Wednesday, December 8, 2021

¡HUZZE! ¡HUZZE! ¡HUZZE!

 


5

 

¡HUZZE! ¡HUZZE! ¡HUZZE!

t

La palabra Uzze (o Huzé, Hoschée, Hoschea, Houzzai, Uzá, etc., las ortografías son muy variadas), tan empleada en los distintos Ritos Masónicos ha dado lugar a gran cantidad de hipótesis (y de fantasías...) en cuanto a su real etimología, origen y significado. Por ello creemos aportar algo de interés al mencionar en lo que sigue nuestro hallazgo al respecto.

Este podría ser incluso una clarificación definitiva e inesperada en esta cuestión aún bastante discutible. Este hallazgo fue dado a conocer por quien escribe en la lista Acacia a comienzos del año 2000.

Según algunos autores Huzzé tiene su origen en la lengua árabe. El significado literal que se le pretende dar a la palabra en el idioma castellano es VIVA o SALVE. Según otros (que no citan fuente alguna) proviene del escocés y deriva de HURRAH.

Hay quien comenta que entre los pueblos anglosajones la palabra fue utilizada en el pasado para saludar a los reyes, pero tampoco se aportan documentos que lo sostengan.

Según otros el término Uzza o Uzze, era el nombre que daban en el antiguo Egipto algunas tribus semíticas a la planta de Acacia, “árbol perenne y misterioso para ellos”, que consagraron al sol como símbolo de la inmortalidad, y cuyas ramas agitaban en signo de adoración como señal de felicidad y armonía, al tiempo que gritaban Uzza o Uzze segúnsus dialectos, durante las ceremonias.

Uno de los significados aludidos a éste saludo estaría emparentado según algunos autores, a la forma en que se efectuaban los distintos ritos propiciatorios de los pueblos de la zona cuando luego de agredir al cielo o a la tierra (al labrarla por ejemplo), debían congraciarse con los dioses que según ellos los gobernaban. Esta versión parece ser pura fantasía pues el gran egiptólogo Adolf Ermann, quien fuera profesor en la Universidad de Berlin, señala como significado del término “He aquí el lugar sagrado!”

Pero Ermann no agotó el problema como veremos más abajo. Estos mismos pueblos acostumbraban colocar ramas de Acacia sobre la tumba de sus muertos como símbolo de lo inolvidable e inmortal.

Mahoma prohibió estas consagraciones dentro de la religión musulmana y desde entonces el término ha desaparecido del uso diario entre los pueblos de la zona.

Pero, según otros, volvemos a encontrar reminiscencias de estos ritos de adoración a la Madre Tierra y al Padre Cielo en los rituales de los MM.·. MM.·. operativos cuando, al finalizar la construcción de una catedral, pedían permiso y perdón al G.·.A.·.D.·.U.·. , ya que la construcción agredía al cielo y a la tierra con su presencia.

Este ritual se basaba en el poder del sonido y la presencia física: el sonido de las campanas y la presencia física del brazo en alto, exclamando Uzze, Uzze, Uzze, exclamación lanzada hacia el aire, hacia el sol o hacia el cielo. Nuevamente aquí la explicación aparece como más poética que fundada en documentos reales.

En las diversas explicaciones anteriores falta algo que es el fundamento y razón de ser de la cosa y nos animamos a calificar a las hipótesis anteriores de insatisfactorias. Por ello fue grande nuestra sorpresa al hallar que en realidad nuestra aclamación era algo íntimamente ligado al dios de los constructores en el Antiguo Egipto, deidad importantísima originada en Memphis y que recibía como es sabido el nombre de Ptah.

La documentación en que me baso se halla en la obra “Hymnes et Prières de l’Egypte Ancienne” de André Barucq y François Daumas (publicada con el apoyo del CNRS, Du Cerf, Paris, 1980). En rigor Ptah (Arquitecto escultor del Universo y no creador) era el dios no solo de constructores sino también de escultores, artesanos, herreros y artistas, el que termina identificándose con Osiris (loc. cit.) y del que los griegos deformaron luego imagen, atributos y culto para crear a su Hefestos (el Vulcano romano).

Es sabido lo organizadas que estaban las guildas de constructores del antiguo Egipto, verdadero origen y cuna de la Mas.·.

Al respecto puede verse “Une Grande Loge en Egypte Ancienne” en la obra de Christian Jacq “La Franc-maçonnerie: histoire et initiation” y M. Bierbrier “Les Bâtisseurs de Pharaon”.

