Tuesday, October 8, 2019

La maldición de Jacques de Molay, último Gran Maestre de los Templarios


JACQUES DE MOLAY – LA MALDICION

La maldición de Jacques de Molay, último Gran Maestre de los Templarios

Esta vez Alberto nos traslada hasta los últimos días de la Orden de los Templarios y del nacimiento de la superstición referida a la mala suerte de los viernes 13. ¿Viste? Era viernes y no martes 13.

Ahora, si tenés mucho dinero, te cae encima la DGI; en aquellos tiempos era la Inquisición la que te torturaba hasta que confesaras cualquier cosa para luego incinerarte en la hoguera.

“Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera”. En 2019 se cumplen 705 años de la  muerte de Jaques de Molay, acontecimiento que  marca la decadencia del neo-templarismo masón y la vuelta a su origen cristiano.

¡La mala suerte de los viernes 13!

En esa terrible madrugada de 1307 se originó la superstición de que el viernes 13 trae mala suerte, algo que, al menos para Molay y otros miles de Templarios, se convirtió en realidad. Jacques fue encarcelado en la Torre del Temple,

Jacques de Molay nació en 1245 en Molay, una localidad del noreste de Francia, que en la Edad Media pertenecía a la región de Borgoña. Hijo de nobles de segunda categoría, desde chico evidenció que estaba para grandes cosas: era hijo de Juan de Longwy y estaba emparentado a través de su madre con la distinguida familia Rohan. “Tomó el nombre de Molay por una propiedad en la diócesis de Besançon”, se especifica en esta obra.


Así debió ser / Así lo represento / E. Segura

En tiempos de las Cruzadas, comenzó a soñar, vestir el manto blanco con la cruz negra, que era el uniforme de Los Pobres Caballeros de Cristo, conocidos como “Los Caballeros Templarios”. Con apenas 20 años, en 1265, se le abrieron las puertas de esta sagrada orden, en la ciudad de Beaune. “Fue admitido por dos altos oficiales: Humberto de Pairayd, maestre de Inglaterra, y Amaury de La Roche, maestre en Francia”

El comienzo de las cruzadas

Controladas las invasiones musulmanas y vikingas, bien por vía militar, bien por asentamiento, en la Europa occidental comenzó una etapa de crecimiento  Aumentó la produccion agraria, en paralelo al crecimiento de la población de las ciudades. En aquel  belicoso mundo medieval  crecían las Ideas como la paz de Dios o la tregua de Dios, que dirigían el ideal de caballería hacia la defensa de los débiles, aunque no rechazaba el uso de la fuerza para defender a la Iglesia. «Ya el pontífice Juan VIII, a finales del siglo IX, había declarado que aquellos que murieran en el campo de batalla luchando contra el infiel verían sus pecados perdonados. Es más, se equipararían a los mártires por la fe».

¡Duraron 200 años!

Las Cruzadas son uno de los acontecimientos más representativos de la Edad Media, una de las etapas más oscuras de la historia de Europa. Se originaron  a finales del siglo XI, cuando el emperador bizantino Alejo I pidió ayuda al Papa Urbano II para proteger a los pueblos cristianos de oriente ante la dominación musulmana. El punto central  de las Cruzadas duró unos 200 años (entre 1099 y 1291), aunque en algunos países como España o en Europa del este se prolongaron incluso hasta el siglo XV.

¡Deus lo vult ! “Dios lo quiere”

Estas cruzadas fueron promulgadas durante el Concilio de Clermont. Tras la predicación de las Cruzadas el pueblo cristiano asintió en masa y las aprobó al grito de Deus lo vult («Dios lo quiere»). Los ejércitos de cruzados atravesaron Europa luchando en nombre del Papa y del cristianismo y buscando recuperar la Tierra Santa, dejando a su paso miles de muertes


Batalla de Dirraquio (1081) huida de Alejo. (1.081-1.118) / Urbano II, idem mosaico miniatura


Las Cruzadas



A veces es considerada como parte de la Octava. El príncipe Eduardo de Inglaterra, después Eduardo I, se unió a la cruzada de Luis IX de Francia contra Túnez, pero llegó al campamento francés tras la muerte del rey. Tras pasar el invierno en Sicilia, decidió continuar con la cruzada y comandó sus seguidores (entre 1000 y 2000), hasta Acre, a donde llegó 9 de mayo de 1271. También le acompañaban un pequeño destacamento de Bretones y otro de flamencos, liderados por el obispo de Lieja, quien abandonaría la campaña en invierno ante la noticia de su elección como nuevo papa, Gregorio X.

Eduardo y su ejército se limitaron a ser una guerrilla que luego de un año acabó con la firma de una tregua el 22 de mayo de 1272 en Cesárea. No obstante, era conocida por todos la intención de Eduardo de volver en el futuro al frente de una cruzada mayor y más organizada, por lo cual enviaron un agente Hashshashin (secta) que apuñaló al príncipe con una daga envenenada el 16 de junio de 1272. La herida no fue mortal pero Eduardo estuvo enfermo varios meses, hasta que su salud le permitió partir de vuelta a Inglaterra el 22 de septiembre de 1272.


El intento de asesinato del príncipe Eduardo de Inglaterra /Sello de la IX cruzada


Jacques de Molay (Longwy)

Con apenas 20 años, en 1265, se le abrieron las puertas de esta sagrada orden, en la ciudad de Beaune. “Fue admitido por dos altos oficiales: Humberto de Pairayd, maestre de Inglaterra, y Amaury de La Roche, maestre en Francia”  Jacques navegó mares desconocidos, combatió a los que él llamaba “infieles”, vivió en grandes fortalezas, marchó orgulloso por ciudades tomadas y escaló uno a uno los distintos escalones jerárquicos de la Orden del Temple. E 1293, a sus 48 años, sus hermanos lo eligieron para desempeñar la suprema función de gran maestre de Francia y de Ultramar.


