Friday, April 5, 2019

Las Enseñanzas Secretas de Todos los Tiempos – XlVII – Conclusión - Manly Palmer Hall



LAS ENSEÑANZAS SECRETAS
DE TODOS LOS TIEMPOS

Manly Palmer Hall

XLVII

CONCLUSIÓN

Filipo, rey de Macedonia, con la ambición de conseguir un maestro capaz de impartir las ramas superiores del conocimiento a su hijo de catorce años, Alejandro, y con el deseo de que el príncipe tuviera por mentor al más famoso y erudito de los  grandes filósofos decidió ponerse en contacto con Aristóteles y envió al sabio griego la carta siguiente: «Muchas gracias, no tanto por su nacimiento como porque haya nacido en vuestro tiempo, porque espero que, si es educado e instruido por vos, será digno de nosotros dos y  del reino que heredará». Aristóteles aceptó la invitación de Filipo, viajó a Macedonia en el cuarto año de la centésima octava olimpiada y permaneció ocho años como tutor de Alejandro. El afecto del joven príncipe por su instructor llegó a ser tan grande como el que sentía por su padre. Decía que su padre le había dado el ser, pero que Aristóteles le había enseñado a saber ser. Aristóteles transmitió a Alejandro Magno los principios básicos de la Sabiduría Antigua y a los pies del filósofo el joven macedonio se dio cuenta de la trascendencia del conocimiento griego, personificado en el discípulo inmortal de Platón. Elevado por su maestro iluminado al umbral  de  la esfera filosófica, contempló el mundo de los sabios, un mundo que no llegaría a conquistar por culpa del destino y de las limitaciones de su propia alma.

En sus horas libres, Aristóteles corrigió y agregó notas explicativas a la Ilíada de Homero, y presentó  el volumen acabado a Alejandro. El joven conquistador apreciaba tanto aquel libro que lo llevaba consigo en todas sus campañas.   Cuando derrotó a Darlo, descubrió en medio del botín un espléndido cofre de ungüentos tachonado de piedras preciosas; arrojó al suelo su contenido y declaró que por fin había encontrado un estuche digno de la edición de la Ilíada de Aristóteles.

Durante su campaña en Asia, Alejandro se enteró de que Aristóteles había publicado uno de sus discursos más preciados y aquello apenó mucho al joven rey. En consecuencia, a Aristóteles, el conquistador de lo desconocido, Alejandro, el conquistador de lo conocido, envió una carta desafortunada y llena de reproches en la que reconocía que la pompa y el poder mundanos no        eran suficientes: «Alejandro saluda a Aristóteles Has hecho mal en publicar aquellas ramas de la ciencia que hasta ahora no se podían adquirir  si  no  era por  instrucción oral.

¿Cómo aventajaré a los demás si el conocimiento más profundo que he obtenido de ti está al alcance de cualquiera? Por mi parte, prefiero superar a la mayoría de la humanidad en las ramas más sublimes del saber que en el alcance del poder y el dominio. Adiós». La recepción de esta carta asombrosa no tuvo consecuencias en la apacible vida de Aristóteles, quien respondió que, a pesar de haber comunicado el discurso a las multitudes, nadie que no lo hubiera   escuchado pronunciarlo (que careciera de comprensión espiritual) podría captar su verdadera importancia.

Pocos años después, Alejandro Magno pasó a mejor vida y junto con su cuerpo se desmoronó la estructura del imperio erigido en torno a su personalidad. Un año después, Aristóteles también entró en  aquel mundo superior sobre cuyos misterios tanto había conversado con sus discípulos en el Liceo. Sin embargo, así como Aristóteles superaba a Alejandro en vida, también lo superó en la muerte, porque, aunque su cuerpo se  descompuso en una tumba ignota, el gran filósofo siguió vivo en sus logros intelectuales Siglo tras siglo le rindieron un homenaje agradecido y todas las generaciones reflexionaron sobre sus teoremas hasta que, por la mera trascendencia de su raciocinio, Aristóteles —«el maestro de los que saben», como le decía Dante— llegó a ser el verdadero conquistador  del mundo que Alejandro había tratado de someter con la espada.

De este modo queda demostrado que para apoderarse de un hombre no basta con esclavizar su cuerpo, sino que es necesario conseguir su razón, y que para liberar a un hombre no basta con abrir los grilletes que le sujetan las extremidades,  sino  que  hay  que liberar su mente de la esclavitud de su propia ignorancia. La conquista física siempre fracasa, porque, al generar odio y disensión, alienta a la mente a vengar al cuerpo ultrajado; sin embargo, todos los hombres se ven obligados, ya sea voluntaria o involuntariamente, a obedecer al intelecto en el cual reconocen cualidades y virtudes superiores a las propias. Que la cultura filosófica de la antigua Grecia, Egipto e India superaba a la del mundo moderno es algo que todos deben admitir, hasta los modernistas más empedernidos. La época dorada de la estética, el intelectualismo y la ética  griega  jamás ha sido igualada desde entonces. El verdadero filósofo pertenece al orden más noble de seres humanos y la nación o raza que haya sido bendecida con la posesión de pensadores iluminados es, sin duda, afortunada y su nombre se recordará gracias a ellos. En la famosa escuela pitagórica de Crotona, la filosofía se consideraba indispensable para la vida del hombre. Si alguien no comprendía la dignidad del raciocinio, no se podía decir que estuviera vivo de verdad; por eso, cuando por su perversidad innata algún miembro se retiraba voluntariamente o era expulsado de la fraternidad filosófica, se le ponía una lápida en el cementerio comunitario, porque quien       abandonase las actividades intelectuales y éticas para volver a ingresar en la esfera material, con sus ilusiones de los sentidos y su falsa ambición, se consideraba muerto para la esfera de la realidad. La vida representada por la esclavitud de los sentidos era, para los pitagóricos, la muerte espiritual, mientras que  para ellos la vida espiritual era la muerte en  el mundo de los sentidos.

La filosofía otorga vida, porque revela la dignidad y el propósito de la vida. El materialismo otorga muerte, porque embota o nubla las facultades del alma humana que deberían responder a los impulsos vivificantes del pensamiento    creativo de la virtud enaltecedora. ¡Cuán por debajo de estos principios están las leyes por  las  que nos regimos los hombres en el siglo XX! Hoy el hombre, una criatura sublime con una capacidad  infinita de auto-superación, en su esfuerzo por ser fiel a principios falsos, se aparta de su derecho inalienable al conocimiento — sin darse cuenta de las consecuencias— y cae en la vorágine de la ilusión material. Dedica el período precioso de sus años terrenales al esfuerzo penosamente inútil de establecerse como un poder imperecedero en un reino de cosas perecederas. Poco a poco va desapareciendo de su mente objetiva el recuerdo de su vida como ser espiritual y concentra todas sus facultades parcialmente despiertas en el hervidero de la colmena de la laboriosidad, que, en un momento dado, llega a ser para él la única realidad. Desde las elevadas alturas de su egoísmo, se hunde poco a poco en las sombrías profundidades de la fugacidad. Cae al nivel de las bestias y de forma animal masculla los problemas que surgen de su conocimiento insuficiente del plan divino. Aquí. en la confusión chillona de un gran infierno industrial, político y comercial, los hombres se retuercen en medio del dolor que se provocan ellos mismos y, tendiendo las manos hacia las nieblas que se arremolinan, tratan de agarrar y de sujetar los fantasmas grotescos del éxito y el poder.

Desconocedor de la causa de la vida, desconocedor de la finalidad de la vida y desconocedor de lo que hay más allá del misterio de la muerte, aunque posee en su interior la respuesta a todas estas preguntas, el hombre está dispuesto a sacrificar lo hermoso, lo verdadero y lo bueno que hay dentro y fuera de sí mismo sobre el altar sangriento de la ambición mundana. El mundo de la filosofía —aquel jardín hermoso del pensamiento en el  cual viven los sabios, unidos por el  vínculo de la fraternidad— desaparece de la vista  y en su lugar  surge  un imperio de piedra, acero, humo y odio, un mundo en el cual millones de criaturas potencialmente humanas corretean de aquí para allá en un  esfuerzo desesperado por existir y, al mismo tiempo, mantener la inmensa institución que han levantado y que, como un poderoso gigante, retumba inevitablemente hacia un fin desconocido. En este imperio material que el hombre erige con la vana creencia de que puede eclipsar el reino de los celestiales, todo se convierte en piedra. Fascinado por el oropel del triunfo, el hombre contempla fijamente el rostro de la codicia, que, cual Medusa, lo deja petrificado.

