginaria que los subyuga. Existen, pues, formas que nos embriagan y ejercen sobre nuestra razón el dominio de las fuerzas fatales. Cuando nuestros gustos son depravados, nos apasionamos por ciertas bellezas imaginarias que son realmente fealdades. Los romanos de la decadencia gustaban de la frente baja y los ojos de sapo de Mesalina. Cada cual forma su paraíso a su manera. Pero también aquí comienza la justicia. El paraíso de los seres depravados, siempre y necesariamente, es un infierno.

Es la disposición de la voluntad lo que da valor a los actos. Pues la voluntad determina el fin que nos proponemos, y en todos los casos, el fin buscado y alcanzado establece la naturaleza de las obras. Es conforme a nuestras obras que Dios nos juzgará, según lo afirma en Evangelio, y no de acuerdo con nuestros actos. Los actos preparan, comienzan, continúan y acaban las obras. Son buenos cuando la obra es buena. No queremos decir que el fin justifique los medios, sino que un fin honesto necesita de medios honestos y jerarquiza los actos más indiferentes.

Lo que uno aprueba termina por realizarlo o por animar a que otros lo hagan. Si nuestro principio es falso, y nuestro fin es inicuo, todos aquellos que piensan como nosotros repetirán nuestro proceder, y si triunfan, pensaremos que obraron bien. Si nuestras acciones aparentan ser las de un hombre de bien mientras que nuestro fin es el de un malvado, las acciones que resulten serán aún más malas. Las oraciones del hipócrita son más impías que las blasfemias del malvado. En una palabra, todo lo que hacemos a favor de la injusticia, es injusto; todo lo que hacemos por la justicia es justo y bueno.

Se dijo que los seres humanos son imanes que accionan los unos sobre los otros. Esta imantación, natural al principio, determinada después por los hábitos de la voluntad, agrupa los entes humanos en falanges y series, tal vez en forma diferente de la que suponía Fourier.[1] Es exacto su concepto de que las atracciones son proporcionales a los destinos, pero se equivocó al no distinguir las atracciones fatales de las ficticias. También es errónea su idea de que los malos son incomprendidos por la sociedad, pues, contrariamente, son ellos los que no comprenden a la sociedad ni desean hacerlo. ¿Qué habría hecho él en su Falansterio de personas, cuya atracción – proporcional al destino de ellas, según su opinión–, fuese la de perturbar y demoler el Falansterio?[2]

En nuestro libro, La Ciencia de los Espíritus, dimos la clasificación de los buenos y malos espíritus, conforme con las tradiciones cabalísticas. Algunos lectores tal vez se pregunten:

Ø ¿Por qué estos nombres en vez de otros?

Ø ¿Qué espíritu descendió del cielo o qué alma subida del abismo habrá revelado así los secretos jerárquicos del otro mundo?

Los lectores que supongan que todo cuanto allí se afirma es pura fantasía, se equivocan. Dicha clasificación no es arbitraria, y los espíritus del otro mundo, a los cuales nombramos, existen con toda seguridad. La anarquía, el prejuicio, el oscurantismo, la iniquidad, el odio, se oponen a la sabiduría, a la autoridad, a la inteligencia, a la honra, a la bondad y a la justicia; los nombres hebraicos de Kether, Chocmah, Binah;[3] los de Thamiel, Chaigidel, Sathaniel, etc., que se oponen a los de Hajoth, Haccadosch, Ophanim y Aralim no significan otra cosa.

Todas las grandes palabras y términos oscuros de los dogmas antiguos y modernos representan en último término, los principios de la eterna e incorruptible razón. Es evidente que las multitudes no están maduras para el reino de la razón, y que, los hombres más locos o más perversos las desvían por medio de creencias ciegas. Y entre dos formas de locura, encuentro más socialismo verdadero en la de Loyola que en la de Proudhon.

Proudhon afirma que el ateísmo es una creencia, la peor de todas, lo que es verdad, y es por eso que la suya es muy amarga. Afirma, también, que Dios es el mal, que el orden social es la anarquía, que la propiedad es el robo. ¿Qué sociedad sería posible con tales principios? La Compañía de Jesús está establecida sobre los principios o errores contrarios; sin embargo, subsiste desde hace varios siglos, y aún es bastante fuerte como para hacer frente por mucho tiempo más a los partidarios de la anarquía.