Ordenación de Jacques de Molay como caballero templario en 1265

Bajo su dirección, los Templarios conservaron su poder, amasaron fortunas y se convirtieron prácticamente en amos y señores de Francia y gran parte de Europa. Entre 1293 y 1305, Molay impulsó múltiples expediciones contra los musulmanes y logró entrar en Jerusalén en 1298, derrotando al Sultán de Egipto, Malej Nacer.

Felipe IV les pide dinero a los templarios

El rey de Francia Felipe IV decidió pedir dinero prestado a la Orden, pensando que tendría crédito casi ilimitado. Los templarios eran muy buenos administradores y cuando realizaban un préstamo esperaban recibir su reembolso algún día.


Felipe IV el Hermoso /  El papa Clemente V

Este fue el principio del fin para los templarios: Felipe IV de Francia no tenía intención de devolver la cuantiosa deuda que había contraído con la orden. En lugar de reembolsar el dinero que les debía a los templarios, decidió aprovecharse de la situación. Pidió ayuda al papa Clemente V, y en 1307, numerosos miembros de la orden templaría fueron detenidos en Francia. Dio comienzo entonces la pesadilla de las torturas destinadas a obtener falsas confesiones que “probaran” que los templarios adoraban al Diablo. De Molay fue también depuesto de su cargo por orden del papa Clemente V en 1307.


Templarios en la hoguera

La ejecución de los Templarios

A sus 60 años, Jacques de Molay estaba realizado. Se había convertido en el gran reformador de la Orden del Temple, había acumulado un poder solo superado por el del rey o el Papa, y tenía asegurado un lugar en la historia grande de las Cruzadas. Estaba tocando el Cielo con las manos. Pero… siempre hay “un pincelazo” que lo arruina todo.

En la madrugada del viernes 13 de octubre de 1307, el rey Felipe IV de Francia, conocido como Felipe el Hermoso, mediante una gigantesca operación largamente preparada, hizo detener a todos los templarios de Francia. Los acusaba de herejía, en nombre de la Santa Inquisición. Un tal Guillermo de Nogaret, en persona, fue el encargado de apresar a Jacques en la propia sede de la Orden.


Jacques de Molay sentenciado a la hoguera en 1314, Crónica de Francia o de St. Denis

El proceso de interrogatorio y juzgamiento duró siete años, en los que Jacques fue torturado y obligado a confesar lo que sus acusadores querían: herejía, sodomía, sacrilegio a la cruz y adoración a ídolos paganos. En Los Templarios se cuenta que, según los fiscales capetianos, la Orden del Temple, se entregaba a la adoración y al servicio del Diablo. A cada nuevo recluta, en su iniciación, “se le ordenaba negar a Cristo y escupir, pisotear una imagen de Cristo en la cruz u orinar en ella”.

Al final, el propio Felipe IV, en confabulación con el Papa Clemente V, condenó a Molay a morir quemado en la hoguera. Así, el 18 de marzo de 1314, el último gran maestre se extinguió entre las llamas frente a la catedral de Notre Dame. Ciento trece caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Aquel era el último que quedaba en Francia.

18 de marzo de 1314

Jacques de Molay y Geoffroy de Charnay son ejecutados la misma tarde en una pira levantada en la pequeña isla de los judíos,  unida a la isla de la ciudad durante la creación del Pont Neuf a fines del siglo XVI. Hoy, es la parte sur del actual Square Vert-Galant, cerca de la estatua de Enrique IV, que se encuentra en la plataforma del puente, una docena de metros más arriba. En la plaza, una simple placa conmemorativa recuerda los eventos que tuvieron lugar el 18 de marzo de 1314.

“¡Papa Clemente! ¡Caballero Guillermo! ¡Rey Felipe! Antes de un año yo os emplazo para que comparezcáis ante el Tribunal de Dios, para recibir su justo castigo. ¡Malditos, malditos! Malditos hasta la decimotercera generación de vuestro linaje”.

¿Se cumplió la maldición?

En el plazo de un año, dicha supuesta maldición se cumplió; primero con la muerte de Clemente V, quien falleció el 20 de abril de 1314, luego con el fallecimiento de Felipe IV (que según Maurice Druon murió a causa de un accidente durante una partida de caza el 29 de noviembre de 1314) y finalmente con la muerte de Guillermo de Nogaret, quien fue envenenado ese mismo año. No solo eso. Los tres hijos varones del rey también fueron muriendo y se extinguió así la dinastía de los Capetos, que había gobernado Francia por 300 años. El resto de la maldición también se fue cumpliendo, tal como quedó narrado en los siete volúmenes de Los reyes malditos.


El final de los Templarios

¿Fue real la maldición de Jacques De Molay? ¿O cumplieron sus caballeros la venganza del Gran Maestre? La historia del último Gran Maestre y su terrible maldición causó conmoción en las cortes reales europeas. Del mismo modo, provocó la ruina política en Francia, ya que algunos de sus dirigentes temían colaborar con una familia real que parecía estar maldita.