En este período comercial, lo único que interesa a la ciencia es clasificar el conocimiento físico e investigar las partes temporales e ilusorias de la naturaleza. Los descubrimientos que consideran prácticos se limitan a sujetar más estrechamente al hombre con los lazos de la limitación física. Hasta la religión se ha vuelto materialista: la belleza y la dignidad de la fe se miden mediante pilas inmensas de mampostería, la cantidad de propiedades inmobiliarias o el balance financiero. La filosofía, que conecta el cielo con la tierra como una escalera imponente, cuyos peldaños han subido los iluminados  de todos los tiempos hasta llegar a la presencia viva de la Realidad… Hasta la filosofía se ha convertido en un cúmulo prosaico y heterogéneo de nociones contradictorias. Ya nada queda de su  belleza,  su dignidad ni su  trascendencia.  Como otras ramas del pensamiento humano, se ha vuelto materialista —«práctica»— y sus actividades están tan controladas que tal vez hasta contribuyan a levantar este mundo moderno de piedra y acero.

En las filas de los llamados eruditos está surgiendo un nuevo orden de pensadores, que mejor habría que llamar la Escuela de los Sabios Mundanos. Después de llegar a la increíble conclusión  de que ellos eran  la  sal intelectual de la tierra, estos hombres de letras se han designado los jueces definitivos de todo conocimiento, tanto humano como divino. Este  grupo sostiene que todos los místicos debían  de ser epilépticos y la mayoría de los santos, neuróticos. Declara que Dios es una invención de la superstición primitiva, que el universo se creó sin ninguna intención determinada, que la inmortalidad es producto de la imaginación y que un individuo excepcional no es más que una combinación fortuita de células Según ellos, Pitágoras estaba mal de la cabeza, Sócrates tenía fama de borracho, a san Pablo le daban ataques, Paracelso era un curandero infame, el conde de Cagliostro, un embaucador y el conde de Saint Germain, el mayor  sinvergüenza  de la historia.

¿Qué tienen en común los conceptos elevados de los redentores y los sabios iluminados del mundo con estos productos atrofiados y distorsionados del «realismo» de este siglo? En todo el mundo, los hombres y las mujeres oprimidos por los sistemas culturales desalmados del presente piden a gritos  el regreso de la época desterrada de la belleza y la ilustración, de algo práctico en el sentido más elevado del término. Unos pocos empiezan a darse cuenta de que  la llamada civilización en su forma actual está en su punto de fuga, que la frialdad, lo despiadado, el comercialismo y la eficacia material no son prácticos y que lo único que vale realmente la pena es lo que brinda la oportunidad de expresar amor e idealismo. Todo el mundo busca la felicidad, pero nadie sabe dónde buscarla. Los hombres deben aprender que la felicidad corona la búsqueda de conocimiento del alma. Solo en la realización de la infinita bondad y la infinita consecución se puede garantizar la paz interior. A pesar del egocentrismo humano, hay algo en la mente  del  hombre que quiere llegar a la filosofía; no a este o a aquel código filosófico, sino simplemente a la filosofía en su sentido más amplio y completo.

Tienen que resurgir las grandes instituciones filosóficas del pasado, porque son las únicas que pueden rasgar el velo que separa el mundo de  las causas del de los efectos. Solo los Misterios —aquellas escuelas sagradas de sabiduría— pueden revelar a una humanidad luchadora un universo más grande y más glorioso que es el verdadero hogar del ser espiritual llamado hombre. La filosofía  moderna ha fracasado, porque para ella el pensamiento no es más que un proceso intelectual. El pensamiento materialista es  un  código  de  vida  tan desesperado como el propio comercialismo. La capacidad de pensar certeramente es lo que redime a la humanidad. Los redentores mitológicos e históricos de todos los tiempos fueron personificaciones de dicha capacidad. Quien tiene un poco más de racionalidad que su prójimo está mejor que este. Al que actúa en un plano más elevado de racionalidad que el resto del mundo lo llaman el pensador más grande. Al que actúa en un plano inferior lo consideran bárbaro. Por consiguiente, el desarrollo racional relativo es el verdadero indicador del estado evolutivo del individuo.

En síntesis, la verdadera finalidad de la filosofía antigua era descubrir un método que permitiera acelerar la evolución de la naturaleza racional, para no tener que esperar los procesos naturales que son más lentos. Aquella fuente suprema de poder, aquella obtención de conocimiento, aquel despliegue del dios interior queda  oculto bajo la afirmación epigramática de la vida filosófica. Aquella era la clave de la Gran Obra, el misterio de la piedra filosofal, porque significaba que se había conseguido la transmutación alquímica. Por consiguiente, la filosofía antigua era, en primer lugar, la forma de vivir la vida: en segundo lugar, un método intelectual. El único que puede llegar a convenirse en filósofo en el sentido supremo es aquel que vive la vida filosófica. Lo que el hombre  vive es lo que llega a conocer. Por consiguiente, un gran filósofo es aquel que dedica por entero los tres aspectos de su vida —el físico, el mental y el espiritual— a su racionalidad, que está presente en todos ellos.

La naturaleza física, la emocional  y la mental del hombre brindan medios de provecho o detrimento recíprocos entre ellas. Como la naturaleza física es el entorno inmediato de la mental, la única mente capaz de un pensamiento racional es la que está entronizada en una constitución material armoniosa y sumamente refinada. Por consiguiente, la acción correcta, el sentimiento  correcto y el pensamiento correcto son requisitos previos para el conocimiento correcto y la obtención del poder filosófico es algo que solo está al alcance de los que han armonizado su pensamiento con su manera de vivir. Los sabios, por  lo tanto, declaran que nadie puede llegar al máximo en la ciencia del conocimiento hasta que no ha llegado al máximo en la ciencia del vivir. El poder filosófico es el producto natural de la vida filosófica. Así como una existencia física intensa hace hincapié en la importancia de los objetos físicos o el ascetismo metafísico monástico establece la conveniencia del estado de éxtasis, la total concentración filosófica conduce la conciencia del pensador hacia la más elevada y noble de las esferas: el mundo filosófico o racional puro.

En una civilización preocupada fundamentalmente por conseguir los extremos de la actividad temporal, el filósofo representa el intelecto equilibrador que puede evaluar y conducir el desarrollo cultural. Establecer un ritmo filosófico en la naturaleza de un individuo por lo general requiere entre quince y veinte años. Durante todo este período, los discípulos de antaño eran sometidos constantemente a la disciplina más severa. Cada actividad de la vida se iba desconectando poco a poco de otros intereses y se focalizaba en la parte racional. En el mundo antiguo había otro factor más vital, que intervenía en la producción de intelectos racionales y que escapa por completo a la comprensión de los pensadores modernos; a saber: la iniciación en los Misterios filosóficos. Un hombre que hubiese demostrado su peculiar aptitud mental y espiritual era aceptado en el conjunto de los cultos y se le revelaba la herencia inestimable de la tradición arcana, preservada de generación en generación. Aquella herencia de la verdad filosófica es el tesoro incomparable de todos los tiempos y cada uno de los discípulos admitidos en aquellas hermandades de sabios hacía, a su vez, su aportación individual a aquella reserva del  conocimiento secreto.

La única esperanza del mundo es la filosofía, porque todas las penas de la vida moderna se deben a la falta de un código filosófico adecuado. Los que perciben al menos en parte la  dignidad de la vida no pueden por menos que darse cuenta de la superficialidad aparente en las actividades de esta época. Bien se ha dicho que nadie triunfará mientras no desarrolle su filosofía de vida. Tampoco  alcanzará la verdadera grandeza ninguna raza ni ninguna nación, mientras no formule una filosofía adecuada ni dedique su existencia a una política coherente con ella. Durante la guerra mundial, cuando la llamada civilización arrojó la mitad de sí misma contra la otra mitad en un arrebato de odio, los hombres destruyeron sin piedad algo más precioso incluso que la vida humana: borraron los recuerdos del pensamiento humano que pueden dirigir la vida con inteligencia. En verdad declaró Mahoma que la tinta de los filósofos era más preciosa que la sangre de los mártires. Documentos inestimables, constancias de logros inapreciables, conocimientos basados en siglos de observación y experimentación pacientes por los elegidos de la tierra: todos fueron destruidos,  casi sin el menor  reparo.

¿Qué era el conocimiento, qué eran la verdad, la belleza, el amor, el idealismo, la filosofía o la religión, en comparación con el deseo del hombre  de controlar un punto infinitesimal en los campos del cosmos durante un fragmento de tiempo inestimablemente diminuto? Tan solo por la ambición de satisfacer algún capricho o impulso, el hombre arrancaría de raíz el universo, aun sabiendo que al cabo de pocos años deberá partir y dejar para la posteridad todo lo que  ha  tomado, como una vieja causa que será      objeto         de nuevas discusiones.