Los hombres son solidarios en el alma más de lo que lo suponen. Son los Phroudhon los que hacen los Veuillot.[4] Los encendedores de hogueras de Constanza tendrán que responder delante de Dios por las masacres de Juan Zisca. Los protestantes son responsables de las masacres de la Noche de San Bartolomé,[5] pues habían degollado católicos. En realidad tal vez fue Marat quien mató a Robespierre, como fue Carlota Corday la que hizo ejecutar a los Girondinos, sus amigos. Madame

Dubarry, arrastrada al cadalso como una cabeza de animal berreador y contumaz, sin duda no juzgaba que tenía que expiar el suplicio de Luis XVI. Pues, las más de las veces, nuestros mayores crímenes son los que no comprendemos. Cuando Marat decía: “es un deber de humanidad derramar un poco de sangre para impedir un derramamiento mayor”, no hacía otra cosa que afirmar lo dicho por el apacible y piadoso Fenelón.

En una de sus cartas, Madame Elizabeth, la angelical princesa, había escrito que todo estaba perdido si el Rey no tenía el coraje de mandar cortar tres cabezas. ¿Cuáles? Ella no lo dice; tal vez las de Felipe de Orleáns, Lafayette y Mirabeau. Un príncipe de su familia, un hombre de bien y un célebre pensador. Poco importaba: la amable princesa quería tres cabezas. Más tarde Marat pediría trescientas mil; entre el ángel y el demonio sólo hubo una diferencia de algunos ceros.

  

 





[1] Fourier: Filósofo y sociólogo francés, fundador de la escuela societaria o falansteriana, una especie de comunismo. Con motivo de haberle encargado una casa de Marsella donde él trabajaba que hiciera arrojar al mar una partida de arroz, a fin de poder mantener los altos precios, al impulso de tan odiosa especulación surgieron de él las primeras ideas de reforma social, e ideó su sistema falansteriano. (N. del T. )

[2] Falasnterio: Edificio ideado por Fourier para las huestes de su sistema. (N. del T. )

[3] Kether, Chocmah, Binah: La Cábala habla de las diez Sephiras o Sefi rotes. En plural es Sefi rotes y en singular Sephiras. Tales Sefi rotes o emanaciones, son como los modos de manifestación de Dios, o los atributos de Dios manifestado. Helos aquí:

Ø  1° Kether, la Corona, la Potencia Suprema

Ø  2° Chocmah, la Sabiduría Infinita

Ø  3° Binah, la Inteligencia Divina

Ø  4° Gdulah, la Majestad, llamada también Chesed, Misericordia

Ø  5° Gburah, la Fuerza

Ø  6° Thipheret, la Belleza

Ø  7° Netsach, Victoria sobre la Muerte

Ø  8° Hod, Gloria y Reposo

Ø  9° Iesod, Fecundación

Ø  10° Malkhuth, Reino

Kether, la Corona, es el poder equilibrador; Chocmah, la Sabiduría equilibrada en su orden inmutable por la iniciativa de la inteligencia activa equilibrada por la sabiduría. Dios es la Potencia o Corona Suprema (Kether) que reposa sobre la Sabiduría Inmutable (Chocmah) y la Inteligencia creadora (Binah). En El está la Bondad (Chesed) y la Justicia (Gburah), que son el ideal de la Belleza (Thipheret). En El siempre hay movimiento victorioso (Netsach) y el gran Reposo Eterno (Hod). Su voluntad es una generación continua (Iesod) y su reino (Malkuth), es la inmensidad que puebla los universos. (N. del T. )