En septiembre del 2001, Barbara Frale, paleógrafa italiana que trabaja en los Archivos Secretos del Vaticano, descubrió un documento conocido como el Pergamino de Chinon. En él se afirma que en 1308 el papa Clemente V absolvió a Jacques de Molay y al resto de la cúpula de los caballeros templarios de los cargos de que les acusaba la Inquisición. Seis años más tarde, el Vaticano publicó el documento como edición limitada de 800 copias. En junio del 2011, el papa Benedicto XVI pidió perdón por la muerte de Jacques de Molay y reconoció que el Gran Maestre templario había sido víctima de falsas acusaciones. Siglos después de que la tragedia tuviera lugar, el Vaticano admitía que el Papa había prestado apoyo a unos asesinos, a sabiendas de que los templarios eran inocentes

Por Alberto Moroy


Wednesday, September 25, 2019

COMANDANCIA DE CABALLEROS TEMPLARIOS - Orden del Templo


COMANDANCIA DE
CABALLEROS TEMPLARIOS

Orden del Templo





    La piedad de superstición de la época había inducido multitudes de peregrinos en los siglos XI y XII, a visitar Jerusalén con el propósito de ofrecer sus devociones al sepulcro del Señor y los otros santos lugares que se encuentran en esa ciudad. Aventureros religiosos eran hombres débiles y ancianos, casi todos ellos sin armas, y la mayor parte de ellos estaban sujetos al insulto, pillaje, y con frecuencia a la muerte, infligida por las hordas de Árabes quienes, aún después de la captura de Jerusalén por los cristianos continuaron asolando las costas de Palestina y los caminos a la capital.
Con el fin de proteger a los piadosos peregrinos quienes de este modo se exponían al hurto y al ultraje corporal, nueve caballeros franceses, partidarios de Baldwyn, se unieron, en el año 1118, en una confraternidad militar o hermandad dedicada a las armas, e instituyeron un pacto solemne para ayudarse recíprocamente en despejar los caminos, y defender a los peregrinos en su paso a la ciudad santa. Dos de estos caballeros eran Hugo de Payens y Godofredo de San Aldemar. Raynouard (Los Templarios) dice que los nombres de los otros siete no han sido conservados en la historia, pero que Wilke (Geschichte des T. H. Ordens) los menciona, siendo Roral, Gundemar. Dodofredo Bisol, Payens de Montidier. Archibaldo de San Aman, Andrés de Montbar, y el Conde de Provenza.