La guerra, prueba irrefutable de la irracionalidad, sigue ardiendo en el corazón de los hombres y no puede  morir hasta que no se supere el egoísmo humano. Armada con invenciones variopintas y elementos destructivos, la civilización continuará su  lucha fratricida en los siglos venideros; sin embargo, en la mente del hombre está naciendo un gran temor: el temor de que, con el tiempo, la civilización se destruya en una gran lucha catastrófica. Entonces habrá que volver a representar el drama eterno de la reconstrucción. De las ruinas de la    civilización que desapareció al morir su idealismo, algún pueblo primitivo que sigue todavía en el vientre del destino deberá construir un nuevo mundo. En previsión de las necesidades de ese momento, los filósofos de todos los tiempos desean que, en la estructura del nuevo  mundo, se incorpore lo más verdadero y lo mejor de todo lo que ha habido antes. Es una ley divina que la suma de los logros anteriores sea la base de cada nuevo orden de cosas. Hay que preservar los grandes tesoros filosóficos de la humanidad. Podemos dejar que se deteriore lo que es superficial, pero lo que es fundamental y esencial debe permanecer, a cualquier precio.

Los platónicos distinguían  dos formas fundamentales de ignorancia: la simple y la compleja. La ignorancia simple no es más que la falta de conocimiento y es común a todas las criaturas que existieron después de la primera causa, la única que tiene la perfección del conocimiento. La ignorancia simple es un factor que está siempre activo y que empuja al alma para seguir tratando de conseguir más conocimientos Del estado virginal de desconocimiento surge el deseo  de  tomar conciencia, que da como resultado la mejora del estado mental. El intelecto humano siempre está rodeado de formas de existencia que van más allá de   la valoración de sus facultades desarrolladas solo en parte. En este ámbito de objetos no comprendidos hay una fuente infalible de estímulos mentales Por consiguiente, del esfuerzo de hacer frente de forma racional al problema de lo desconocido con el tiempo acaba surgiendo la sabiduría.

En este análisis, la causa última es  la única que se puede considerar sabía, o, para decirlo en términos  más sencillos, solo Dios es bueno. Sócrates decía que el conocimiento, la virtud y la utilidad eran uno con la naturaleza innata de la bondad. El conocimiento es una condición del saber; la virtud es una condición del ser, y la utilidad es una condición del hacer. Si para nosotros la sabiduría es sinónimo de completitud mental, resulta evidente que un  estado así solo puede existir en la totalidad, porque lo que es menos que el Todo no puede poseer la plenitud de la Totalidad. Ninguna parte de la creación está completa; por consiguiente, todas las partes son imperfectas en la medida en que no llegan a la totalidad. Cuando hay incompletitud, se deduce que debe de haber ignorancia, porque cada parte, aunque sea capaz de conocerse a sí misma, no puede ser consciente del Yo de las demás partes. Filosóficamente, el crecimiento desde el punto de vista de la evolución humana es un proceso que va de lo heterogéneo a lo homogéneo. Con el tiempo, por consiguiente, la conciencia aislada de los fragmentos individuales se vuelve a unir para convenirse en la conciencia completa  del Todo. Entonces y solo entonces, la condición de lo omnisciente se vuelve una realidad absoluta.

De este modo, todas las criaturas  son relativamente ignorantes y, al mismo tiempo, relativamente sabias; relativamente nada y, sin embargo, relativamente todo. El microscopio revela al hombre su significancia y el telescopio, su insignificancia. Por medio de las eternidades de la existencia, el hombre va   aumentando poco a poco tanto su sabiduría como su comprensión: su conciencia creciente va incluyendo más de lo externo dentro de la zona del ser. Incluso en su estado actual de imperfección, el hombre se va dando cuenta de que nunca puede ser verdaderamente feliz mientras no sea perfecto y que de todas las facultades que contribuyen a su auto-perfección ninguna iguala en  importancia al intelecto racional. A través del laberinto de la diversidad, solo la mente iluminada puede y debe conducir  el alma hacia la luz perfecta de la unidad.

Además de la ignorancia simple, que es el factor más potente del desarrollo mental, hay otra ignorancia mucho más peligrosa y sutil. Esta segunda forma, llamada ignorancia doble o compleja, se puede definir brevemente como la ignorancia de la ignorancia. Al adorar al sol, la luna y las estrellas y al ofrecer sacrificios a los vientos, el salvaje primitivo trataba de propiciar a sus dioses desconocidos con fetiches rudimentarios. Vivía en un mundo lleno de maravillas que no comprendía. Ahora se alzan grandes ciudades en los lugares por donde antes deambulaban los hombres primitivos La humanidad ya no se considera rudimentaria ni aborigen. El espíritu de la maravilla y el sobrecogimiento ha sido sustituido por el de la sofisticación. En la  actualidad, el hombre adora sus propios logros y, o bien relega al fondo de su conciencia las inmensidades del tiempo y el espacio, o no las tiene en cuenta en absoluto. El siglo XX convierte la civilización en su fetiche y se abruma con sus propias invenciones; hasta se  inventa  sus propios dioses. La humanidad ha olvidado lo infinitesimal, lo efímera y lo ignorante que es en realidad. Se ha burlado de Ptolomeo, porque para él la tierra era el centro del universo, y la civilización moderna parece basarse en la hipótesis de que el planeta tierra es la más permanente e importante de  todas las esferas celestes y que los dioses contemplan fascinados, desde sus tronos estelares, los acontecimientos monumentales y excepcionales que ocurren en este hormiguero esférico y caótico.

A lo largo de las épocas, el hombre ha trabajado sin descanso para construir ciudades que pueda gobernar con pompa y poderío, como si una cinta de oro o diez millones de vasallos pudieran elevarlo por encima de la dignidad de sus propios pensamientos y hacer que el brillo de su cetro sea visible hasta las estrellas más lejanas. Mientras este planeta diminuto gira en su órbita en el espacio, lleva consigo alrededor de dos mil millones de seres humanos que viven y mueren ajenos a la existencia inconmensurable que hay más allá del bulto en el que viven. En comparación con la infinitud del tiempo y el   espacio, ¿qué son los magnates de la industria o los amos de las finanzas? Si uno de estos plutócratas prosperara hasta gobernar toda la tierra, ¿qué sería sino un déspota insignificante sentado en un grano de polvo cósmico?

La filosofía revela al hombre su similitud con la Totalidad. Le  enseña que es hermano de los soles que salpican el firmamento y, de ser un contribuyente sobre un átomo que gira, lo eleva a ciudadano del cosmos. Le enseña que, aunque físicamente esté vinculado a la tierra (de la cual forman parte su sangre y sus huesos), existe en su interior un poder espiritual, un Yo más divino, a través del cual se unifica con la sinfonía del Todo. La ignorancia de la ignorancia, pues, es el estado autosatisfecho de inconsciencia en el cual el hombre, que no sabe nada fuera  de la zona limitada de sus sentidos físicos, declara, todo engreído, que no hay nada más que conocer. Quien no conoce más vida que la física solo es ignorante, pero quien declara que la vida física es lo más importante y la eleva al puesto de la realidad suprema es ignorante de su propia ignorancia. Si el Infinito no hubiese querido que el hombre se volviera sabio, no le habría otorgado la facultad de conocer. Si no hubiese querido que el hombre fuera virtuoso, no habría sembrado en el corazón humano las semillas de la virtud. Si hubiese predestinado al hombre a limitarse a su pobre vida física, no le habría proporcionado percepciones ni sensibilidades que le permitiesen captar, al menos en parte, la inmensidad del universo exterior. Los que proclaman la filosofía convocan a todos los hombres a una camaradería espiritual, a una fraternidad de pensamiento, a una asamblea del Yo. La filosofía invita a todos los hombres a salir de la inutilidad del egoísmo, de la pesadumbre  de la ignorancia y de la desesperación de la mundanalidad, de la parodia de la ambición y de las crueles garras de la codicia, del infierno rojo  del odio y de la tumba fría del idealismo improductivo.

La filosofía conduciría a todos los hombres hacia las perspectivas amplias y serenas de la verdad, porque el mundo de la filosofía es una tierra de paz, en la cual tienen oportunidad de expresarse las mejores cualidades acumuladas dentro de cada alma humana. Aquí se enseñan a los hombres las maravillas de las briznas de hierba; cada palo y cada piedra están dotados de palabra y revelan el secreto de su ser. Toda la vida, bañada en el resplandor del entendimiento, se conviene en una realidad hermosa y maravillosa. De las cuatro esquinas de la creación brota un cántico fortísimo de júbilo, porque aquí, a la luz de la filosofía, se revela la finalidad de la existencia: la sabiduría y la bondad que impregnan el Todo se vuelven evidentes hasta para el intelecto imperfecto del hombre. El corazón anhelante de la humanidad encuentra aquí la camaradería que extrae de los lugares más recónditos del alma  esa  gran reserva de bondad que allí reside, como el metal precioso en una veta escondida en las profundidades.