Incluso Hermes-Thot era considerado en la cosmogonía de los Misterios de Memphis una hipóstasis o manifestación de Ptah y del arquitecto Imhotep (que en realidad es un linaje de arquitectos) su hijo. Es este Imhotep quien después se transforma en Hiram (está muy claro que los arquitectos constructores del Primer Templo solo podían ser en rigor egipcios pues hebreos y tirios carecían de toda experiencia al respecto).

p

Ptah-Atoum (o Aton) era considerado el pensamiento de Ptah y Ptah-Horus su corazón en los misterios menfíticos. Y aquí llegamos a lo esencial. La invocación por excelencia a Ptah en Memphis era a su palabra (Hou) y a sus pensamientos (Sia). Y aquí tenemos el origen de nuestra aclamación.

ol

5 

 

 

l

La Hermandad para toda la Humanidad

Thursday, October 28, 2021

III Los Esenios - Juan El Bautista - La Tentación - Los Grandes Iniciados - V Jesús y Los Esenios Edouard Schure

 

III

LOS ESENIOS - JUAN EL BAUTISTA - LA TENTACIÓN

 


 

Lo que quería saber, sólo los esenios podían enseñárselo.

Los evangelios han guardado un silencio sobre los hechos y palabras de Jesús, antes de su encuentro con Juan el Bautista, por quien, según ellos, tomó en cierto modo posesión de su ministerio. Inmediatamente después aparece en Galilea con una doctrina determinada, con la seguridad de un profeta y la conciencia de ser el Mesías. Pero es evidente que ese principio atrevido y premeditado, fue precedido de un largo desarrollo y una verdadera iniciación. No es menos cierto que esa iniciación debió verificarse en la única asociación que conservaba entonces en Israel las tradiciones verdaderas, con el género de vida de los profetas. Esto no deja duda alguna para quienes, elevándose sobre la superstición de la letra y la manía maquinal del documento escrito, osan descubrir el encadenamiento de las cosas por medio de su espíritu. Se deduce no solamente de las relaciones íntimas entre la doctrina de Jesús y la de los esenios, sino también del silencio mismo guardado por el Cristo y los suyos sobre aquella secta. ¿Por qué él, que ataca con sin igual libertad a todos los partidos religiosos de su tiempo, no nombra nunca a los esenios?. ¿Por qué los apóstoles y evangelistas tampoco hablan de ellos?. Evidentemente porque consideran a los esenios como de los suyos, estaban ligados con ellos por el juramento de los Misterios, y la secta se fundió con la de los cristianos.