Uniendo el carácter militar con el monástico, celebraron en presencia del patriarca de Jerusalén, los votos y juramento acostumbrado de la pobreza, castidad y obediencia, y con gran voluntad asumieron el título de “Humildad Soldados de Cristo”. Baldwyn, rey de Jerusalén, asignó para su residencia una parte de su palacio que se encontraba cerca del sitio que ocupaba antes el Templo; y los Abates y Canónigos del Templo les otorgaron, como lugar en el cual podían almacenar sus armas y municiones, la calle que se encontraba entre el palacio y el Templo, de donde derivaron el nombre de Templarios, título que retuvieron desde entonces. Raynouard dice que Baldwyn envió a Hugo de Payens a Europa a solicitar una nueva cruzada, y que durante su permanencia ahí presentó a sus compañeros ante el Papa Honorio II, de quien suplicaban el permiso para formar una orden militar religiosa en imitación de la de los Hospitalarios. El pontífice los recomendó a los concilios eclesiásticos los cuales se encontraban en sesión en Troya, en Champagne. Payens se encaminó de aquí a ese lugar, habiendo manifestado los padres la vocación de él y sus compañeros como defensores de los peregrinos; la proposición fue aprobada, y le fue ordenado a San Bernardo el prescribe reglamentos para la Orden naciente.
Este reglamento, en el que los Caballeros de la Orden se llaman Pauperes commolitis Christi et Templi Salomonis, o “Los Humildes Soldados de Cristo y del Templo de Salomón”, aún existe. Consta de setenta y dos capítulos, cuyos detalles son notables por su carácter ascético. Unieron varios ejercicios devotos y severos, disciplina, ayuno y oración. Prescribía para los caballeros declarados vestiduras blancas como el símbolo de una vida de pureza; los escuderos y criados debían vestir de negro. Al traje blanco, el Papa Eugenio II posteriormente agregó una cruz que debía usarse sobre el pecho izquierdo como símbolo de martirio.
Hugo de Payens, proveído de esta manera con una ley que le proporcionaba la permanencia a su orden, y animado por la aprobación de la Iglesia, regresó a Jerusalén, y llevando consigo muchas reclutas de entre las familias más nobles de Europa. Los Templarios poco después se distinguieron de un modo prominente como guerreros de la cruz. San Bernardo, quien los visitaba en su retiro del Templo, habla en los términos más elocuentes de su abnegación, su frugalidad, su modestia, su piedad, y su bravura. “Sus armas”, dice, “era su único aderezo, las que usaban con valor, sin temor al número o fuerza de los bárbaros. Toda su confianza estaba en el Señor de las Huestes, y al pelear por su causa obtendrían la segura victoria o una muerte honorable y cristiana”. Su bandera era el gallardete, de los colores blanco y negro divididos, indicativos de la paz para sus amigos, y la destrucción para sus enemigos. En su recepción cada uno de los Templarios juraba no voltear su espalda ante tres enemigos, pero si se encontrase solo, combatirlos si eran impíos. Era su costumbre decir que el Templario debía morir o vencer, desde el momento en que no tenía que otorgar por su rescate, sino su cíngulo y su puñal.
La Orden del Templo, al principio excesivamente simple en su organización, en poco tiempo llegó a ser muy complicada. En el siglo duodécimo estaba dividida en tres clases, que eran Caballeros, Capellanes, y Hermanos del Servicio.
  1. Los Caballeros; se requería que cualquiera que se presentase para ser admitido en la Orden, debía probar que había nacido de familia digna, y de himeneo legítimo; de que estaba libre de todas las obligaciones previas; de que si era casado, o de si tenía compromiso de matrimonio; de que no hubiera hecho ningunos votos de recepción en otra Orden; de que no estaba comprometido en deudas; y finalmente, de que estaba dotado de una constitución saludable y de un cuerpo sano.
  2. Los Capellanes. La Orden del Templo, diferente de la de los Hospitalarios, consistía al principio únicamente de legos. Pero la bula del papa Alejandro III, expedida en 1172, confería permiso a los Templarios de aceptar en sus casas a personas espirituales que no estuviesen ligadas con juramentos previos, cuyo nombre técnico era el de capellanes. Eran requeridos para que sirviesen en el noviciado de un año. La recepción era, excepto en algunas ocasiones no aplicable a la clerecía, lo mismo que en la de los Caballeros, y eran requeridos de hacer únicamente los tres votos de la pobreza, castidad, y obediencia. Sus deberes: el desempeño de los cargos religiosos, y oficiar en todas las ceremonias de la Orden, tales como la admisión de miembros durante las instalaciones, etc. Sus privilegios eran de ninguna importancia, pues consistían principalmente en sentarse al lado del Maestro, y de servirles primero en la mesa.
  3. Los Hermanos del Servicio. La única calificación que se requería del hermano del servicio, era que debía ser de nacimiento libre y no esclavo; pero con esto no debía suponerse que todas las personas de esta clase eran de condición servil. Muchos hombres, aunque no de noble linaje, pero de riqueza y posición elevada, se encontraban entre los hermanos del servicio. Éstos habían combatido en los campos de batalla bajo las órdenes de los caballeros, y del mismo modo desempeñaban en casa los oficios domésticos. Al principio no había sido una clase de ellos, pero después fueron divididos en dos los Hermanos de Armas, y los Hermanos de Oficio, los primeros eran los soldados de la Orden. Los segundos, que eran los más estimados, permanecían en las preceptorías, y desempeñaban varios de sus oficios, tales como los de herradores, armeros, etc. La recepción de los hermanos del servicio no difería, excepto algunos datos necesarios, de la de los caballeros. Éstos, por lo tanto, debido al accidente de su nacimiento les era prevenido anticipadamente la promoción de los de su clase.
Además de estas tres clases había la cuarta, – por supuesto, no vivían en el seno de la Orden-, quienes se llamaban Afiliados o Affiliati. Éstas eran personas de varios rangos y de ambos sexos, quienes eran reconocidos por la Orden, aunque no francamente relacionados con ella, como correspondía a su protección, y admitidos a la participación en algunos de sus privilegios, tales como la protección de los interdictos de la Iglesia, los que no se aplicaban a los miembros de la Orden.
