EL GRAN ARCANO DEL
OCULTISMO REVELADO
ELIPHAS LEVI
(Abate Alfonso Luis Constant)
P R I M E R A P A R T E
EL MISTERIO REAL
O EL ARTE DE GOBERNAR LAS FUERZAS
CAPÍTULO
II
EL MAL
El mal, en lo que
tiene de realidad, es el desorden. En presencia del orden eterno, el desorden
es esencialmente transitorio. En presencia del orden absoluto, que es la
voluntad de Dios, el desorden es apenas relativo. La afirmación absoluta del
desorden y del mal es, pues, esencialmente, la mentira.
La afirmación
absoluta del mal es la negación de Dios, puesto que Dios es la razón suprema y
absoluta del bien.
El mal, en el
orden filosófico, es la negación de la razón. En el orden social, es la
negación del deber.
En el orden
físico, es la resistencia a las leyes inviolables de la Naturaleza.
El sufrimiento no
es un mal sino la consecuencia y, casi siempre, el remedio del mal.
Nada de lo que es
naturalmente inevitable puede ser un mal. El invierno, la noche y la muerte no
son males. Son transiciones naturales de un día hacia otro día; del otoño hacia
la primavera; de esta vida hacia la
otra vida.
Proudhon
dice: “Dios es el mal”, lo que es como si hubiese dicho: Dios es el diablo, pies
el diablo es tomado, generalmente, como genio del mal. Demos vuelta dicha proposición
y obtendremos la siguiente paradoja: el diablo es Dios o, en otros términos: el
mal es Dios. Pero con seguridad que al hablar así Proudhon no se refería a Dios,
como personificación hipotética del bien. Pensaba en el Dios absurdo que los
hombres crean y, en tal sentido, reconozcamos que tenía razón, pues el diablo es la caricatura de Dios y lo
que llamamos el mal, es el bien, mal definido y mal comprendido.
No sería posible
amar el mal por el mal, el desorden por el desorden mismo. La infracción de las
leyes nos agrada porque así nos parece que los colocamos por encima de ellas. “Los hombres no están hechos para la ley, más
la ley está hecha para los hombres”, decía Jesús; palabras audaces que los sacerdotes de
aquellos tiempos, ciertamente consideraban subversivas e impías; palabras de
las que el orgullo humano puede abusar prodigiosamente. Dicen que Dios solo
tiene derechos y no deberes porque es el más fuerte, lo que es una afirmación
impía. Debemos todo a Dios, osan argüir, y Dios nada nos debe. Y la verdad es
lo contrario. Dios, infinitamente superior a todos los seres, contrae también con nosotros, al ponernos en
el mundo, una deuda infinita. El creó el abismo de la flaqueza humana y es El
quien debe llenarlo.
La cobardía de la
tiranía en el mundo antiguo nos legó el fantasma de un dios absurdo y
cobarde, que hace el milagro eterno de
forzar al ser finito o ser infinito en los sufrimientos.
Supongamos, por un
momento, que uno de nosotros pudiese crear un insecto y que le dijese, sin que él pueda oírlo: criatura mía, adórame.
El pobre animalejo da unos vuelos sin pensar en cosa alguna y muere al fin del
día; un nigromante dice al hombre que echándole una gota de su sangre podrá
resucitarle. El hombre se hace una pinchadura –yo haría lo mismo en su lugar–,
y he aquí que el insecto resucita. ¿Qué hará después el hombre? Os lo voy a
decir, exclama un fanático creyente: como el insecto en su primera vida,
cometió la tontería de no adorarlo, encenderá una hoguera y lo lanzará a ella,
sólo lamentando no poderle conservar la vida en medio de las llamas a fin de
quemarlo eternamente. ¡Ea! –dirán todos–, ¡no existe loco furioso que sea tan
cobarde y tan malo como éste! Yo os pido perdón, cristianos vulgares; el hombre
en cuestión no podría existir, concuerdo; pero existe, aunque en vuestra
imaginación solamente, digámoslo ya, alguien más cruel y más cobarde. Es
vuestro Dios, tal como lo concebís y explicáis, y es precisamente de él de
quien Proudhon tuvo mil veces razón de decir: “Dios es el mal”.