La orden de los esenios continúa en tiempo de Jesús el último resto de aquellas cofradías de pro fetas organizadas por Samuel. El despotismo de los tiranos de Palestina, la envidia de un sacerdocio ambicioso y servil, les había lanzado al retiro y al silencio. Ya no luchaban como sus predecesores, y se contentaba con conservar la tradición. Tenían dos centros principales: uno en Egipto, a orillas del lago de Maóris; el otro en Palestina, en Engaddi, a orillas del Mar Muerto. Aquel nombre de esenios que se habían dado, procedía de la palabra siriaca: Asaya, médicos; en griego, terapeutas; porque su único ministerio, para el público, era el de curar las enfermedades físicas y morales. “Estudiaban con gran cuidado, dice Josefo, ciertos escritos de medicina que trataban de las virtudes ocultas de las plantas y de los minerales”. (Josefo, Guerra de los Judíos, II, etc. Antigüedades, XIII, 5-9; XVIII, 1-5). Algunos poseían el don de profecía, como aquel Manahem, que había predicho a Herodes su reinado. “Sirven a Dios, dice Filón, con gran piedad, no ofreciéndole víctimas, sino santificando su espíritu. Huyen de las poblaciones y se dedican a las artes de la paz. No existe entre ellos un solo esclavo; todos son libres y trabajan unos para otros”. (Filón, “De la Vida Contemplativa”). Las reglas de la orden eran severas. Para entrar en ella se precisaba el noviciado de un año. Si se habían dado suficientes pruebas de templanza, se era admitido a las abluciones, sin entrar, no obstante, en relación con los maestros de la orden. Se precisaban aún dos años más de pruebas para ser recibido en la cofradía. Se juraba, “por terribles juramentos”, observar los deberes de la orden y nada traicionar de sus secretos. Sólo entonces se podía tomar parte en las comidas en común, que se celebraban con gran solemnidad y constituían el culto íntimo de los esenios. Consideraban como sagrado el vestido que habían llevado en aquellos banquetes y se lo quitaban antes de ponerse a trabajar. Aquellos ágapes fraternales, forma primitiva de la Cena instituida por Jesús, comenzaban y terminaban por la oración. Allí se daba la primera interpretación de los libros sagrados de Moisés y de los profetas. Pero en la explicación de los textos, como en la iniciación, había tres sentidos y tres grados. Muy pocos llegaban al grado superior. Todo se  parece asombrosamente a la organización de los pitagóricos (Puntos comunes entre los esenios y los pitagóricos: La oración a la salida del sol; los vestidos de lino; los ágapes fraternales; el noviciado de un año; los tres grados de iniciación; la organización de la orden y la comunidad de los bienes regidos por curadores; la ley del silencio; el juramento de los Misterios; la división de la enseñanza en tres partes: 1) Ciencia de los principios universales o teogonía, lo que Filón llama la lógica; 2) la física o cosmogonía; 3) la  moral, es decir, todo lo que se refiere al hombre, ciencia a la cual se consagraban especialmente los terapeutas), y todo esto existía con pequeñas variantes entre los antiguos profetas, porque se encuentra lo mismo en todas partes donde la iniciación ha existido. Agreguemos que los esenios profesaban el dogma esencial de la doctrina órfica y pitagórica, el de la preexistencia del alma, consecuencia y razón de su inmortalidad. “El alma, al cuerpo por un cierto encanto natural (ίυγγίτινιφυσιχή), queda en él como encerrada en una prisión; libre de los lazos del cuerpo, como de una larga esclavitud, de él se escapa con alegría”. (Josefo, A. J. H., 8).

Entre los esenios, los hermanos propiamente dichos vivían dentro de la comunidad de bienes en el celibato, en lugares retirados, trabajando la tierra educando a veces niños extraños a la orden. En cuanto a los esenios casados, constituían una especie de orden tercera, afiliada y sometida a la otra. Silenciosos, dulces y graves, se les veía aquí y allá cultivando las artes de la paz. Tejedores, carpinteros, viñadores o jardineros; jamás armeros ni comerciantes. Esparcidos en pequeños grupos en toda la Palestina, en Egipto y hasta en el monte Horeb, se daban entre sí la hospitalidad más cordial. Vemos así viajar a Jesús y a sus discípulos de pueblo en pueblo, de provincia en provincia, siempre seguros de encontrar un albergue: “Los esenios, dice Josefo, eran de ejemplar moralidad; se esforzaban en reprimir toda pasión y todo movimiento de cólera; siempre benévolos en sus relaciones, apacibles, de la mejor fe. Su palabra tenía más fuerza que un juramento; por eso consideraban al juramento en la vida ordinaria como cosa superflua y como un perjurio. Soportaban con admirable fuerza de alma y la sonrisa en los labios las más crueles torturas antes que violar el menor precepto religioso”.

Indiferente a la pompa externa del culto de Jerusalén, repelido por la dureza saducea, el orgullo fariseo, el pedantismo y la sequedad de la sinagoga, Jesús se sintió atraído hacia los esenios por una afinidad natural. (Puntos comunes entre la doctrina de los esenios y la de Jesús: El amor al prójimo ante todo, como el primer deber; la prohibición de jurar para atestiguar la verdad; el odio a la mentira; la humildad; la institución de la Cena tomada de los ágapes fraternales de los esenios, pero con un nuevo sentido, el del sacrificio). La muerte prematura de José hizo por completo libre al hijo de María, hombre ya. Sus hermanos pudieron continuar el oficio del padre y sostener la casa. Su madre le dejó partir en secreto para Engaddi. Acogido como un hermano, saludado como un elegido, debió adquirir sobre sus mismos maestros, rápidamente, un invencible ascendiente por sus facultades superiores, su ardiente caridad y ese algo de divino que difundía todo su ser. Recibió de ellos lo que los esenios solos podían darle: la tradición esotérica de los profetas, y por ella su propia orientación histórica y religiosa. Comprendió el abismo que separaba la doc- trina judía oficial de la antigua sabiduría de los iniciados, verdadera madre de las religiones, pero siempre perseguida por Satán, es decir, por el espíritu del Mal, espíritu de egoísmo, de odio y de negación, unido al poder político absoluto y a la importancia sacerdotal. Aprendió que el Génesis encerraba, bajo el sello del simbolismo, una cosmogonía y una teogonía tan alejadas de su sentido literal, como la ciencia más profunda de la fábula más infantil. Contempló los días de Aelohim, o la creación eterna por la emanación de los elementos y la formación de los mundos; el origen de las almas flotantes y su vuelta a Dios por las existencias progresivas o las generaciones de Adán. Quedó asombrado de la grandeza del pensamiento de Moisés, que había querido preparar la unidad religiosa de las naciones, creando el culto de Dios único y encarnando esta idea en el pueblo.