[4] Veuillot: Literato y periodista francés defensor de los intereses católicos. Como director de “El Universo Religioso”, declaró guerra a muerte a la Universidad; atacó a los filósofos, a los revolucionarios y a los socialistas. Censurado por el Arzobispo de Parías, apeló al Papa, quien lo absolvió, continuando así en guerra sin cuartel contra la libertad, la razón, la ciencia y el progreso (1852-53). Era un apasionado defensor del poder temporal del Papa, de la infalibilidad y del Syllabus. Desde Roma espiaba la conducta del clero no conforme con sus ideas; prestó grandes servicios a la causa de la infalibilidad, por lo que Pío IX le prodigó gran afecto. (N. del T. )

[5] Noche de San Bartolomé: Matanza de protestantes efectuada en Francia el 24 de Agosto de 1572, bajo el imperio de Carlos IX y a instigaciones de Catalina de Médicis. En esta matanza no se respetó edad ni sexo, y los Hugonotes, apodo dado por los católicos a los protestantes calvinistas, fueron exterminados sin piedad en esa tétrica noche, que dio lugar a la cuarta guerra religiosa. (N. del T. )



Fuente: PORTAL MARTINISTA DEL GUAJIRO

Tuesday, January 4, 2022

CAPÍTULO II EL MAL - El Gran Arcano del Ocultismo Revelado ELIPHAS LEVI

 

EL GRAN ARCANO DEL 

OCULTISMO REVELADO

 

ELIPHAS LEVI

(Abate Alfonso Luis Constant)

 

P R I M E R A P A R T E

 

EL MISTERIO REAL

O EL ARTE DE GOBERNAR LAS FUERZAS

 


CAPÍTULO II

 

EL MAL

 

El mal, en lo que tiene de realidad, es el desorden. En presencia del orden eterno, el desorden es esencialmente transitorio. En presencia del orden absoluto, que es la voluntad de Dios, el desorden es apenas relativo. La afirmación absoluta del desorden y del mal es, pues, esencialmente, la mentira.

La afirmación absoluta del mal es la negación de Dios, puesto que Dios es la razón suprema y absoluta del bien.

El mal, en el orden filosófico, es la negación de la razón. En el orden social, es la negación del deber.

En el orden físico, es la resistencia a las leyes inviolables de la Naturaleza.

El sufrimiento no es un mal sino la consecuencia y, casi siempre, el remedio del mal.

Nada de lo que es naturalmente inevitable puede ser un mal. El invierno, la noche y la muerte no son males. Son transiciones naturales de un día hacia otro día; del otoño hacia la primavera; de esta   vida hacia la otra vida.

Proudhon[1] dice: “Dios es el mal”, lo que es como si hubiese dicho: Dios es el diablo, pies el diablo es tomado, generalmente, como genio del mal. Demos vuelta dicha proposición y obtendremos la siguiente paradoja: el diablo es Dios o, en otros términos: el mal es Dios. Pero con seguridad que al hablar así Proudhon no se refería a Dios, como personificación hipotética del bien. Pensaba en el Dios absurdo que los hombres crean y, en tal sentido, reconozcamos que tenía razón,   pues el diablo es la caricatura de Dios y lo que llamamos el mal, es el bien, mal definido y mal comprendido.

No sería posible amar el mal por el mal, el desorden por el desorden mismo. La infracción de las leyes nos agrada porque así nos parece que los colocamos por encima de ellas.  “Los hombres no están hechos para la ley, más la ley está hecha para los hombres”, decía Jesús;  palabras audaces que los sacerdotes de aquellos tiempos, ciertamente consideraban subversivas e impías; palabras de las que el orgullo humano puede abusar prodigiosamente. Dicen que Dios solo tiene derechos y no deberes porque es el más fuerte, lo que es una afirmación impía. Debemos todo a Dios, osan argüir, y Dios nada nos debe. Y la verdad es lo contrario. Dios, infinitamente superior a todos los seres,  contrae también con nosotros, al ponernos en el mundo, una deuda infinita. El creó el abismo de la flaqueza humana y es El quien debe llenarlo.

La cobardía de la tiranía en el mundo antiguo nos legó el fantasma de un dios absurdo y cobarde,  que hace el milagro eterno de forzar al ser finito o ser infinito en los sufrimientos.