El Gran Maestro residía originalmente en Jerusalén; y después cuando esa ciudad fue abandonada, en Acre, y finalmente en Chipre. Su deber siempre requería el que se encontrase en la Tierra Santa; y en consecuencia nunca residía en Europa. Fue elegido por vida dentro de los caballeros en la siguiente forma. En la muerte del Gran Maestro, era elegido el Gran prior para administrar los asuntos de la Orden hasta que podía ser elegido el sucesor. Cuando llegaba el día que había sido nombrado para la elección, el Capítulo por lo general se reunía en el centro principal de la Orden; y se proponía entonces a uno de los caballeros más estimados, en número de tres o más; el Gran Prior recogía los votos, y aquel que había recibido el mayor número era denominado para ser el Prior elector. En seguida un ayudante se le asociaba, en la persona de otro caballero. Estos dos permanecían toda la noche en la capilla empeñados en orar. En la mañana, elegían a otros dos, y estos cuatro, a dos más, y así sucesivamente hasta que el número de doce (el de los apóstoles) había sido seleccionado. En seguida los doce seleccionaban al capellán. Entonces los trece procedían a votar por el Gran Maestro, el que era elegido por mayoría de votos. Cuando la elección estaba completa, era anunciada a los hermanos en la asamblea; y cuando todos habían prometido la obediencia, el Prior, si la persona se encontraba presente, le decía: "En el nombre del padre Dios, el Hijo, y el Espíritu Santo, hemos elegido, y te elegimos Hermano N. para que seas nuestro Maestro”. Entonces, volviendo así a los hermanos, decía: “Queridos Señores y Hermanos, dad gracias a Dios; ved aquí a nuestro Maestro”. Los Capellanes entonces cantaban él Te Deum; y los hermanos, llevando a su nuevo Maestro en sus brazos lo conducían a la capilla y lo situaba ante el altar, en donde continuaba arrodillado, mientras que los hermanos oraban, y los Capellanes repetían el Kyrie Eleison, y el Pater Noster, y otro ejercicio piadoso. En el siguiente grado al de Gran Maestro era el Senescal, que era su representante y teniente. Después venía el Mariscal, que era el general de la Orden. En seguida el Tesorero cargo que siempre estaba unido con el de Gran Preceptor de Jerusalén. Era el Almirante de la Orden. El Guarda Ropa era el oficial que seguía en rango, que tenía a su cargo las vestiduras y arreglos de la Orden. Era una especie de Comisario General. El Turcopolio era el comandante de la caballería ligera. Había también una clase de oficiales llamados Visitadores, cuyo deber, como su nombre indica, era el de visitar a las diferentes Provincias, y corregir abusos. Había también algunos oficiales subordinados destinados a los Hermanos del Servicio, tales como Sub-Mariscal, Porta-Estandarte Adbéitar, etc.
Organizada la Orden de esta manera, naturalmente aumentó su prosperidad y crecían sus posesiones en el Este y en Europa y tuvo que dividirse en provincias, gobernada cada una de ellas por un Gran Preceptor o Gran Prior; pues los títulos se usaban indistintamente. Sin embargo, el de Preceptor era peculiar a los Templarios, mientras que el de Prior era común tanto entre ellos como los Caballeros Hospitalarios de San Juan. Estas provincias eran en número de quince, y son las siguientes: Jerusalén, Trípolis, Antioquía, Chipre, Portugal, Castilla y León Aragón, Francia y Auvernia, Normandía, Aquitaine, Provenza, Inglaterra, incluyendo Escocia e Irlanda; Alemania, Italia Central y Septentrional, Apulia, y Sicilia. De donde puede verse que no había lugar de Europa, excepto los empobrecidos reinos de Dinamarca, Suecia y Noruega, donde los Templarios no habían extendido sus posesiones y su influencia.
El acto de la recepción de un Caballero en la Orden era una ceremonia muy solemne. Era secreta, y no se permitía estar presente sino únicamente a los miembros de la Orden. En efecto difería de la de los Caballeros de malta, cuya forma de recepción era libre y pública; y a esta diferencia entre la recepción pública y la iniciación secreta, es a lo que quizá puede atribuirse una parte del espíritu de persecución de la iglesia ha demostrado a la Orden en sus últimos tiempos.
El hecho de que los Templarios tenían una iniciación secreta se concede generalmente en la actualidad, aunque algunos escritores lo han negado. Pero debido a las circunstancias en su favor que son demasiado grandes para superar en cualquier sentido, excepto n la forma positiva de lo contrario, la que nunca ha sido aducida. Es bien conocido que durante estas recepciones eran admitidos únicamente los miembros de la Orden; cuya prohibición no hubiera sido necesaria si las ceremonias no fueran secretas. En las juntas del Capítulo General de la Orden, era rehusado aun el mismo Legado del Papa.
No sería honroso ni razonable citar las ciento veinte acusaciones promovidas contra los Templarios por Clemente, porque eran indudablemente falsedades malévolas inventadas por un Pontífice inmoral y sin principios medianeros de la concupiscencia de un monarca miserable; pues algunas de ellas son de tal naturaleza al grado de indicar que la creencia general de los hombres de la época.
Así, encontramos en el artículo 32 que dice: “Quo receptiones istius clandestine faciebant”; i. e. que estaban acostumbrados a hacer su recepción en secreto. El 100 contiene estas palabras: “Quod sic se includunt ad tenenda capitulatu omnes januas domus et ecclesiae in quibus tenent capitula ferment adeo firmiter quod nullus sit nec esse possit accessus ad eso nec juxta; up possit quicunde videre vel audire de factis vel dictis eorum”; i. e. Que siempre que verificaban sus Capítulos, cerraban todas las puertas de la casa o iglesia en que estaban reunidos tan estrechamente, que nadie podía aproximarse bastante cerca para ver u oír lo que hacían y decían. Y el siguiente artículo es más singular, pues refiere que, con el fin de cuidarse de los escuchas, acostumbraban a situar un vigilante, como diríamos ahora un guarda templo sobre el techo de la iglesia, “excubicum super tectum”, quien podía dar el aviso necesario.
El atavío de los Templarios les fue prescrito por San Bernardo, en el reglamento que compuso para el gobierno de la Orden, y se describe en el capítulo XX, en esta forma: “A todos los Caballeros declarados, ya sea en invierno o en verano proporcionamos, si se pueden obtener, vestiduras blancas, para que aquellos que han dejado tras de sí las huellas de una vida de ignorancia, puedan conocer que deben procurar encomendarse a su Creador y pedirle una vida pura y sin mancha". El manto blanco era por lo tanto el hábito peculiar de los Templarios, como el negro era de los Hospitalarios.