Wednesday, March 27, 2019

Verdaderos Y Falsos Instructores Espirituales - Rene Guenon



RENE GUENON



VERDADEROS Y FALSOS INSTRUCTORES ESPIRITUALES
Capítulo XXI de Initiation et Réalisation Spirituelle

Hemos insistido frecuentemente sobre la distinción que hay que hacer entre la iniciación propiamente dicha, que es el vinculamiento puro y simple a una organización iniciática, vinculamiento que implica esencialmente la transmisión de una influencia espiritual, y los medios que podrán ponerse en operación después para contribuir a hacer efectiva una iniciación que primero no era más que virtual, medios cuya eficacia está subordinada naturalmente, en todos los casos, a la condición indispensable de un vinculamiento previo. Estos medios, en tanto que constituyen la ayuda aportada desde afuera al trabajo interior del que debe resultar el desarrollo espiritual del ser (y entiéndase bien que jamás pueden suplir de ninguna manera a ese trabajo mismo), pueden ser designados, en su conjunto, por el término de instrucción iniciática, tomando éste en su sentido más extenso, y no limitándole a la comunicación de algunos datos de orden doctrinal, sino comprendiendo en él igualmente todo lo que, a un título cualquiera, es de la naturaleza de guiar al iniciado en el trabajo que cumple para llegar a una realización espiritual a cualquier grado que sea.

Lo que es más difícil, y sobre todo en nuestra época, no es ciertamente obtener un vinculamiento iniciático, lo que es quizás a veces muy fácil[1]; lo que es difícil es encontrar un instructor verdaderamente calificado, es decir, capaz de desempeñar realmente la función de guía espiritual, así como acabamos de decirlo, aplicando todos los medios convenientes a sus propias posibilidades particulares, fuera de las cuales es evidentemente imposible, incluso al Maestro más perfecto, obtener ningún resultado efectivo. Sin un tal instructor, como lo hemos explicado ya precedentemente, la iniciación, aunque ciertamente válida en sí misma, desde que la influencia espiritual ha sido realmente transmitida por medio del rito apropiado[2], permanece siempre simplemente virtual, salvo en casos de excepción muy raros. Lo que agrava todavía la dificultad, es que aquellos que tienen la pretensión de ser guías espirituales, sin estar calificados de ninguna manera para desempeñar este papel, probablemente jamás han sido tan numerosos como en nuestros días; y el peligro que resulta de eso es tanto mayor cuanto que, de hecho, esas gentes tienen generalmente facultades psíquicas muy poderosas y más o menos anormales, lo que no prueba evidentemente nada desde el punto de vista del desarrollo espiritual y lo que, incluso, ordinariamente es un indicio más bien desfavorable a este respecto, pero que por eso no es menos susceptible de provocar la ilusión y de imponer a todos aquellos que están insuficientemente prevenidos, y que, por consiguiente, no saben hacer las distinciones esenciales. Por consiguiente, no se podría tener la suficiente precaución contra esos falsos instructores, que, no pueden sino extraviar a aquellos que se dejan seducir por ellos y que todavía deberán estimarse afortunados si no les ocurre nada más penoso que perder su tiempo; por lo demás, que no sean más que simples charlatanes, como hay muchos actualmente, o que se ilusionen ellos mismos antes de ilusionar a los demás, no hay que decir que eso no cambia en nada las consecuencias, e incluso en un cierto sentido, aquellos que son más o menos completamente sinceros (ya que puede haber en eso muchos grados) son quizás todavía más peligrosos en razón de su inconsciencia misma. Apenas hay necesidad de agregar que la confusión de lo psíquico y de lo espiritual, que desgraciadamente está tan extendida en nuestros contemporáneos y que hemos denunciado en muchas ocasiones, contribuye en una amplia medida a hacer posibles las peores equivocaciones a este respecto; si se junta a eso el atractivo de los pretendidos "poderes" y el gusto por los "fenómenos" más o menos extraordinarios, que por lo demás se les asocian casi inevitablemente, se tendrá una explicación bastante completa del éxito de algunos falsos instructores.

Sin embargo, hay un carácter por el que muchos de éstos, si no todos, pueden ser reconocidos bastante fácilmente, y, aunque no es en suma más que una consecuencia directa y necesaria de todo lo que hemos expuesto constantemente sobre el tema de la iniciación, no creemos inútil, en presencia de las preguntas que se nos han formulado en estos últimos tiempos a propósito de diversos personajes más o menos sospechosos, precisarlo todavía una vez más de una manera más explícita. Quienquiera que se presenta como un instructor espiritual sin vincularse a una forma tradicional determinada o sin conformarse a las reglas establecidas por éstas no puede tener verdaderamente la cualidad que se atribuye; según los casos, puede ser un vulgar impostor o un "ilusionado" ignorante de las condiciones reales de la iniciación; y en este último caso más todavía que en el otro, es de temer que, muy frecuentemente, no sea, en definitiva, nada más que un instrumento al servicio de algo que quizás ni siquiera sospecha él mismo. Diremos otro tanto de lo mismo (y por lo demás este carácter se confunde forzosamente hasta un cierto punto con el precedente) de quienquiera que tiene la pretensión de dispensar indistintamente una enseñanza de naturaleza iniciática a no importa quién e incluso a simples profanos, desdeñando la necesidad, como condición primera de su eficacia, del vinculamiento a una organización regular, o también de quienquiera que procede siguiendo métodos que no son conformes con los de ninguna iniciación reconocida tradicionalmente. Si se supieran aplicar estas pocas indicaciones y atenerse siempre a ellas estrictamente, los promotores de "pseudo-iniciaciones", de cualquier forma que estén revestidos, se encontrarían casi inmediatamente desenmascarados[3]; ya solo quedaría el peligro que puede venir de representantes de iniciaciones desviadas, aunque reales, y que han dejado de estar en la línea de la ortodoxia tradicional; pero ese caso está ciertamente mucho menos extendido, al menos en el mundo occidental, y, por consiguiente, es evidentemente mucho menos urgente preocuparse de él en las circunstancias presentes. Por lo demás, podemos decir al menos que los "instructores" que se vinculan a tales iniciaciones tienen generalmente, en común con los otros de los que acabamos de hablar, el hábito de manifestar sus "poderes" psíquicos a todo propósito y sin ninguna razón válida (pues no podemos considerar como tal la de atraer discípulos o retenerlos por este medio, lo que es la meta a la que apuntan más ordinariamente), y de atribuir la preponderancia a un desarrollo excesivo y más o menos desordenado de las posibilidades de ese orden, lo que es siempre en detrimento de todo verdadero desarrollo espiritual.

Por otra parte, en lo que concierne a los verdaderos instructores espirituales, el contraste que presentan con los falsos instructores, bajo los diversos aspectos que acabamos de indicar, puede, si no hacerles reconocer con una entera seguridad (en el sentido de que estas condiciones, aunque son necesarias, pueden sin embargo no ser suficientes), al menos ayudar a ello enormemente; pero aquí conviene hacer todavía otra precisión para disipar algunas ideas falsas. Contrariamente a lo que muchos parecen imaginarse, no es siempre necesario, para que alguien sea apto para desempeñar este papel en ciertos límites, que haya llegado él mismo a una realización espiritual completa; debería ser bien evidente, en efecto, que es menester mucho menos que eso para ser capaz de guiar válidamente a un discípulo en los primeros estadios de su carrera iniciática. Bien entendido, cuando éste haya alcanzado el punto más allá del cual no puede conducirle, el instructor que se encuentra en este caso, pero que sin embargo es verdaderamente digno de este nombre, jamás vacilará en hacerle saber que en adelante ya no puede hacer nada por él, y en dirigirle entonces, para seguir su trabajo en las condiciones más favorables, ya sea a su propio Maestro si la cosa es posible, ya sea a cualquier otro instructor que reconoce como más completamente calificado que él mismo; y, cuando la cosa es así, en suma no hay nada de sorprendente y ni siquiera de anormal en que el discípulo pueda finalmente rebasar el nivel espiritual de su primer instructor, quien por lo demás, si es verdaderamente lo que debe ser, no podrá sino felicitarse de haber contribuido por su parte, por modesta que sea, a conducirle a ese resultado. En efecto, los celos y las rivalidades individuales, no podrían tener ningún lugar en el verdadero dominio iniciático, mientras que, por el contrario, tienen casi siempre un lugar muy grande en la manera de actuar de los falsos instructores; y son únicamente a éstos a quienes deben denunciar y combatir, cada vez que las circunstancias lo exijan, no solamente los Maestros espirituales auténticos, sino también todos aquellos que tienen consciencia a algún grado de lo que es realmente la iniciación.