Supongamos, por un momento, que uno de nosotros pudiese crear un insecto y que le dijese, sin     que él pueda oírlo: criatura mía, adórame. El pobre animalejo da unos vuelos sin pensar en cosa alguna y muere al fin del día; un nigromante dice al hombre que echándole una gota de su sangre podrá resucitarle. El hombre se hace una pinchadura –yo haría lo mismo en su lugar–, y he aquí que el insecto resucita. ¿Qué hará después el hombre? Os lo voy a decir, exclama un fanático creyente: como el insecto en su primera vida, cometió la tontería de no adorarlo, encenderá una hoguera y lo lanzará a ella, sólo lamentando no poderle conservar la vida en medio de las llamas a fin de quemarlo eternamente. ¡Ea! –dirán todos–, ¡no existe loco furioso que sea tan cobarde y tan malo como éste! Yo os pido perdón, cristianos vulgares; el hombre en cuestión no podría existir, concuerdo; pero existe, aunque en vuestra imaginación solamente, digámoslo ya, alguien más cruel y más cobarde. Es vuestro Dios, tal como lo concebís y explicáis, y es precisamente de él de quien Proudhon tuvo mil veces razón de decir: “Dios es el mal”.

En este sentido, el mal sería la afirmación falsa de un dios malo,  y es este dios quien sería el diablo o su compadre. Una religión cuyo bálsamo para las llagas de la humanidad fuese un dogma semejante, las envenenaría en vez de curarlas. Resultaría de ahí el embrutecimiento de los espíritus, la depravación de las conciencias; y la propaganda hecha en nombre de un dios tal, podría llamarse el magnetismo del mal. El resultado de la mentira es la injusticia. De la injusticia resulta la iniquidad que produce la anarquía en los estados y en los individuos, el libertinaje y la muerte.

Una mentira no podría existir si no evocase en la luz muerta una especie de verdad espectral, y todos los mentirosos de la vida son los primeros en engañarse tomando la noche por el día. El anarquista se juzga libre, el ladrón se cree hábil, el libertino cree que se divierte, el déspota piensa que oprimir es reinar. ¿Qué sería necesario para destruir el mal en la tierra? Una cosa muy simple en apariencia: desengañar a los tontos y a los malos. Pero aquí toda buena voluntad cae derrotada y todo poder fallar; los malos y los tontos no quieren ser desilusionados. Llegamos a esta perversidad secreta que parece ser la raíz del mal: el gusto por el desorden y el apego al error. Pretendemos, por nuestra parte, que esta perversidad no existe, al menos, de una manera libremente consentida y deseada. Ella no es más que el envenenamiento de la voluntad por la fuerza venenosa del error.

El aire que respiramos se compone de hidrógeno, oxígeno y ázoe. El oxígeno y el hidrógeno corresponden a la luz de la vida y el ázoe a la luz muerta. Un hombre sumergido en el ázoe no podría respirar ni vivir; así también un hombre asfixiado por la luz espectral no puede hacer uso de su voluntad libre. No es en la atmósfera donde se realiza el gran fenómeno de la luz sino en nuestros ojos estructurados para verla. Cierta vez, Littré, -filósofo de la escuela positivista– dijo que la inmensidad es apenas una noche infinita, punteada aquí y allá por algunas estrellas. “Esto es verdad”

–le respondió alguien– “para nuestros ojos que no están plasmados para la percepción de otra claridad que no sea la del sol”. ¿No nos aparece en sueños la propia idea de esta luz, mientras en la tierra es de noche y nuestros ojos están cerrados? ¿Cuál es el día de las almas? ¿Cómo vemos a través del pensamiento? ¿Existiría la noche de nuestros ojos para ojos organizados de otra forma? Si no tuviésemos ojos, ¿captaríamos la noche? Para los ciegos no existen estrellas ni sol; y si nosotros nos pusiéramos una venda en los ojos nos tornaríamos ciegos voluntarios. La perversidad de los sentidos como la de las facultades del alma, resulta de un accidente o de un primer atentado contra las leyes de la Naturaleza; ella se hace entonces necesaria y fatal. ¿Qué hacer para los ciegos? Tomarlos de la mano y guiarlos. ¿Pero si no quieren dejarse guiar? Entonces no son solamente ciegos, son alienados peligrosos y es preciso dejarlos perecer, ya que no se los puede conducir.