Subsiguientemente, pues al principio no usaban la cruz, el Papa Eugenio III, les otorgó la cruz roja pattée como el símbolo del martirio, el que debían usar sobre el pecho izquierdo exactamente sobre el corazón. La iniciación general de San Bernardo referente a las vestiduras se desarrolló después, así, es que el vestido del Templario consistía en una larga túnica blanca, muy semejante en la forma a la del sacerdote, con la cruz roja en el frente y espalda; debajo de ésta llevaba camisa de lino abrochada con un cinto. Encima de ésta usaban el manto blanco con la cruz roja pattée. La cabeza era cubierta con un casco o capirote adherido al manto. Las armas eran la espada, lanza, maza y escudo. También al principio la Orden adoptó como sello de armas la representación de dos caballeros montando un caballo, como la señal de su pobreza, posteriormente cada caballero era provisto de tres caballos, a la vez que un escudero seleccionado generalmente de la clase de los Hermanos del Servicio. Para escribir la historia completa de la Orden Templaria referente a los dos siglos de su existencia, sería, dice Addision, tanto como escribir la historia Latina de palestina, y ocuparía un volumen: Sus detalles contendrían relatos de batallas gloriosas con los impíos en defensa de la tierra Santa, y de peregrinaciones cristianas, algunas veces afortunadas y con frecuencia desastrosas de arenas áridas humedecidas con la sangre de guerreros cristianos y sarracenos; de deshonrosas contiendas con su rival de San Juan; de partidas forzadas y definitivas de los lugares que sus proezas habían conquistado, pero que su fuerza no había sido suficiente para conservarlos, y algunos años de lujuria y puede ser que de indolencia desordenada, terminados por el cruel martirio y disolución.
La caída de Acre en 1292, bajo el vigoroso asalto del Sultán Mansour, condujo desde luego a la evacuación de palestina por los cristianos. Los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, llamados después Caballeros de Rhodas, y entonces de Malta, huyeron a Rhodas, donde los primeros, asumiendo el carácter naval, reanudaron el estado de guerra en sus embarcaciones de remos contra los Mahometanos. Los Templarios, después de una breve quietud en la isla de Chipre se retiraron a sus diferentes Preceptorías que tenían en Europa.
Porter (Historia de los Caballeros de Malta, i. p. 174) no tiene panegírico para estos cobardes caballeros. Después de elogiar a los Hospitalarios por su perseverante energía con la cual, desde su isla natal de Rhodas, continuaban la guerra con los impíos, dice: “El Templario, por lo contrario, después de su permanencia breve en Chipre, en lugar de proporcionar la ayuda más insignificante a sus hermanos caballerescos y dignos en su nueva lucha, huyeron con precipitación increíble hacia sus numerosas y ricas Preceptorías Europeas, en donde la tosquedad de su libertinaje, la pompa de su lujo y lascivia, y la arrogancia de su orgullo, pronto se convirtió en el objeto del odio más invencible entre aquellos que poseían amplios poderes para realizar su destrucción. Durante estos últimos años de su existencia puede mencionarse muy poco en defensa de la Orden; pues sin embargo de su inhumana crueldad con la cual se realizó su extinción ha aparecido un sentimiento de compasión en su favor, el que con mandato sincero trata de borrar la memoria de sus crímenes, pues aún no puede negarse que durante los últimos años se habían desviado de los propósitos originales de su institución de tal manera que se hicieron indignos depositarios de ese tesoro que les había sido legado para los fines tan inmensamente diferentes a los que se habían propuesto”.
El acto de crueldad y de injusticia por el cual fue disuelta la Orden Templaria en el siglo XIV ha legado la memoria ignominiosa o el recuerdo de los nombres de los infames reyes, y el no menos Papa infame que los realizó. En el principio del siglo XIV se encontraba en el trono de Francia Felipe el Hermoso, príncipe ambicioso, vengativo y avaro.
Durante su famosa controversia con el Papa Bonifacio, los Templarios como era su costumbre, se habían adherido al pontífice y se opusieron al rey; este acto exaltó su odio; y como la Orden era enormemente rica, esto provocó su avaricia, y sus poderes intervinieron con sus designios de engrandecimiento político; y todo esto alarmó su ambición. Por consiguiente, concertó de un modo secreto con el Papa Clemente V el plan para su destrucción, así como para la apropiación de sus ingresos. Clemente, por su dirección y consejo, escribió en junio de 1306, a De Molay, el Gran Maestro que se encontraba en Chipre, invitándole a que viniese a consultar con él sobre algunos asuntos de gran importancia para la Orden. De Molay obedeció al llamado, y en los comienzos de 1307 llegaba a París con sesenta caballeros y grande cantidad de tesoro.
Fue inmediatamente encarcelado, y, el 13 de octubre siguiente todos los Caballeros de Francia, en consecuencia, de las órdenes secretas del rey fueron arrestados bajo la simulada acusación de idolatría, y otros crímenes enormes, de los cuales Squin de Flexian, Prior expulsado y apóstata de la Orden, se menciona haber confesado que los caballeros cometían actos delictuosos en sus Cabildos secretos. Lo que significaban estas acusaciones no ha sido dejado a la suposición. Pues el Papa Clemente V envió la lista de las causas de acusación, alcanzando el número de 120, a todos los arzobispos, obispos y comisionados papales por los cuales debía de examinar a los caballeros que debían ser llevados para su aclaración. Esta lista aún existe, y en ella encontramos tales acusaciones, como éstas:
Que se requería a todos aquellos que debían iniciarse en la Orden, jurar retractándose de Cristo, la Virgen María, y todos los santos. Que negaban que Cristo hubiera sufrido por la redención del hombre. Que habían convertido a la cruz o crucifijo en un vaso para escupir. Que adoraban a un gato en sus asambleas. Que practicaban artes mágicas o encantamientos.
De tales cargos como éstos, contrarios a la naturaleza y a la razón eran acusados los caballeros, y por supuesto, condenados como conclusión hecha de antemano. El 12 de mayo de 1310, cincuenta y cuatro de los caballeros fueron quemados públicamente y el 18 de marzo de 1313, De Molay y el Gran Maestro y los tres principales dignatarios de la Orden, sufrieron la misma suerte. Murieron fielmente sosteniendo su inocencia de todos los crímenes que les imputaban. La Orden fue suprimida desde luego, por la energía del rey de Francia, apoyada por la autoridad espiritual del Papa, orden que se verificó en toda Europa.
Muchísimas de sus vastas posesiones que no habían sido apropiadas por los diferentes soberanos para su propio uso, o el de sus favoritos, fueron otorgadas a la Orden de los Caballeros de Malta, cuya aceptación del donativo no tendió a disminuir la mala disposición que había existido siempre entre los miembros de las dos Órdenes.
En cuanto a la historia de la continuación de la Orden, después de la muerte de Santiago de De Molay, por Johannes Larmenius, bajo la autoridad del título de transmisión que le fue conferido por De Molay pocos días antes de su muerte, ese asunto se trata más extensamente y en forma debida en la Historia de la Orden del Templo, la que reclama, por virtud de ese título ser la sucesora legítima de la antigua Orden.
Desde el establecimiento de la Orden por Hugo de Payens, hasta su disolución durante el Magisterio de De Molay, veintiún Grandes Maestros presidieron la Orden.