Le comunicaron en seguida la doctrina del Verbo divino, ya enseñada por Krishna en la India, por los sacerdotes de Osiris en Egipto, por Orfeo y Pitágoras en Grecia, y conocida entre los profetas por el nombre de Misterio del Hijo del Hombre y del Hijo de Dios. Según esa doctrina, la más elevada manifestación de Dios es el Hombre, que por su constitución, su forma, sus órganos y su inteligencia es la imagen del ser universal y posee sus facultades. Pero, en la evolución terrestre de la humanidad, Dios está como esparcido, fraccionado y mutilado, en la multiplicidad de los hombres y de la imperfección humana. Él sufre, se busca, lucha en ella; es el Hijo del Hombre. El Hombre perfecto, el Hombre-Tipo, que es el pensamiento más profundo de Dios, vive oculto en el abismo infinito de su deseo y de su poder. Sin embargo, en ciertas épocas, cuando se trata de arrancar a la humanidad del abismo, de recogerla para lanzarla más alto, un Elegido se identifica con la divinidad, la atrae a sí por la Sabiduría, la Fuerza y el Amor y la manifiesta de nuevo a los hombres. Entonces la divinidad, por la virtud y el soplo del Espíritu, está completamente presente en él; el Hijo del Hombre se convierte en el Hijo de Dios y su verbo viviente. En otras edades y en otros pueblos, había habido ya hijos de Dios; pero desde Moisés, ninguno había vuelto a florecer en Israel. Todos los profetas esperaban aquel Mesías. Los Videntes decían que ahora se llamaría el Hijo de la Mujer, de la Isis celeste, de la luz divina que es la Esposa de Dios, porque la luz del Amor brillaría en él sobre todas las demás, con brillo fulgurante desconocido aún en la tierra.

Aquellas cosas ocultas que el patriarca de los Esenios revelaba al joven Galileo en las desiertas playas del Mar Muerto, en las soledades de Engaddi, le parecían a la par maravillosas y conocidas. Con singular emoción oyó al jefe de la orden mostrarle y comentarle estas palabras que se leen aún en el libro de Henoch: “Desde el principio, el Hijo del Hombre estaba en el misterio. El Altísimo le guardaba al lado de su poder y les manifestaba a sus elegidos... Pero los reyes se asustarán y prosternarán su semblante hasta tierra y el espanto les sobrecogerá, cuando vean al hijo de la mujer sentado sobre el trono de su gloria... Entonces el Elegido evocará todas las fuerzas del cielo, todos los santos de las alturas y el poder de Dios. Entonces los Querubines, los Serafines, los Ophanim, todos los ángeles de la fuerza, todos los ángeles del Señor, es decir, del Elegido y de la otra fuerza, que sirven sobre la tierra y por encima de las aguas, elevarán sus voces”. (Libro de Henoch. Capítulos XLVIII y LXI. Este pasaje demuestra que la doctrina del verbo y de la Trinidad, que se encuentra en el Evangelio de Juan, existía en Israel largo tiempo antes que Jesús y se allá del fondo del profetismo esotérico. En el libro de Henoch, el Señor de los espíritus representa al Padre; el Elegido al Hijo y la otra fuerza al Espíritu Santo).

A estas revelaciones, las palabras de los profetas, cien veces releídas y editadas, relampaguearon a los ojos del Nazareno con resplandores nuevos, profundos y terribles, como relámpagos durante la noche. ¿Quién era aquel Elegido y cuándo llegaría a Israel?.