Edgar A. Poe refiere la historia de una casa de locos, en la que los pacientes habían logrado apoderarse de los enfermeros y guardias y encerrarlos en sus propias celdas, después de disfrazarlos de animales salvajes. Triunfantes en los aposentos de sus médicos, beben el vino del establecimiento y se felicitan recíprocamente por haber efectuado excelentes tratamientos. Mientras estaban en la mesa, los prisioneros rompen sus cadenas y llegan a sorprenderlos a palos. Se vuelven furiosos contra los pobres locos y los justifican, en parte, por lo malos e insensatos tratos de que ellos mismos fueran objeto.

He aquí la historia de las revoluciones modernas. Los locos triunfando por su gran número, que constituyen lo que llamamos la mayoría, capturan a los sabios y los disfrazan de animales salvajes.  Poco después las prisiones se gastan y se rompen, y los sabios, enloquecidos por el sufrimiento, huyen gritando y sembrando el terror. Querían imponerles un falso dios; entonces vociferan que no     hay Dios. Los indiferentes, embravecidos por el miedo, se complotan para reprimir a los locos furiosos e inauguran el reino de los imbéciles. Muchas son las épocas en que esto ha sucedido.

¿Hasta qué punto son responsables los hombres de estas oscilaciones y angustias que producen tantos crímenes? ¿Qué pensador osaría decirlo? ¡Marat es odiado y se canoniza a Pio V!

Es verdad que el terrible Ghirleri no guillotinaba a sus adversarios sino que los quemaba. Pio V era un hombre austero y un católico convicto. Marat llevaba el desinterés hacia la miseria. Ambos eran hombres de bien, pero locos homicidas, sin llegar a ser precisamente furiosos.

Cuando una locura criminal encuentra la complicidad de un pueblo, se vuelve una terrible razón, y cuando la multitud, no desilusionada más sí engañada de un modo contrario, reniega y abandona a su héroe, éste se transforma en un chivo emisario y en un mártir. La muerte de Robespierre es tan bella como la de Luis XVI.

Admiro sinceramente a este terrible inquisidor que, masacrado por los Albigenses, escribió en el suelo con su sangre, antes de expirar:

Credo in unum Deum.

¿Es la guerra un mal? Sí, pues es horrible. ¿Pero es un mal absoluto? La guerra es el trabajo generador de las nacionalidades y de las civilizaciones. ¿Quién es responsable de la guerra? ¿Los hombres? No, pues son sus víctimas. ¿Quién, pues? ¿Osaríamos decir que es Dios? Preguntado al Conde José de Maistre.[2] Él os dirá por qué los sacerdotes siempre consagraron la espada y que hay algo sagrado en el oficio sangriento del verdugo. El mal es la sombra, es la repulsión del bien. Vayamos hasta el fin y digamos que el bien es negativo. El mal es la resistencia que fortifica el esfuerzo del bien; y es por eso que Jesucristo no dudó en afirmar: “es preciso que haya escándalos”.

Existen monstruos en la Naturaleza del mismo modo como aparecen errores de impresión en un   bello libro. ¿Qué prueba eso? Que la naturaleza, como la imprenta, son instrumentos ciegos que la inteligencia dirige. Pero, me responderéis, un buen revisor corrige las pruebas.  Claro que lo hace,  y  éste es precisamente el papel del progreso de la Naturaleza. Dios es el Director de la Imprenta, y el hombre es el revisor de Dios.

Los sacerdotes siempre han proclamado que los flagelos son causados por los pecados de los hombres, lo cual es cierto, puesto que la ciencia es dada a los hombres para prevenir los flagelos. Si, como se afirma, el cólera proviene de la putrefacción de los cadáveres hacinados en la desembocadura del Ganges; si el hambre es provocada por los monopolios;  si  la peste tiene por causa la suciedad; si la guerra deriva del orgullo estúpido de los reyes y de la turbulencia de los pueblos, ¿acaso no es entonces la maldad, o más bien la tontería de los hombres, la causa de los flagelos? Se dice que las ideas están en el aire; podría afirmase lo mismo de los vicios. Toda corrupción produce una putrefacción y toda putrefacción tiene su mal olor característico.  La atmósfera que rodea a los enfermos es mórbida, y la peste moral tiene también su atmósfera,  mucho  más contagiosa. Un corazón honesto se halla cómodamente en la sociedad de las personas de bien. Se siente oprimido, sufre, queda sofocado en medio de los centros viciosos.