Traducción: Pedro Rodea





[1] Con esto queremos hacer alusión al hecho de que algunas organizaciones iniciáticas han devenido demasiado "abiertas" lo que por lo demás es siempre para ellas una causa de degeneración.
[2] Debemos recordar aquí que el iniciador que actúa como "transmisor" de la influencia vinculada al rito no es forzosamente apto para desempeñar el papel de instructor; si las dos funciones están normalmente reunidas allí donde las instituciones tradicionales no han sufrido ninguna disminución, ellas están bien lejos de estarlo siempre de hecho en las condiciones actuales.
[3] Es menester no olvidar, naturalmente, contar también en el número de las "pseudo-iniciaciones", así como lo hemos explicado en otras ocasiones, todas las que pretenden basarse sobre formas tradicionales que ya no tienen actualmente ninguna existencia efectiva; pero esas al menos son manifiestamente reconocibles a primera vista y sin que haya necesidad de examinar las cosas más de cerca, mientras que puede no ser siempre así para las otras.

Friday, March 22, 2019

Nombres de los Ritos de la Masonería del Rito Escocés

Nombres de los Ritos de la
Masonería del Rito Escocés

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Algunos HH.·. desconocen las diferentes denominaciones del R.·.E.·.A.·.A.·. y la confunden en una sola denominación. Son siete los Ritos llamados Escoceses, a saber:
  1. Escocés Filosófico en 15 grados.
  2. Escocés Primitivo en 25 grados.
  3. Escocés Primitivo en 33 grados.
  4. Escocés Primitivo en 10 grados.
  5. Escocés Reformado, en 7 grados.
  6. Escocés Filosófico, en 18 grados.
  7. Escocés Antiguo y Aceptado, en 33 grados.
Estos siete Ritos o sistemas están organizados de la manera siguiente:
Rito Escocés Filosófico, en 15 grados. Fue fundado en 1776, en la Logia Contrato Social, de París, por el Hermano Boileau, sus grados son los siguientes;

1° Aprendiz.
2° Compañero.
3º Maestro.
4° Caballero del Águila Negra o Rosa Cruz de Heredom de la Torre._1º parte.
5º El mismo.—2º parte.
6° El mismo.—3º parte.
7º Caballero del Fénix.
8° Caballero del Sol.
9º Caballero del Iris.
10° Verdadero Masón.
11° Caballero de los Argonautas.
12° Caballero del Toisón de Oro.
13° Gran Inspector. — Perfecto Iniciado.
14º El mismo. — Gran Escocés.
15° Sublime Maestro del Anillo Luminoso.
Rito Escocés Primitivo, en 25 grados. Se creó en París en 1758, en el llamado Consejo de los Emperadores de Oriente y Occidente. Su nomenclatura es la siguiente:

1° Aprendiz.
2º Compañero.
3º Maestro.
4º Maestro Secreto.
5º Maestro Perfecto.
6° Secretario Intimo.
7º Intendente de los Edificios.
8° Preboste y Juez.
9° Maestro Elegido de los Nueve.
10° Maestro Elegido de los Quince.
11º Elegido Ilustre, Jefe de las doce Tribus.
12° Gran Maestro Arquitecto.
13° Caballero Real Arca.
14° Gran Elegido, Antiguo Maestro Perfecto.
15° Caballero de la Espada o de Oriente.
16º Príncipe de Jerusalén.
17º Caballero de Oriente y de Occidente.
18° Caballero Rosa Cruz.
19° Gran Pontífice o Maestro ad-vitam.
20° Gran Patriarca o Noaquita.
21° Gran Maestro de la Llave de la Masonería.
22° Príncipe del Líbano, Caballero Real Arca.
23 Caballero del Sol, Príncipe Adepto, Jefe del Gran Consistorio.
24° Ilustre Caballero, Gran Comendador del Águila Blanca y Negra, Gran Elegido Kadosch.
25° Muy Ilustre Soberano Príncipe de la Masonería, Gran Caballero, Sublime Comendador del Real Secreto.
Rito Escocés Primitivo, en 33 grados. Fue fundado en 9 de febrero de 1770, por la Logia Buena Amistad de Namur, y su nomenclatura es como sigue:

1º Aprendiz.
2° Compañero.
3º Maestro.
4º Maestro Perfecto.
5º Maestro Irlandés.
6° Elegido de los Nueve.
7º Elegido de lo Desconocido.
8° Elegido de los Quince.
9º Maestro Ilustre.
10º Elegido Perfecto.
11º Pequeño Arquitecto.
12° Gran Arquitecto.
13° Sublime Arquitecto.
14° Maestro en Perfecta Arquitectura.
15° Real Arca.
16° Caballero Prusiano.
17° Caballero de Oriente.
18° Príncipe de Jerusalén.
19° Venerable de Logias.
20° Caballero de Occidente.
21° Caballero de Palestina.
22° Soberano Príncipe Rosa Cruz.
23º Sublime Escocés.
24° Caballero del Sol.
25° Gran Escocés de San Andrés.
26° Masón del Secreto.
27° Caballero del Águila Negra.
28° Caballero Kadosch.
29° Gran Elegido de la Verdad.
30° Novicio del Interior.
31° Caballero del Interior.
32° Perfecto del Interior.
33º Comendador del Interior.
Rito Escocés Primitivo, en 10 grados. Fue fundado en 1780 por la Logia Filadelfos, de Narbona, y su organización fue de la siguiente manera: Se dividió en tres clases, y los grados en varios puntos, excepto los de la tercera clase que se denominan Capítulos:

1º CLASE
1° Aprendiz. 2º Compañero. 3º Maestro.

2º CLASE
4° 1er. punto: Maestro Perfecto. 2º id, Elegido. 3º id., Arquitecto. 5º Sublime Escocés. 6° 1er. punto, Caballero de la Espada. 2° id., Caballero de Oriente. 3º id., Príncipe de Jerusalén.

3º CLASE
7. 1er. Capítulo de Rosa Cruz, Culto Masónico. 8° 2° id., Depósito de documentos históricos. 9° 3º id., conocimiento de física y filosofía. 10º 4º id., llamado de los Hermanos Rosa Cruz; Conocimiento de todas las ciencias ocultas y secretas.
Rito Escocés Reformado, en 7 grados. Fue muy propagado en Prusia y Alemania, y se derivó del que en 1743 fundó el Marqués de San Martín, con el nombre de Rito Martinista. Se compone de los siete grados siguientes:

1º Aprendiz.
2° Compañero.
3º Maestro.
4º Maestro Perfecto.
5° Elegido.
6º Escocés.
7° Sabio.
Rito Escocés Filosófico, en 18 grados. — Fue también denominado de la Logia Madre Escocesa de Marsella, y se fundó en esta ciudad, el año de 1750, con la siguiente escala de grados:

1º Aprendiz.
2º Compañero.
3º Maestro.
4º Maestro Perfecto.
5º Maestro Secreto.
6º Gran Escocés.
7º Caballero del Águila Negra.
8º Rosa Cruz.
9º Verdadero Masón.
10º Caballeros de los Argonautas.
11º Caballero del Toisón de Oro.
12º Aprendiz Filósofo.
13º Caballero Adepto del Águila y del Sol.
14º Sublime Filósofo.
15º Caballero del Fénix.
16º Adepto de la Madre Logia.
17º Caballero del Iris.
18º Caballero del Sol.
Rito Escocés Antiguo y Aceptado, en 33 grados. Fue aumentado y reformado por el rey de Prusia Federico II, sobre todos los demás llamados Escoceses, y organizándose en la serie siguiente de 33 grados:

1º Aprendiz.
2° Compañero.
3º Maestro.
4º Maestro Secreto.
5º Maestro Perfecto.
6° Secretario Íntimo o Maestro por curiosidad.
7º Preboste y Juez o Maestro irlandés.
8° Intendente de los Edificios o Maestros en Israel.
9º Maestro Elegido de los Nueve
10° Ilustre Elegido de los Quince.
11° Sublime Caballero Elegido.
12° Gran Maestro Arquitecto.
13° Real Arco.
14° Gran Escocés de la Perfección, llamado de la Bóveda sagrada o de Jacobo VI.
15° Caballero de Oriente o de la Espada.
16° Príncipe de Jerusalén.
17° Caballero de Oriente y Occidente.
18° Soberano Príncipe Rosa Cruz.
19° Gran Pontífice o Sublime Escocés.
20° Venerable Gran Maestro de todas las Logias, Soberano Príncipe de la Masonería o Maestro ad-vitam.
21° Noaquita o Caballero Prusiano.
22° Real Hacha o Príncipe del Líbano.
23º Jefe del Tabernáculo.
24° Príncipe del Tabernáculo.
25° Caballero de la Serpiente de Bronce.
26º Escocés Trinitario o Príncipe de Merced.
27° Soberano Comendador del Templo.
28° Caballero del Sol o Príncipe Adepto.
29º Gran Escocés de San Andrés, de Escocia, Caballero del Sol.
30º Gran Elegido Caballero Kadosch, o del Águila Blanca y Negra.
31º Gran Inspector, Inquisidor, comendador.
32º Sublime y Valiente Príncipe del Real Secreto.
33º Soberano Gran Inspector General.
Rito Escocés, Llamado Antiguo y Aceptado.
En 1739 la Gran Logia de Inglaterra fue acusada, por gran número de hermanos de haber suprimido muchas de las antiguas ceremonias, de haber alterado los rituales e introducido innovaciones, y sobre todo de haber nombrado diputados provinciales con plenos poderes para constituir talleres masónicos en las ciudades de la jurisdicción de la Logia de York, que por tal hecho se consideraba ofendida y atacada en sus derechos.
Muchos hermanos descontentos de tal proceder, se separaron de la Gran Logia y uniéndose con algunos restos de los masones constructores, declararon que se acogían bajo la bandera de York, y formaron una nueva Gr.
Logia de Inglaterra bajo el nombre de Régimen Escocés Antiguo, dando a la Madre Logia que les había dado el ser, el título de Logia del Régimen Moderno.
Las grandes Logias de Escocia e Irlanda se declararon por los innovadores y los reconocieron: ufanos con este triunfo agregaron a su título la palabra Aceptado.
Tal es en resumen el genuino y verdadero origen del título del régimen o rito llamado Escocés Antiguo y Aceptado.
Pero a pesar de su pretendida antigüedad y aceptación la historia ha demostrado elocuentemente, que sumida en la oscuridad, esta Gr.·. Logia apenas fue conocida fuera del recinto de Londres, mientras que la que se pretendió anonadar bajo el peso del título de Moderno, siguió siempre su majestuosa marcha, recorriendo el mundo entero, rodeada de prestigio y consideración, y difundiendo por doquier la esplendente luz de la civilización y de la filosofía.
En nuestro artículo referente al Consejo de Emperadores de Oriente y Occidente, hemos dicho que éste, en 1761, expidió en favor del judío Esteban Morín, una patente que le autorizaba para propagar en América el Rito de Perfección, compuesto de 25 grados, dándole amplios poderes para conferir los grados de la Perfecta Masonería, nombrar inspectores, constituir Logias, etc., como mejor tuviera por conveniente.
Efectivamente, en su calidad de Gran Maestro Inspector fundó en algunos puntos de América, que formaban parte aun de las colonias inglesas, gran número de Logias, Capítulos y Consejos, que en general tuvieron una efímera existencia.
Según la versión más autorizada y admitida, hacia el año 1802, cinco judíos: Juan Mitchell, Federico Dalco, Emilio de la Motta, Abraham Alexander e Isaac Auld, después de añadir ocho grados al Rito de Perfección importado por Morín, dieron a luz un nuevo régimen bajo el título de Rito Escocés Antiguo y Aceptado en 33 grados del que, «con miras puramente mercantiles”, se adjudicaron los altos cargos que ponían en sus manos toda la administración y gobierno del mismo, y procedieron seguidamente a la fundación del “Supremo Consejo de Charlestón”.
Habiendo resuelto darse a conocer, en 4 de diciembre de 1802, expidieron una circular dando cuenta de su instalación y publicando la nomenclatura de un régimen que titularon Antiguo y Escocés, siendo así que como se ve acababa de nacer en América, dándole además el sobrenombre de Aceptado, cuando nadie aun tenía la menor noticia de su advenimiento al mundo.
A imitación del Consejo de Emperadores de Oriente y Occidente, el Supremo Consejo de Charlestón, se apresuró a conferir a varios hermanos, el cargo de propagadores del nuevo régimen expidiendo en su favor las correspondientes cartas patentes, para que pudiesen conferir los grados del Moderno Escocismo y establecer Supremos Consejos por todos los ámbitos de la tierra a excepción de los Estados de la Confederación Americana y las Antillas inglesas.
La animada controversia que viene manteniéndose desde la aparición de este Rito, depurando los hechos, ha permitido ya a la historia pronunciar su fallo, y para que nuestros lectores puedan venir en conocimiento del mismo, insertamos a continuación el juicio crítico que ha merecido de parte de algunos de los más notables escritores masónicos; “En 22 de diciembre de 1804 se formó en París y se organizó provisionalmente el Supremo Consejo del grado 33º, decretando y publicándose su constitución definitiva, en 18 de enero de 1811.
Este Consejo se formó en su origen de nueve miembros; aumentandose en seguida este número hasta diez y ocho; y por el artículo 1º de su constitución se compuso en definitiva de veintisiete.
Este establecimiento está formado con el consentimiento y a petición de todas las Logias de este Rito representadas por sus Venerables o por diputados”.
“Este régimen, dice el Libro de Oro del conde de Grasse Tilly, existía en América, de donde fue importado en Francia en 1804.
Los reglamentos que le rigen y “que considera como sus grandes constituciones son:
“1º Los decretados por los comisarios de París y de “Burdeos el 6º día de la 3º semana de la 7º luna de“ la era hebraica (24 de setiembre de 1762).
Este título sin formas, que ciertamente no ha sido redactado para el Rito Escocés de 33 grados, que aún no existía, y en el que no están enunciados los nombres de los nueve comisarios supuestos, contiene un hecho materialmente falso, a saber: «que la deliberación de estos comisarios transmitida al H.·. M.·., conviene a de Grasse Tilly Sob.·. Gr.·. Insp.·. de todas las Logias de ambos mundos”.
“Los estatutos que Federico II, rey de Prusia, decretó en diez y ocho artículos, cerrados el 1º de mayo de 1786.” No se necesita probar esta segunda mentira histórica.
Estas son las bases sobre que reposa el «Rito Antiguo y Aceptado del grado 33º ¿Cómo han ido sus fundadores ser tan atrevidos para hacer juguetes y reclutarlos en gran parte en lo más escogido de la sociedad civil y aun del mismo Gr.·. Or.·.? “(Thory Historia de la fundación del Gran Oriente).
“Volvamos a América, en donde sobrevino en 1776 la guerra de la Independencia que interrumpió todos los trabajos masónicos, hasta que quedó asentada la paz con el reconocimiento de los Estados Unidos en 1782 y 1783.
El Rito de Perfección sufrió esa necesidad común: dormitó, pero si se durmió con sus veinticinco grados, despertó con 33.
El hermano Morín volvió a empezar sus trabajos con motivo de la paz.En 1783 erigió en Charlestón una Gran Logia de Perfección, e intentó fundar iguales establecimientos en los otros Estados de la Unión. Pero necesariamente a los masones de Charlestón no les parecería bastante perfecto el Rito de Perfección, cuando a su vez lo perfeccionaron aumentando hasta treinta y tres el número de los grados, que profesaba su Gran Logia.