En este sentido,
el mal sería la afirmación falsa de un dios malo, y es este dios quien sería el diablo o su
compadre. Una religión cuyo bálsamo para las llagas de la humanidad fuese un
dogma semejante, las envenenaría en vez de curarlas. Resultaría de ahí el
embrutecimiento de los espíritus, la depravación de las conciencias; y la
propaganda hecha en nombre de un dios tal, podría llamarse el magnetismo del
mal. El resultado de la mentira es la injusticia. De la injusticia resulta la iniquidad
que produce la anarquía en los estados y en los individuos, el libertinaje y la
muerte.
Una mentira no
podría existir si no evocase en la luz muerta una especie de verdad espectral,
y todos los mentirosos de la vida son los primeros en engañarse tomando la
noche por el día. El anarquista se juzga libre, el ladrón se cree hábil, el
libertino cree que se divierte, el déspota piensa que oprimir es reinar. ¿Qué
sería necesario para destruir el mal en la tierra? Una cosa muy simple en
apariencia: desengañar a los tontos y a los malos. Pero aquí toda buena
voluntad cae derrotada y todo poder fallar; los malos y los tontos no quieren
ser desilusionados. Llegamos a esta perversidad secreta que parece ser la raíz
del mal: el gusto por el desorden y el apego al error. Pretendemos, por nuestra
parte, que esta perversidad no existe, al menos, de una manera libremente
consentida y deseada. Ella no es más que el envenenamiento de la voluntad por
la fuerza venenosa del error.
El aire que
respiramos se compone de hidrógeno, oxígeno y ázoe. El oxígeno y el hidrógeno
corresponden a la luz de la vida y el ázoe a la luz muerta. Un hombre sumergido
en el ázoe no podría respirar ni vivir; así también un hombre asfixiado por la
luz espectral no puede hacer uso de su voluntad libre. No es en la atmósfera
donde se realiza el gran fenómeno de la luz sino en nuestros ojos estructurados
para verla. Cierta vez, Littré, -filósofo de la escuela positivista– dijo que la
inmensidad es apenas una noche infinita, punteada aquí y allá por algunas
estrellas. “Esto es verdad”
–le respondió
alguien– “para nuestros ojos que no están plasmados para la percepción de otra
claridad que no sea la del sol”. ¿No nos aparece en sueños la propia idea de
esta luz, mientras en la tierra es de noche y nuestros ojos están cerrados?
¿Cuál es el día de las almas? ¿Cómo vemos a través del pensamiento? ¿Existiría
la noche de nuestros ojos para ojos organizados de otra forma? Si no tuviésemos
ojos, ¿captaríamos la noche? Para los ciegos no existen estrellas ni sol; y si
nosotros nos pusiéramos una venda en los ojos nos tornaríamos ciegos
voluntarios. La perversidad de los sentidos como la de las facultades del alma,
resulta de un accidente o de un primer atentado contra las leyes de la
Naturaleza; ella se hace entonces necesaria y fatal. ¿Qué hacer para los
ciegos? Tomarlos de la mano y guiarlos. ¿Pero si no quieren dejarse guiar?
Entonces no son solamente ciegos, son alienados peligrosos y es preciso
dejarlos perecer, ya que no se los puede conducir.
Edgar A. Poe
refiere la historia de una casa de locos, en la que los pacientes habían
logrado apoderarse de los enfermeros y guardias y encerrarlos en sus propias
celdas, después de disfrazarlos de animales salvajes. Triunfantes en los
aposentos de sus médicos, beben el vino del establecimiento y se felicitan
recíprocamente por haber efectuado excelentes tratamientos. Mientras estaban en
la mesa, los prisioneros rompen sus cadenas y llegan a sorprenderlos a palos.
Se vuelven furiosos contra los pobres locos y los justifican, en parte, por lo malos
e insensatos tratos de que ellos mismos fueran objeto.