 

 





[1] Proudhon: filósofo, escritor y periodista francés, fundador del sistema mutualista y autor de varias obras, entre ellas, su famosa memoria titulada “ Qué es la propiedad”, París, 1850, que es la que ha provocado más crítica seria y jocosa, consagrada a desarrollar exclusivamente esta especie de axioma escrito en las primeras páginas: “ La  propiedad es el robo”. Arregló una edición de la Biblia con muchas notas sobre los principios de la lengua hebrea. Otras de sus obras son: De la justicia en la revolución y en la Iglesia, Nuevos principios de filosofía práctica, Los Evangelios anotados por J. Proudhon. (N. del T.)

[2] José de Maistre: Célebre publicista, filósofo y diplomático soboyano, autor del libro Papa, la más atrevida apología del poder temporal y espiritual de la Santa Sede ( N. del T.)


Fuente: PORTAL MARTINISTA DEL GUAJIRO

CAPÍTULO I EL MAGNETISMO - El Gran Arcano del Ocultismo Revelado ELIPHAS LEVI

 

EL GRAN ARCANO DEL 

OCULTISMO REVELADO

 

ELIPHAS LEVI

(Abate Alfonso Luis Constant)

 

P R I M E R A P A R T E

 

EL MISTERIO REAL

O EL ARTE DE GOBERNAR LAS FUERZAS




 



CAPÍTULO I


EL MAGNETISMO

 

El magnetismo es una fuerza análoga a la del imán; está diseminado en toda la naturaleza. Sus caracteres son: la atracción, la repulsión y la polarización equilibrada.

La ciencia ha captado y aceptó los fenómenos del imán astral y del imán mineral, pero observa con desconfianza el imán animal que se manifiesta todos los días por hechos que, si bien ya no puede negar, espera, para admitirlos, concluir su análisis por una síntesis incontestable.

Sabemos que la imantación producida por el magnetismo animal determina un sueño extraordinario, durante el cual el alma del magnetizado cae bajo el dominio del magnetizador, con la particularidad de que la persona adormecida parece dejar inactiva su vida propia para manifestar solamente los fenómenos de la vida universal. Refleja el pensamiento de los otros;  ve  sin  valerse  de los ojos; se torna presente en todas partes, sin tener conciencia del espacio; percibe las formas más que los colores; suprime y confunde los períodos del tiempo; habla del futuro como si fuese el  pasado y  de éste como si se tratara del futuro; explica al magnetizador sus propios pensamientos y hasta las acusaciones secretas de su conciencia; evoca en sus recuerdos a las personas en quienes piensa el magnetizador, y las describe del modo más exacto, sin haberlas visto jamás. Habla el lenguaje de la ciencia con el sabio y el de la imaginación con el poeta; descubre las dolencias y adivina los remedios;  da muchas veces sabios consejos; sufre y, en ocasiones, con un grito doloroso nos anuncia los tormentos que sobrevendrán.

Estos hechos extraños, pero incontestables, nos llevan necesariamente a la conclusión de que existe una misma vida para todas las almas o una especie de reflector común de todas las imaginaciones y de todas las memorias, en el cual podemos vernos mutuamente, como si una multitud pasara delante de un espejo. Este reflector es la luz ódica del caballero Reichenbach; es lo que nosotros llamamos luz astral; ese gran agente de la vida que los hebreos denominaban OD; OB y AUR. El magnetismo dirigido por la voluntad del operador es OD, el sonambulismo pasivo es OB.  Las pitonisas de la antigüedad eran sonámbulas ebrias de luz astral pasiva.