Jesús pasó una serie de años entre los esenios. Se sometió a su disciplina, estudió con ellos los secretos de la naturaleza y se ejercitó en la terapéutica oculta. Dominó por completo sus sentidos para desarrollar su espíritu. No pasaba día sin que meditase sobre los destinos de la humanidad y se interrogaba a sí mismo. Fue una memorable noche, para la orden de los esenios y para su nuevo adepto, aquella en que éste recibió, en el más profundo secreto, la iniciación superior del cuarto grado, la que sólo se concedía en el caso de tratarse de una misión profética deseada por el hermano y confirmada por los ancianos. Se reunían en una gruta tallada en el interior de la montaña como una vasta sala, con un altar y asientos de piedra. El jefe de la orden estaba allí con algunos ancianos. A veces dos o tres esenias, profetisas iniciadas, se admitían igualmente a la misteriosa ceremonia. Con antorchas y palmas saludaban al nuevo iniciado, vestido de lino blanco, como el “Esposo y Rey” que habían presentido ¡y que veían quizás por última vez!. En seguida el jefe de la orden, de ordinario un anciano centenario (Josefo dice que los esenios vivían mucho tiempo), le presentaba el cáliz de oro, símbolo de la iniciación suprema, que contenía el vino de la viña del Señor, símbolo de la inspiración divina. Algunos decían que Moisés lo había bebido con los setenta. Otros lo hacían remontar hasta Abraham, que recibió de Melchisedec esa misma iniciación, bajo las especies del pan y del vino. (Génesis, XIV, 18). Jamás presentaba el anciano la copa más que a un hombre en quien había reconocido con certeza los signos de una misión profética. Pero esa misión nadie podía definirla; él debía encontrarla por sí mismo, porque tal es la ley de los iniciados; nada del exterior, todo por lo interno. En adelante, era libre, dueño de sus actos, hierofante por sí, entregado al viento del Espíritu, que podía lanzarle al abismo o elevarle a las cimas, por encima de la zona de las tormentas y de los vértigos.

Cuando después de los cánticos, las oraciones, las palabras sacramentales del anciano, el Nazareno tomó la copa, un rayo de la lívida luz del alba deslizándose por una anfractuosidad de la montaña, corrió estremeciéndose sobre las antorchas y los amplios vestidos blancos de las jóvenes esenias, quienes también temblaron cuando cayó sobre el pálido Galileo, en cuyo hermoso rostro se veía una gran tristeza. Su mirada perdida iba hacia los enfermos de Siloé, y en el fondo de aquel dolor, siempre presente, entreveía ya su camino.

En aquel tiempo Juan Bautista predicaba en las márgenes del Jordán.  No era un esenio, sino un profeta popular de la fuerte raza de Judá. Llevado al desierto por una piedad austera, había pasado en él la más dura vida en la oración, los ayunos, las maceraciones. Sobre su piel desnuda, curtida por el sol, llevaba a guisa de cilicio un vestido tejido con pelo de camello, como signo de la penitencia que quería imponerse a sí mismo y a su pueblo. Porque sentía profundamente las angustias de Israel y esperaba su liberación. Se figuraba, según la idea judaica, que el Mesías vendría pronto como vengador y justiciero que, cual nuevo Macabeo, sublevaría al pueblo, arrojaría al Romano, castigaría a todos los culpables, entraría triunfalmente en Jerusalén, y restablecería el reino de Israel sobre todos los pueblos, en la paz y la justicia. Anunciaba a las multitudes la próxima llegada de aquel Mesías; agregaba que era preciso prepararse por el arrepentimiento de las faltas pasadas. Tomando de los esenios la costumbre de las abluciones, transformándola a su modo, había imaginado el bautismo del Jordán como un símbolo visible, como un público cumplimiento de la purificación interna que exigía. Esa ceremonia nueva, esa predicación vehemente ante inmensas multitudes, en el cuadro del desierto, frente a las aguas sagradas del Jordán, entre las montañas severas de Judea y de Perea, sobrecogía los ánimos, atraía a las multitudes. Recordaba los días gloriosos de los viejos profetas; ella daba al pueblo lo que no encontraba en el templo: la interior sacudida y, después de los terrores del arrepentimiento, una esperanza vaga y prodigiosa. Acudían de todos los puntos de Palestina, y aun de más lejos, para escuchar al santo del desierto que anunciaba al Mesías. Las poblaciones, atraídas por su voz, acampaban a su lado durante varios días para oírle, no querían marcharse, esperando que el Mesías llegase. Muchos no pedían otra cosa que empuñar las armas bajo su mando para comenzar la guerra santa. Herodes Antipas y los sacerdotes de Jerusalén comenzaban a inquietarse ante aquel movimiento popular. Por otra parte, los signos de la época eran graves. Tiberio, a la edad de setenta y cuatro años, acababa su vejez en medio de las bacanales de Caprea; Poncio Pilatos redoblaba en violencia contra los judíos; en Egipto, los sacerdotes habían anunciado que el fénix iba a renacer de sus cenizas. (Tácito, Anales, VI, 28, 31).