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Portal del Rito de York Americano 

The York Rite

La Hermandad para toda la Humanidad

Saturday, September 21, 2019

DIÁLOGO SOBRE MASONERÍA - Por el Prof. DR. H. Seedorf


DIÁLOGO SOBRE MASONERÍA




Por el Prof. DR. H. Seedorf - Adaptado y publicado por
La L.·. Unión Nº 9 - Madrid 1932

P. Oigo que es usted masón. Se hablan sobre ellos cosas tan diversas que me agradaría tener informes fidedignos; pero usted, seguramente, no estará autorizado para darme las aclaraciones necesarias.
R. Al contrario, pregúnteme.

P. Me sorprende. Tenía entendido que los masones estaban obligados a la más severa discreción.
R. Eso se refiere únicamente a las formalidades de ritual, que se observan en nuestras reuniones, y a los asuntos de índole interna de la Asociación

P. Entonces le ruego me responda a algunas preguntas. ¿Qué fines persigue la masonería?
R. Trabajamos por el ennoblecimiento de la Humanidad y queremos contribuir a que la verdadera moral se extienda cada vez más por el mundo.

P. Dice usted que la Asociación "trabaja". ¿Qué clase de trabajo es éste?
R. En primer lugar se trata del estímulo continuo para el propio ennoblecimiento, mediante el propio examen de conciencia; después influenciando en este sentido a los demás, sean o no miembros de la masonería, y por último fomentando cualquier obra o ideal, moral y bien intencionada, tanto en el terreno práctico como en el teórico.

P. Según el criterio masónico, ¿Dónde se encuentra los fundamentos de la verdadera moral?
R. En nuestra propia conciencia, donde una voz nos aconseja y previene, y en los fundamentos éticos de la cultura de la Humanidad, que tienen expresión perfecta en la moral de Cristo.

P. ¿Entonces forman ustedes una Asociación cristiana?
R. Ciertamente, pero solo en lo que se refiere a la ética.

P. Frente a los fundamentos del cristianismo, ¿Qué posición sostienen ustedes?
R. Las premisas de la Orden son la fe en Dios y en la inmortalidad del alma. La forma de desarrollar estos conceptos, así como la idea con que se los representen en la imaginación, queda al arbitrio de cada miembro de la Orden. Dios es, desde luego, para nosotros el portador o representante del orden moral del mundo.

P. Estas ideas no son exclusivas del cristianismo, y, sin embargo, he oído que sólo admiten ustedes cristianos.
R. Esto sólo se refiere a determinadas logias. Las demás tienen abiertas sus puertas igualmente para los que no profesan la fe cristiana.

P. Si sostienen ustedes este criterio fundamental. ¿Cuál es la causa de que en determinadas logias sólo se admitan cristianos?
R. Porque creen en la necesidad de ser cristianos para desarrollar nuestras ideas morales, que tienen sus raíces en el cristianismo.

P. ¿Sus raíces en el cristianismo? ¿Es ésta la opinión de sustentan también las demás logias?
R. Ciertamente. Sin el cristianismo no hubiera podido producirse la masonería, que después de larga prehistoria, se organiza en la forma actual en siglo XVII en Inglaterra.

P. No obstante, los católicos les consideran como enemigos.
R. Eso es injusto. Somos, por el contrario, amigos de la verdadera religiosidad.

P. Entonces, ¿Por qué afirman los católicos lo contrario?
R. La Iglesia católica teme que nuestra Asociación, fundada en el verdadero espíritu de tolerancia, quebrante su influencia.
P. Acaso en la Suprema Dirección de su Orden haya otros propósitos secretos y mal intencionados.
R. Esta suprema Dirección no existe. No hay más que asociaciones de logias dentro de cada Estado. Relaciones internacionales sólo se establecen entre las asociaciones de logias de cada país a manera de las relaciones diplomáticas mantenidas entre potencias políticas iguales, y para regular Asambleas o Congresos.

P. ¿No aspiran ustedes también a la fraternidad universal en el sentido político?.
R. Somos patriotas fieles y consideramos que, aun en interés de la Humanidad misma, no es deseable la desaparición total de las diferencias nacionales; quisiéramos, no obstante contribuir a suavizar las diferencias políticas. La política por sí sola no nos interesa.

P. No obstante, se oye que en Francia y España las logias se ocupan de política.
R. Esto está expresamente prohibido desde los más antiguos reglamentos masónicos.

P. ¿Es para ustedes esencial el patriotismo?
R. Naturalmente. Gentes sin patria no tienen cabida en nuestros talleres.

P. ¿Qué otras cualidades consideran ustedes necesarias para la admisión?
R. Quien pretenda ingresar ha de ser hombre honrado y de buenas costumbres, debe reunir la cultura y preparación espiritual necesaria, para saber desarrollar las sugestiones que reciba en las logias, y disponer de algunos medios económico, pues su pertenencia a la masonería representa algún sacrificio pecuniario (de 60 a 200 pesetas anuales aproximadamente).