Esta luz recibe, en los Libros Sagrados, el nombre de espíritu de Python, porque la mitología griega la simbolizaba con la imagen de la serpiente Python.[1]

Ella está también representada en su doble acción por la serpiente del Caduceo; la serpiente de la derecha es OD y la de la izquierda es OB,  y en el medio, encima de la barra hermética, brilla el globo de oro, es decir, AUR o la luz equilibrada.[2]

Necesidad y Libertad, tales son las dos grandes Leyes de la Vida; y estas dos Leyes hacen sólo una, pues son mutuamente indispensables.

La necesidad sin libertad sería tan nefasta como la libertad privada de su freno necesario. El Derecho sin el Deber es la locura. El Deber sin el Derecho es la Esclavitud.

Todo el secreto del magnetismo consiste en esto: gobernar la fatalidad de OB por la inteligencia y el poder de OD, a fin de crear el equilibrio perfecto de AUD.

El magnetizador desequilibrado y dominado por sus pasiones, que quiere imponer su actividad a la luz fatal, se asemeja a un hombre que, con los ojos vendados y montando en ciego caballo, lo espoleara en medio de una sinuosa selva llena de precipicios.

Los adivinos, los tiradores de cartas y los sonámbulos son todos alucinados que adivinan por medio de OB.

La copa de agua de la hidromancia, las cartas de Etteilla, las líneas de la mano, etc. producen en el vidente una especie de hipnotismo. Ve entonces al consultante en los reflejos de sus deseos insensatos o de sus imaginaciones amorosas, y como a su vez, es un espíritu sin elevación y sin nobleza de voluntad, adivina las locuras y sugiere otras mayores, logrando así gran éxito.

Un cartomántico que aconsejase la honestidad y las buenas costumbres perdería luego su clientela de concubinas y solteronas histéricas.

Las dos luces magnéticas podrían muy bien llamarse respectivamente, luz viva y luz muerta; fluido astral y fósforo espectral; antorcha del verbo y humareda del sueño.

Para magnetizar sin peligro es preciso tener en sí la luz de la vida, es decir, ser un sabio y un justo.

El hombre esclavo de las pasiones no magnetiza, fascina; pero la irradiación de su fascinación aumenta alrededor de él el círculo de su vértigo, multiplica sus encantos y enflaquece cada vez más su voluntad. Se asemeja a una araña que se agota y al fin queda presa de su propia tela.

Los hombres que aún no conocen el imperio supremo de la razón, la confunden con el raciocinio particular y así siempre erróneo de cada uno. El señor de la Palice les diría: “quien se engaña no tiene razón, siendo la razón, precisamente, lo contrario de nuestros errores”.

Los individuos y las masas a quienes la razón no gobierna son esclavos de la fatalidad, la cual rige la opinión que es, a su vez, reina del mundo.

Los hombres quieren ser dominados, aturdidos, arrastrados. Las grandes pasiones les parecen más bellas que las virtudes, y aquellos a quienes llaman grandes hombres suelen ser, las más veces, grandes insensatos. El cinismo de Diógenes les agrada tanto como el charlatanismo de Empédocles. A nadie admirarían tanto como Ajax y Capaneda, si Polyeuco no fuese más furioso aún. Píramo y Tisbe, que se matan, son los modelos de los amantes. El autor de una paradoja siempre tiene la certeza de adquirir renombre. Y por más que lo condenen al olvido, por despecho o por envidia, el nombre de Erostrato encarna tanta belleza demencial, que supera a su ira y se impone eternamente a su recuerdo.

Los locos son pues, magnetizadores o más bien fascinadores, y eso es lo que torna contagiosa la locura. Por no saber medir lo que es grande la gente se apasiona frente a lo extraño.

Las criaturas que aún no pueden andar, quieren que la gente las tome en los brazos y las lleve de paseo.

Nadie ama tanto la turbulencia como el impotente. Es la incapacidad del goce lo que engendra los Tiberios y las Mesalinas. El pillo de París quería ser Cartouche en el paraíso de las calles arboladas y reía de corazón al ver ridiculizar a Telémaco.