Esta creación americana, fue llamada Rito Escocés; y por otra contradicción digna de tal obra, el nuevo Rito tomó el nombre de Antiguo y Aceptado.
Este título no conviene sino al Rito Simbólico, el primero y por consiguiente el más antiguo de todos; y puesto que todos los reformadores lo han colocado a la cabeza de su sistema, queda evidenciado que es el verdaderamente aceptado.
De cualquier modo que sea, los nuevos 33 sin otro poder que su voluntad y sin otra ceremonia, se sirvieron de este rito para instituir el «Supremo Consejo de las posesiones francesas en América.
Y esta farsa continuada en nuestros días, es la que cautiva todavía la buena fe de los hombres serios.
¡Oh ignorancia! ¿cuándo cesarás de hacer tontos?
Y tú, orgullo, ¿cuándo dejarás de alimentar a tantos pícaros?” (Ragón, Ortd. 259).
Y más adelante, refiriéndose a la fundación de un Supremo Consejo del grado 33º en París, añade el mismo autor: «Poco tiempo después que el H.·. Nacquet importó de Santo Domingo en París en 1803, el Rito de Heredom en 25º grados, que Francia había enviado allí, en 1761, por medio de Esteban Morín, llegó de América el conde de Grasse Tilly, hijo del almirante de este nombre, presentándose como Jefe Supremo de una nueva Masonería en 33 grados, que se llamaba Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
Este sistema comprendía casi todos los grados del Rito de Heredom, y algunos otros tomados de los demás ritos o de nueva invención.
Según el conde de Grasse, el autor de esta última reforma era el rey de Prusia, Federico el Grande (enemigo declarado de los altos grados) quien instituyó el 1 de mayo de 1786, redactando con su propia mano los reglamentos en 18 artículos llamados: «Las Grandes Constituciones”, y fundó en Prusia su Supremo Consejo del grado 33º Semejantes aserciones, que fueron reconocidas después como falsas, en todas sus partes, han hecho clasificar al conde de Grasse entre el número de los charlatanes más desvergonzados de las instituciones “súper masónicas”.
El conjunto del sistema y de sus 33º grados, descansa sobre los Estatutos y reglamentos redactados en Burdeos, cuyo texto completo y oficial se encuentra en la Recopilación de las actas del Supremo Consejo de Francia, etc., por Setier (París, 1832) así como las constituciones, estatutos y reglamentos para el gobierno del Supremo Consejo, etc., firmados por Federico el Grande, fechadas, según parece en 1786.
En un acta publicada por el Supremo Consejo, en 5 de marzo de 1813.(Noticia sobre la Francmasonería y sobre la erección del Supremo Consejo de los treinta y tres grados, es de notar al lado de otra falta de sentido histórico, el absurdo siguiente: «Carlos Eduardo, último retoño de los Estuardos, era el jefe de la Masonería Antigua y Moderna.
Nombró Gran Maestro a Federico II y lo designó por sucesor suyo, Federico concedió a la Masonería una protección especial: ella fue objeto de su constante solicitud. En esta época el Rito Escocés Antiguo y Aceptado no comprendía más que 25 grados de los que el más alto, era el de Príncipe del Real Secreto.
Los disturbios que se sucedieron en Alemania y los proyectos de innovación que se agitaban en 1782, le inspiraron el temor de que la Masonería fuera presa de la anarquía y víctima de aquellos que, bajo el nombre de masones, pudieran intentar debilitarla y anonadarla.
Cuando en 1786, Federico vio que su vida tocaba a su término, se decidió a trasmitir los soberanos Poderes de que se hallaba revestido, a un Consejo de Grandes Inspectores Generales, el cual, después de su muerte, tomaría la dirección de la alta Masonería, de conformidad con la Constitución y los Estatutos.
El 1º de mayo de 1786, elevó hasta el número 33 los grados de la jerarquía del Rito Escocés, que hasta aquel entonces no contaba más que con 25, y concedió al grado 33º la denominación de Poderoso y Soberano Gran Inspector General.
Los poderes conferidos a este grado, para el gobierno y la dirección del rito, fueron concentrados en un Capítulo Soberano, al que se dio el título de Supremo Consejo, etc., etc.
El 1 de mayo de 1786, Federico estableció la Constitución y los reglamentos de los Grandes Inspectores Generales, cuyo artículo VIII consigna que después de su muerte, los Supremos Consejos serán los Soberanos de la Masonería, etc.
No nos detendremos a refutar una invención de este género, tanto más, cuanto ya hace mucho tiempo se le ha hecho completa justicia por muchos escritores.
Esta sólo puede ser reproducida por aquellos a quienes sirve a sus proyectos y que para llegar a sus fines no temen ir en contra de la verdad. (Findel, Historia de la Francmasonería, Leipzig 1862).
«Esta aseveración (la contenida en la noticia del Supremo Consejo que acabamos de copiar), es completamente inexacta, porque está probado que el rey Federico II desde el año 1774 hasta su muerte, no se ocupó de nada que tuviese relación con la Francmasonería, y que en la fecha asignada al establecimiento del Rito Escocés, este Príncipe se encontraba moribundo y absolutamente incapaz de tomar sobre sí ninguna clase de trabajo, siendo, por otra parte, enemigo declarado de los altos grados, los que consideraba como funestos a la Masonería, no sabiéndose que hubiese existido en Prusia ningún Supremo Consejo del grado 33º, en cuyo reino, anteriormente al año 1786, había sido en su mayor parte abandonado el Rito de Perfección.” (Clavel, Historia Pintoresca).
«Sabemos de buen origen que Federico II fue siempre enemigo declarado de los altos grados. La experiencia le había enseñado que son el principio y la raíz de todo el mal que existe en la Sociedad Masónica y la causa de la discordia entre las Logias y los sistemas. ” (Enciclopedie der freumaureriet, por Lessing Massdorf, tomo 1).
La redacción de la circular del Supremo Consejo de Charlestón, fue confiada al H. Federico Dalco, quien, además de la nomenclatura de los 33 grados mencionados, se extendía en una fabulosa relación del Rito de Perfección, haciendo remontar su origen a la primera cruzada y estableciendo la genealogía de sus grandes Maestros.
Las grandes Logias de Inglaterra, las legítimas poseedoras del verdadero Rito Antiguo y Aceptado, consistente en los tres grados simbólicos únicos que profesaban, se negaron a reconocer el nuevo Rito; y la Gran Logia de Edimburgo, en 1803, al contestar a la citada circular, declaró: «Que semejante número de grados sólo podía inspirar el más profundo desprecio hacia la Masonería Escocesa; que no los reconoce, y que siempre conservará su Rito, con toda su primitiva sencillez.
A pesar de todo, este Rito que ha pretendido ser el autor de la Masonería, y que aun muchos creen de buena fe superior a todos los demás, consiguió un gran desarrollo; y aunque en visible decadencia, hallándose hoy universalmente reconocido, puede ostentar con legítimo orgullo el título de Aceptado.
Además de los anteriores Ritos de la Francmasonería, llevan el nombre de Escocés, muchos grados de los mismos y de otros, a saber: El primer grado del nuevo sistema masónico que Ramsay quiso hacer adoptar en Londres el año 1728, el 5º del Rito de los Filaletes, el 6º del Rito Escocés Reformado, el 5º del Moderno Francés y tantísimos otros que para evitar confusiones y para completar con todos los mayores datos posibles el presente artículo, incluimos en la siguiente nomenclatura o catálogo, formado con nuestras notas, con las que nos facilitó nuestro colaborador señor Frau y, sobre todo, con los títulos que bajo el nombre: Escocés, figuran en el extenso Nomenclátor de J. M. Ragón, a saber:

  1. Escocés — Nombre del 1º, grado del régimen jesuítico templario, compuesto por Ramsay en 1721, del grado 5° del Rito de los Filaletes o buscadores de la Verdad, y del Rito Moderno Francés. — 6° del Martinismo.
  2. (Aprendiz) — Título de un grado suelto. Grado 4º del sistema de Zinnendorf; 8º de la Masonería Adonhiramíta; 11º del Rito Escocés Primitivo; 30º del Rito Egipcio de Misraím y 32° del Oriental o de Menfis.
  3. (Caballero) Grado 6° del Iluminismo de Weishaupt.
  4. (Compañero) — Se llamaba también gran Arquitecto de Heredom, grado 9º de la Masonería Adonhiramita; grado 15º correspondiente a la 4º clase de la 1º serie simbólica del Rito de Misraim
  5. (Diputado) — Grado 4º del Régimen rectificado de Dresde.
  6. (Francés) — Grado 35° del Capítulo Metropolitano.
  7. (Gran) — Grado de la Universidad; grado 5º del Rito Escocés Filosófico de la .Logia Madre Escocesa de Marsella, en 18 grados.
  8. (Gran) — Llamado también Caballero masón. Título de un grado de la Universidad; grado 5º de la Madre Logia Escocesa de París.
  9. (Gran Maestro) — Grado de los Antiguos Capítulos de Holanda; Grado 10° de los Elegidos de la Verdad.
  10. (Gran Sacrificador) — Grado 3º del Soberano Capítulo de Clerntont, grado 19º de la Universidad.
  11. Escocés— Inglés, muy excelente masón y patriarca, Grado de la Universidad.
  12. Escocés — Inglés, muy excelente masón y patriarca —Grado de la Universidad.
  13. Inglés o de los Hermanos Primogénitos Grado de la Madre Logia Escocesa.
  14. Irlandés; inglés—Título de un grado, variante del anterior.
  15. lustre— Grado de la colección del hermano de Viany.
  16. Levita o mártir — Grado de la Universidad.
  17. (Maestro) — Título de un grado registrado en los archivos de la Madre Logia del Rito Escocés Primitivo; llevan además este título, el grado 5º de la Masonería de Zinnendorf; el 7° del régimen de la Estricta Observancia; el 10° de la Masonería Adonhiramita de Tschoudy en 13 grados; el 16º del Rito Egipcio o de Misraim, y el 18° del mismo Rito.
  18. Masón — Título de uno de los grados de la Universidad, y del grado 5º. de los masones libres de Inglaterra.
  19. Novicio Título de un grado templario, según la Nomenclatura del hermano Ragón, y del 4º de los grados intermediarios del Iluminismo.
  20. Noaquita — Grado 5º del sistema de la Estricta Observancia y también del Iluminismo de Weishaupt.
  21. (Pequeño) o (Pequeño Arquitecto) — Grado 8º de los Elegidos de la Verdad.
  22. (Purificador) — Grado de la Universidad.
  23. (Perfecto) — Grado de la Universidad.
  24. Rojo — Título de un grado suelto de la Nomenclatura del hermano Ragón.
  25. Rojo o Arquitecto Caballero masón — 5º y último grado de la Reforma propuesta por el hermano Beyerley.
  26. Segundo o Segundo Arquitecto o Favorito Grado 9º de los Elegidos de la Verdad.
  27. (Sublime) o de la Jerusalén Celeste — Grado 4° de los Iluminados Teósofos de Chastanier.
  28. (Sublime) o Gran Pontífice, llamado de la Jerusalén Celeste Grado 19° del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
  29. (Sublime) — Grado 23º del Rito Escocés Primitivo. Título del grado 4º del Rito de Benedicto Chastanier o de los Iluminados Filósofos.
  30. (Sublime) — Grado 29º de la clase 5º perteneciente a la 1º serie simbólica del Rito de Misraim.
  31. (Sublime) de Heredom (Traducido del inglés)
  32. Grado 30°, igual clase y serie que el anterior.
  33. (Sublime) — De la Gran Logia del Príncipe Eduardo — Grado inglés de la colección del H.·. Pyrron.
  34. (Sublime) — Grado Suelto de la nomenclatura del hermano Ragón.
  35. Trinitario o Poderoso Gran Maestro de la Orden de la Santísima Trinidad — Grado de la Madre Logia del Rito Escocés Filosófico.
  36. Escocés — Trinitario — Grado 14° de 4º clase, en la 1º serie simbólica del Rito de Misraim.
  37. Trinitario o Príncipe de la Merced — Grado 26° y 9° de la serie filosófica del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Este grado moderno alude a la institución religiosa de los trinitarios o padres de la Merced, que se dedicaban exclusivamente a buscar recursos para el rescate de los cristianos cautivos en Argel, Túnez, etc., etc. También se denomina Maestro Escocés, y está relacionado con la alquimia cultivada por los egipcios.
  38. Trinitario — Grado de la colección o nomenclatura del H.·. Pyrron.
  39. Verde (Maestro) — Grado 4º propuesto por el H.·. Beyerley.
  40. Verde — Grado de la Universidad, propuesto por el caballero Isnard.
  41. De Alcidoms o de Auger — Grado de la Universidad.
  42. De Clermont — Id id.
  43. De Dunkerque — Id., id.
  44. De Franville — Llamado también Trinitario Sublime —Id., id.
  45. De Hiram o Maestro Rojo — Id., id.
  46. De Heredoin — Grado del Rito de Perfección.
  47. De Heredom (Sublime) — Grado 30° del Rito de Misraim.
  48. De Inglaterra (Sublime) — Título de un grado suelto de la nomenclatura del H.·. Ragón.
  49. De Lille — Grado de la Universidad. En la misma nomenclatura se distingue bajo este título un grupo completo de tres grados, creados en Lille en 1740.
  50. De Montpellier — Grado de la Universidad.
  51. De Nápoles — Id id.
  52. De París Id., id., en tres grados.
  53. De Prusia — Id., id.
  54. De Prusia — (Id. Sublime). Id., íd. en tres grados.
  55. De San Andrés — Obra del barón de Tschoudy legada, bajo compromiso de secreto, al Gran Oriente de Francia, y que éste publicó faltando a su deber.
  56. De San Andrés de Escocia — Grado condenado y abolido en 9 de marzo de 1780 por el Supremo Consejo del Gran Globo Francés.
  57. De San Andrés de Escocia — (Cuatro veces respetable) — Título de un grado suelto de la nomenclatura de Ragón.
  58. De San Andrés (Maestro) — Grado 5º del régimen rectificado de Dresde.
  59. De San Andrés — Grado 21° de 4º clase correspondiente a la 1º serie simbólica del Rito de Misraim.
  60. De San Andrés de Escocia (Gran) — Grado 25º del Rito Escocés Primitivo.
  61. De San Andrés de Escocia o Patriarca de las Cruzadas, Caballero del Sol, Gran Maestro de la Luz — Grado 29º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado. Este grado alegórico está consagrado al pontificado de la religión universal, y tiene por objeto la nueva Jerusalén (la Masonería regenerada).
  62. Escocés — de Sicilia — Grado de la Universidad.
  63. De San Jorge — Grado de la colección o nomenclatura del H.-. Lepage.
  64. De Tolosa — Grado de la Madre Logia del Rito Escocés Filosófico.
  65. De Tschoudy — Título de un grado suelto de la nomenclatura de Ragón.
  66. Del Anillo — Título de un grupo de tres grados de la Universidad.
  67. Del Triángulo — Grado de la Universidad.
  68. De la Bóveda Sagrada de Jacobo VI — Grado 20° de 4º clase, correspondiente a la 1º serie simbólica del Rito de Misraim.
  69. De la Bóveda Sagrada de Jacobo VI, o Gran Escocés de la Perfección o Gran Elegido, Antiguo Maestro Perfecto y Sublime masón — Grado 14º del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.
Los diferentes puntos del grado son nueve, a saber:
  1. Iniciación del sacrificio de Abraham.
  2. Ablución.
  3. Purificación por el fuego.
  4. Esclavitud.
  5. Pesquisas y descubrimiento del precioso delta.
  6. Libertad recobrada.
  7. Comunión con los hermanos.
  8. Nuevas purificaciones.
  9. Consagración del sacerdote de Jehová.
Estos nueve puntos son otras tantas pruebas para el aspirante. Según Clavel, este grado sacerdotal contiene el origen de más de una institución sagrada, que muchos hermanos están muy lejos de sospechar. Si se le considera moralmente, añade el citado H.·., se advierte que los que lo instituyeron tuvieron por objeto probar que el hombre o el masón, a semejanza de los patriarcas y de los antiguos reyes, debía ser dueño y señor en su casa, y que por esta razón era a la vez en su familia, jefe, legislador y sacerdote. El candidato echa una última mirada sobre el aparato místico de la escuela salomónica, antes de entrar en la bóveda sagrada, en donde la Masonería va a tomar para él un nuevo camino que conduce a un campo más vasto, que ha de conducirle al descubrimiento de nuevas y admirables verdades.
  1. De la Cuarentena o de los Cuarenta — Grado de la Universidad; y el 34º del Capítulo Metropolitano.
  2. De la Perfección — Grado del Régimen Escocés y grado 39º del Capítulo Metropolitano.
  3. De la Santa Trinidad — Grado de la Universidad.
  4. De las Logias militares. (En tres secciones) — Grado de la colección del H .·. Pyrron.
  5. De los pequeños departamentos — Grado de la Universidad, citado por el hermano Fustier.
  6. De las tres I.·. I.·. I.·. (inconus, o desconocidos) — Grado con variantes de la nomenclatura de Ragón.
  7. Escocés — de las Tres J.·. J.·. J.·. Grado 19º del Rito de Misraim, correspondiente a la 4º clase de la 1º serie simbólica.
  8. De las Tres S.·. S.·. S.·. —Título de un grado suelto de la nomenclatura de Ragón.
  9. (Directorio)
En 1797, habiendo renunciado la Confraternidad de los Masones prusianos al sistema de la Estricta Observancia, y deseosos de reconstituir la Masonería sobre sus verdaderas bases, siete beneméritos hermanos acordaron solicitar el concurso de todas las Logias para constituir una autoridad masónica independiente, firme e ilustrada, que reorganizará convenientemente a la Madre Logia y la pusiese en posesión de sus derechos, para someter los estatutos y los rituales a una revisión, devolviendoles la primitiva sencillez, alterada por la introducción de sistemas extraños.
Aceptada con entusiasmo esta idea por todas las Logias de Berlín, se procedió seguidamente a la constitución de tal autoridad que debía componerse de siete miembros iguales en grado y revestidos de igual poder, y se le conservó el nombre de Directorio Escocés, por más que difiere esencialmente, tanto por sus principios como por su modo de obrar, del Directorio Escocés de la Estricta Observancia. Constituido el Directorio, fue reconocido por toda la cofradía en calidad de autoridad judicial, suprema y ejecutiva de la Sociedad de los francmasones de la Gran Madre Logia Nacional de los Estados prusianos (llamada de los Tres Globos terrestres) - Los hermanos destinados a formar parte de este Directorio, constituyeron al mismo tiempo el Supremo Oriente de la sociedad de las Logias, y en esta calidad asumen la incumbencia y contraen la obligación sagrada de velar por que la doctrina se conserve con toda su pureza, de preservarla de toda mistificación y de guardar, aumentar y distribuir el tesoro de los conocimientos masónicos.




Portal del Rito Escocés Antiguo y Aceptado del Guajiro