P. ¿Entonces no es la masonería una Asociación humana – esta expresión la he oído – en el sentido de poder abarcar todo el mundo?
R. En este sentido, desde luego no. Queremos ser apóstoles del humanismo, y extender las enseñanzas que recibimos en nuestras logias para que el mundo se sature de nuestras ideas.

P. Estas ideas, según veo, son ya bien conocidas por todos, Las iglesias y otras asociaciones las mantienen como normas esenciales. Para esto solo me parece que la masonería no sería muy necesaria.
R. En parte tiene usted razón, aunque nuestras enseñanzas tienen algo característico que no llega a expresarse siempre en las iglesias y otras asociaciones. Por ejemplo, el criterio de que el hombre no es malo en el fondo de su ser, sino bueno, y la insistencia sobre la influencia de un hombre sobre otro. Coincidimos en un concepto hondamente moral de la vida, que de ningún modo está influenciado por dogmas rígidos, y ello justifica, ahora como antes, la existencia de la Asociación, y seguirá haciéndola necesaria en su singular característica hasta que los ideales que nos mueven se hayan convertido en realidad.

P. ¿Por qué mantienen ustedes en nuestros tiempos sus secretos, aunque sólo sean los que se refieren al ritual o las cuestiones de orden interno? Supongo que no será por temor a los ultramontanos, sobre todo en aquellos países en que el catolicismo está en franca minoría.
R. El secreto une fuertemente a los hombres. El espíritu cordial de nuestras reuniones se eleva con esto, y en ello vemos un mutuo estímulo, como no existiría probablemente otra más fuerte. Además, sólo quien se ocupe largo tiempo e intensamente de su estudio estará capacitado para comprender el sentido y la relación del ritual con nuestros valiosos símbolos, que tanta influencia ejerce sobre el Espíritu. Para ello el secreto es indispensable. Por lo que se refiere a cuestiones de orden interno o íntimo tampoco es usual que se exterioricen sobre ellas los miembros de otras asociaciones, por ejemplo, la familia.

P. Habláis de la cordialidad de las relaciones, ponéis como comparación la familia, frecuentemente se oye que ustedes se llaman hermanos entre sí. Sin embargo, hay masones que en sus relaciones con otros no hacen el menor distingo, ni se comportan como familiares, ni siquiera como amigos sinceros y fieles.
R. Amigos solo somos en el sentido de la coincidencia de anhelos para lograr el mismo fin con medios honrados, en el sentido de la estimación mutua que se dispensan los hombres honestos, que luchan a favor del noble humanitarismo, en el sentido de confianza y predisposición para ayudarnos y aconsejarnos unos a otros con todas las fuerzas al servicio de la moral. Sólo así ha de interpretarse la denominación de hermanos que frecuentemente empleamos. Hermanos somos porque nuestras relaciones se fundan en el más puro humanitarismo, porque nos reúne un limpio amor a la Humanidad, aquel amor que debe ligar a todos los hombres, y porque nos sentimos unidos en el deseo de fomentar con la mayor energía este amor entre nosotros y para con los demás. Una relación personal más estrecha sólo puede conseguirse con trato más dilatado, y difícilmente se conseguirá nunca entra la totalidad de miembros de una logia. Para ello sería precisa la coincidencia en algunas otras cuestiones, que poco a nada interesa a la masonería.

P. Puede ser, pero yo conozco masones que no parecen revelar las características de humanismo que vos describís.
R. Siempre seremos hombres con debilidades humanas. Estamos constantemente amenazados y tentados por enemigos externos e internos de nuestros anhelos morales. Por esto sometemos a examen a los solicitantes antes de ser admitidos, pero ¿Quién es capaz de leer el corazón humano? Suficiente es que los pensamientos viles sean entre nosotros la excepción, si los anhelos humanitarios son fácilmente perceptibles en la mayoría, y si las logias son lugares de educación de los sentimientos en un sentido moral y trabajan por la desaparición de todas las injusticias sociales.

P. Si le he entendido bien, la masonería es una Asociación que no puede considerarse secreta, pero que trabaja con usos y formalidades sobre las que mantienen la mayor reserva, y cuya finalidad es el desarrollo moral de los asociados y de la Humanidad en general.
R. Esto es, en realidad, lo más importante. Nuestra misión es luchar contra todo lo bajo y ruin, romper lanzas contra el error, en nuestro propio pensamiento y en el de las personas que nos rodean. Contribuir a que las relaciones humanas sean expresión del verdadero humanitarismo, haciendo que cada cual se esfuerce en formarse teniendo esta idea como norma e influenciando al mismo tiempo a los demás en este sentido, por medio del ejemplo, de la enseñanza y las costumbres. Dentro de nuestro círculo interior los medios especiales para nosotros son las instrucciones, el ritual y la estrecha relación personal de unos asociados con otros.

P. Esto, ciertamente, es grande y bello. Acaso me decida a ingresar en la Asociación.
R. Ello me proporcionaría una sincera alegría; sin embargo, me está vedado insistir para lograrlo. Una última advertencia quisiera hacerle para este caso; acérquese lleno de esperanzas a la idea, pero no espere demasiado de sus representantes.
Ello le ahorrará seguramente desilusiones.

FIN

  • Al publicar este diálogo tenemos el propósito de facilitar argumentos a los hermanos jóvenes y poco experimentados en la polémica, capacitándoles para contestar a los profanos que deseen tener alguna información sobre masonería.
  • He intentado dar contestaciones claras, y de acuerdo con el criterio sustentado por mí, a las preguntas más usuales.