No todos tienen el gusto de la embriaguez del opio o del alcohol, pero casi todos quieren embriagar el espíritu y complacerle fácilmente haciendo delirar el corazón.

Cuando el cristianismo se impuso al mundo por la fascinación del martirio, un gran escritor de aquel tiempo formuló el pensamiento de todos, exclamando: “Creo que es absurdo”.

La locura de la cruz, como el propio San Pablo la llamaba, era entonces invenciblemente invasora. Se quemaban los libros de los sabios y San Pablo preludiaba en Éfeso los hechos de Omar. Derribábanse templos que eran maravillas del mundo e ídolos que como obras eran primicias del arte. Tenían el gusto de la muerte y querían despojar la existencia presente de todos sus ornamentos para desprenderse de la vida.

El disgusto de las realidades siempre acompaña al amor de los sueños: ¡Quam sordet tellus dum coelum aspicio! (¡Qué vil la tierra mientras miro al cielo!), dice un célebre místico; literalmente: “¡cuán sucia se torna la tierra cuando contempla el cielo!”  ¡Tu mirada al perderse en el espacio, es la que mancha a la tierra, tu nodriza!

¿Qué es pues, la tierra sino un astro del cielo? ¿Será porque te lleva encima que la vez inmunda?

¡Que te lleven al sol y tus disgustos también lo enturbiarán! ¿Sería el cielo más limpio si estuviese vacío? ¿No es acaso admirable contemplarlo en el día cuando ilumina a la tierra y en la noche cuando brilla con una multitud innumerable de planetas y soles? ¿No será que la espléndida tierra, la tierra de los inmensos océanos, la tierra exuberante de árboles y flores se torna una inmundicia para ti porque pretendías lanzarte en el vacío? ¡El vacío está en tu espíritu y en tu corazón!

Es el amor por los sueños lo que mezcla tantos dolores a los sueños de amor. El amor, tal como nos lo da la Naturaleza, es una deliciosa realidad, y es nuestro orgullo enfermizo el que pretende algo mejor que la Naturaleza. De esto proviene la locura histérica de los no comprendidos; el pensamiento de Carlota en la cabeza de Werther se transforma, fatalmente, en lo que tenía que ser y toma la forma brutal de una bala de revólver. El amor absurdo tiene como desenlace el suicidio.

El amor verdadero, el amor natural, es el milagro del magnetismo. Es el entrelazamiento de las dos serpientes del Caduceo; parece producirse fatalmente, pero es producido por la razón suprema que le hace seguir las leyes de la Naturaleza. La fábula refiere que Tiresias[3] habiendo separado dos serpientes que se unían, incurrió en la cólera de Venus y se tornó andrógino, lo que anuló en él el poder sexual; después lo hirió la diosa irritada y lo dejó ciego, porque atribuía a la mujer lo que conviene principalmente al hombre. Tiresias era un individuo que profetizaba por la luz muerta.  Por eso sus predicciones siempre anunciaban dolencias que incluso parecía provocar. Esta alegoría contiene y resume toda la filosofía del magnetismo que acabamos de revelar.

 




 



[1] Python: pitón. Mitología: serpiente monstruosa de 100 cabezas y 100 bocas que vomitaba llamas. Guardaba el oráculo de la tierra. (N. del T.)

[2] Ob, Od, Aur. Od, fluido magnético generado por los cuerpos minerales, vegetales y animales, visible para los sensitivos en estado de vigilia. Es la luz ódica del barón de Reichembach; palabra sacada de la Cábala hebrea, en la cual ella representa sólo el polo positivo de la luz o fluido astral. Ob, es el polo contrario de la misma luz.  Aur,  en  Cábala representa a la Luz, primera manifestación del Verbo Creador. Cuando esta luz se polariza positivamente, es decir, en el sentido del bien, se llama OD, y cuando se polariza negativamente en el sentido del mal, es Ob. La misma luz primaria en   su grado de manifestación inferior recibe el nombre de Aur, el fuego. ( N. del T)

[3] Tiresias: adivino griego a quien en Tebas adoraron como a un dios (N. del T. )



Fuente: PORTAL MARTINISTA DEL GUAJIRO