Jesús, que sentía crecer interiormente su vocación profética, pero que buscaba aún su camino, vino también al desierto del Jordán, con algunos hermanos esenios que le seguían ya como a un maestro, Quiso ver al Bautista, oírle y someterse al bautismo público. Deseaba entrar en escena por un acto de humildad y de respeto hacia el profeta que osaba elevar su voz contra los poderes del día y despertar de su sueño el alma de Israel.

Vio al rudo asceta, velludo y con largo cabello, con su cabeza de león visionario sobre un pulpito de madera, bajo un rústico tabernáculo, cubierto de ramas y de pieles de cabra. A su alrededor, entre los pequeños arbustos del desierto, una multitud inmensa, todo un campamento: funcionarios, soldados de Herodes, samaritanos, levitas de Jerusalén, idumeos con sus rebaños,  árabes detenidos allí con sus camellos, sus tiendas y sus caravanas por “la voz que retumba en el desierto”. Aquella voz tonante pasaba sobre las muchedumbres, y decía: “Enmendaos, preparad las vías del Señor, arreglad sus senderos”. Llamaba a los fariseos y a los saduceos “raza de víboras”. Agregaba que “el hacha estaba ya próxima a la raíz de los árboles”, y decía del Mesías: “Yo sólo con agua os bautizo, pero él os bautizará con fuego”. Hacia la puesta del Sol, Jesús vio a aquellas masas populares agolparse hacia un remanso, a orillas del Jordán, y a mercenarios de Herodes, a bandidos, inclinar sus rudos espinazos bajo el agua que vertía el Bautista. Se aproximó él. Juan no conocía a Jesús, nada sabía de él, pero reconoció a un esenio por su vestidura de lino. Le vio, perdido entre la multitud, bajar al agua hasta que le llegó por la cintura e inclinarse humildemente para recibir la aspersión.  Cuando el neófito se levantó, la mirada temible del predicador y la del Galileo se encontraron. El hombre del desierto se estremeció bajo aquel rayo de maravillosa dulzura, e involuntariamente dejó escapar estas palabras: “¿Eres el Mesías?”. (Sabemos que, según los Evangelios, Juan reconoció en seguida a Jesús como Mesías y le bautizó como tal. Sobre este punto su narración es contradictoria. Porque más tarde, Juan, prisionero de Antipas en Makerus, hace preguntar a Jesús: — ¿Eres tú el que debe venir, o debemos esperar a otro?. (Mateo, XI, 3). Esa duda tardía prueba que, si bien había sospechado que Jesús era el Mesías, no estaba completamente convencido. Pero los primeros redactores de los Evangelios eran judíos y deseaban presentar a Jesús como iniciado y consagrado por Juan Bautista, profeta judaico popular). El misterioso esenio nada respondió, pero inclinando su cabeza pensativa y cruzando sus manos sobre su pecho, pidió al Bautista su bendición. Juan sabía que el silencio era la ley de los esenios novicios. Extendió solemnemente sus dos manos; luego, el Nazareno desapareció con sus compañeros entre los cañaverales del río.

El Bautista le vio marchar con una mezcla de duda, de secreta alegría y de profunda melancolía. ¿Qué era su ciencia y su esperanza profética ante la luz que había visto en los ojos del Desconocido, luz que parecía iluminar a todo su ser?. ¡Ah!. ¡Si el joven y hermoso Galileo era el Mesías, había visto realizado el ensueño de su vida!. Pero su papel había terminado, su voz iba a callarse. A partir de aquel día, se puso a predicar con voz más profunda y emocionada sobre este tema melancólico. “Es preciso que él crezca y yo disminuya”... Comenzaba a sentir el cansancio y la tristeza de los leones viejos, que están fatigados de rugir y se acuestan en silencio para esperar la muerte...