He aquí la
historia de las revoluciones modernas. Los locos triunfando por su gran número,
que constituyen lo que llamamos la mayoría, capturan a los sabios y los disfrazan
de animales salvajes. Poco después las
prisiones se gastan y se rompen, y los sabios, enloquecidos por el sufrimiento,
huyen gritando y sembrando el terror. Querían imponerles un falso dios;
entonces vociferan que no hay Dios.
Los indiferentes, embravecidos por el miedo, se complotan para reprimir a los
locos furiosos e inauguran el reino de los imbéciles. Muchas son las épocas en
que esto ha sucedido.
¿Hasta qué punto
son responsables los hombres de estas oscilaciones y angustias que producen
tantos crímenes? ¿Qué pensador osaría decirlo? ¡Marat es odiado y se canoniza a
Pio V!
Es verdad que el
terrible Ghirleri no guillotinaba a sus adversarios sino que los quemaba. Pio V
era un hombre austero y un católico convicto. Marat llevaba el desinterés hacia
la miseria. Ambos eran hombres de bien, pero locos homicidas, sin llegar a ser
precisamente furiosos.
Cuando una locura
criminal encuentra la complicidad de un pueblo, se vuelve una terrible razón, y
cuando la multitud, no desilusionada más sí engañada de un modo contrario,
reniega y abandona a su héroe, éste se transforma en un chivo emisario y en un
mártir. La muerte de Robespierre es tan bella como la de Luis XVI.
Admiro
sinceramente a este terrible inquisidor que, masacrado por los Albigenses,
escribió en el suelo con su sangre, antes de expirar:
Credo in unum
Deum.
¿Es la guerra un
mal? Sí, pues es horrible. ¿Pero es un mal absoluto? La guerra es el trabajo
generador de las nacionalidades y de las civilizaciones. ¿Quién es responsable
de la guerra? ¿Los hombres? No, pues son sus víctimas. ¿Quién, pues? ¿Osaríamos
decir que es Dios? Preguntado al Conde José de Maistre.
Él os dirá por qué los sacerdotes siempre consagraron la espada y que hay algo
sagrado en el oficio sangriento del verdugo. El mal es la sombra, es la
repulsión del bien. Vayamos hasta el fin y digamos que el bien es negativo. El
mal es la resistencia que fortifica el esfuerzo del bien; y es por eso que
Jesucristo no dudó en afirmar: “es preciso que haya escándalos”.
Existen monstruos
en la Naturaleza del mismo modo como aparecen errores de impresión en un bello libro. ¿Qué prueba eso? Que la
naturaleza, como la imprenta, son instrumentos ciegos que la inteligencia
dirige. Pero, me responderéis, un buen revisor corrige las pruebas. Claro que lo hace, y éste
es precisamente el papel del progreso de la Naturaleza. Dios es el Director de
la Imprenta, y el hombre es el revisor de Dios.
Los sacerdotes
siempre han proclamado que los flagelos son causados por los pecados de los
hombres, lo cual es cierto, puesto que la ciencia es dada a los hombres para
prevenir los flagelos. Si, como se afirma, el cólera proviene de la
putrefacción de los cadáveres hacinados en la desembocadura del Ganges; si el
hambre es provocada por los monopolios;
si la peste tiene por causa la
suciedad; si la guerra deriva del orgullo estúpido de los reyes y de la
turbulencia de los pueblos, ¿acaso no es entonces la maldad, o más bien la
tontería de los hombres, la causa de los flagelos? Se dice que las ideas están
en el aire; podría afirmase lo mismo de los vicios. Toda corrupción produce una
putrefacción y toda putrefacción tiene su mal olor característico. La atmósfera que rodea a los enfermos es
mórbida, y la peste moral tiene también su atmósfera, mucho
más contagiosa. Un corazón honesto se halla cómodamente en la sociedad de
las personas de bien. Se siente oprimido, sufre, queda sofocado en medio de los
centros viciosos.