¿Eres el Mesías?. La pregunta del Bautista repercutía también en el alma de Jesús. Desde el florecimiento de su conciencia, había encontrado a Dios en sí mismo y la certidumbre del reino de los cielos en la belleza radiante de sus visiones. Luego, el sufrimiento humano había lanzado a su corazón el grito terrible de la angustia. Los sabios esenios le habían enseñado el secreto de las religiones, la ciencia de los misterios; le habían mostrado la decadencia espiritual de la humanidad, su espera en un salvador. ¿Pero cómo encontrar la fuerza para arrancarla del abismo?. He aquí, que la llamada directa de Juan el Bautista, caía en el silencio de su meditación como el rayo del Sinaí. ¿Eres el Mesías?.

Jesús sólo podía responder a esta pregunta recogiéndose en lo más profundo de su ser. De ahí su retiro, aquel ayuno de cuarenta días, que Mateo resume bajo la forma de una leyenda simbólica. La Tentación representa en realidad en la vida de Jesús aquella gran crisis y aquella visión soberana de la verdad, por la cual deben pasar infaliblemente todos los profetas, todos los iniciadores religiosos, antes de comenzar su obra.

Sobre Engaddi, donde los esenios cultivaban el sésamo y la viña, un sendero escarpado conducía a una gruta que se abría en el muro de la montaña. Se entraba en ella por medio de dos columnas dóricas talladas en la roca bruta, parecidas a las del lugar de Retiro de los Apóstoles, en el valle de Josaphat. Allí quedaba uno sobre el abismo a pico, como en un nido de águila. En el fondo de una cañada se veían viñedos, habitaciones humanas; más lejos, el Mar Muerto, inmóvil y gris, y las montañas desoladas de Moab. Los esenios habían construido este lugar de retiro para aquellos de los suyos que querían someterse a la prueba de la soledad. Se encontraban allí varios papiros de los profetas, aromas fortificantes, higos secos y un chorro de agua, único alimento del asceta en meditación. Jesús se retiró allí.

Al pronto volvió a ver en su espíritu todo el pasado de la humanidad. Pesó la gravedad de la hora presente. Roma vencía; con ella, lo que los magos persas habían llamado el reino de Ahrimán y los profetas el reino de Satán, el signo de la Bestia, la apoteosis del Mal. Las tinieblas invadían la Humanidad, esta Alma de la tierra. El pueblo de Israel había recibido de Moisés la misión real y sacerdotal de representar a la viril religión del Padre, del Espíritu puro, de enseñarla a las otras naciones y hacerla triunfar. ¿Habían cumplido esta misión sus reyes y sacerdotes?. Los profetas, que sólo habían tenido conciencia de ello, respondían con unánime voz: ¡No!. Israel agonizaba bajo la presión de Roma. ¿Era preciso arriesgar, por centésima vez, una sublevación como la soñaban aún los fariseos, una restauración de la majestad temporal de Israel por la fuerza?. ¿Era preciso declararse hijo de David y exclamar con Isaías: “Pisoteare a los pueblos en mi cólera, y les embriagaré en mi indignación, y derribaré a tierra su fuerza?”. ¿Se necesitaba ser un nuevo Macabeo y hacerse nombrar pontífice-rey?. Jesús podía tentarlo. Había visto a las multitudes prestas a sublevarse a la voz de Juan el Bautista, y la fuerza que en sí mismo sentía era más grande aún. ¿Pero podría la violencia terminar con la violencia?. ¿Podría dar fin la espada al reino de la espada?. ¿No sería esto reclutar nuevas almas para los poderes de las tinieblas, que acechaban su presa en las sombras?.

¿No sería mejor hacer accesible a todos la verdad, que era hasta entonces el privilegio de algunos santuarios y de raros iniciados, abrirle los corazones en espera de que ella penetrase en las inteligencias por la revelación interna y por la ciencia; es decir, predicar el reino de los cielos a los sencillos, substituir el reino de la Gracia al de la Ley, transformar la humanidad por el fondo y por la base, regenerando las almas?.

¿Pero de quién sería la victoria?. ¿De Satán o de Dios?. ¿Del espíritu del mal, que reina con los poderes formidables de la tierra, o del espíritu divino, que reina en las invisibles legiones celestes y duerme en el corazón del hombre como la chispa en el pedernal?. ¿Cuál sería la suerte del profeta que osase desgarrar el velo del templo para mostrar el vacío del santuario, desafiar a la vez a Herodes y a César?.

¡Sin embargo, era preciso!. La voz interna no le decía ya como a Isaías: “Toma un gran libro y escribe sobre él con una pluma humana”. La voz del Eterno le gritaba: “¡Levántate y habla!”. Se trataba de encontrar el verbo viviente, la fe que transporta las montañas, la fuerza que derrumba las fortalezas.

Jesús comenzó a orar con fervor. Entonces, una inquietud, una turbación creciente se apoderaron de él. Tuvo el sentimiento de haber perdido la felicidad maravillosa de que había participado y de hundirse en un abismo tenebroso. Una nube negra le envolvía. Aquella nube estaba llena de sombras de todas clases. Entre ellas distinguía los semblantes de sus hermanos, de sus maestros esenios, de su madre. Las sombras le decían, una tras otra: ― “¡Insensato   que   quieres   lo   imposible!.   ¡No   sabes   lo   que   te   espera!.

¡Renuncia!”. La invencible voz interna respondía: “¡Es preciso!”. Luchó así durante una serie de días y noches, tan pronto en pie o de rodillas como prosternado. Y el abismo descendía, se hacía más y más profundo y más espesa la nube que le rodeaba. Tenía la sensación de que se aproximaba a algo terrible e innombrable.

Por fin, entró en ese estado de éxtasis lúcido que le era propio, en el cual la parte más profunda de la conciencia se despierta, entra en comunicación con el Espíritu viviente de las cosas, y proyecta sobre la tela diáfana del sueño las imágenes del pasado y del porvenir. El mundo exterior desaparece; los ojos se cierran. El Vidente contempla la Verdad bajo la luz   que inunda su ser y hace de su inteligencia un foco incandescente.

El trueno retumbó; la montaña tembló hasta su base. Un torbellino de viento, venido del fondo de los espacios, llevó al Vidente hasta la cúspide del templo de Jerusalén. Techados y minaretes relucían en los aires como un bosque de oro y plata. Se oían himnos en el Santo de los Santos. Espirales de incienso subían de todos los altares y giraban en torbellino a los pies de Jesús. El pueblo, con trajes de fiesta, llenaba los pórticos; mujeres soberbias cantaban para él himnos de amor ardiente. Las trompetas sonaban y cien mil voces gritaban: ¡Gloria al Mesías!. ¡Gloria al rey de Israel!. Tú serás ese rey si quieres adorarme, dijo una voz desde abajo. ― ¿Quién eres?, ― dijo Jesús.

De nuevo el viento le llevó a través de los espacios, a la cumbre de una montaña. A sus pies, los reinos de la tierra se escalonaban en un resplandor dorado. Soy el rey de los espíritus y el príncipe de la tierra, — dijo la voz del abismo —. Sé quién eres, dijo Jesús; tus formas son innumerables; tu nombre es Satán. Aparece bajo tu forma terrestre. La figura de un monarca coronado apareció sobre una nube. Una aureola lívida ceñía su cabeza imperial. La figura sombría se destacaba sobre un nimbo sangriento, su cara estaba pálida y su mirada brillaba como el reflejo de un hacha. Dijo:

      Soy César. Inclínate nada más y te daré todos esos reinos. Jesús le dijo:

      ¡Atrás, tentador!. Escrito está: “No adorarás más que al Eterno, tu Dios”. En seguida, la visión se desvaneció.

Encontrándose solo en la caverna de Engaddi, Jesús dijo:

      ¿Por qué signo venceré a los poderes de la tierra?.

      Por el signo del Hijo del Hombre, dijo una voz de lo alto.

      Muéstrame ese signo, dijo Jesús.

Una constelación brillante apareció en el horizonte, con cuatro estrellas en forma de cruz. El Galileo reconoció el signo de las antiguas iniciaciones, familiar en Egipto y conservado por los esenios. En la juventud del mundo, los hijos de Japhet lo habían adorado como signo del fuego celeste y terrestre, el signo de la Vida con todos sus goces, del Amor con todas sus maravillas. Más tarde, los iniciados egipcios habían visto en él, símbolo del gran misterio, la Trinidad dominada por la Unidad, la imagen del sacrificio del Ser inefable que se despedaza a sí mismo para manifestarse en los mundos. Símbolo a la vez de la vida, de la muerte y de la resurrección, cubría hipogeos, tumbas, templos innumerables. ― La cruz espléndida crecía y se acercaba, como atraída por el corazón del Vidente. Las cuatro estrellas vivas se iluminaban como soles de poderío y de Gloria. ― “He aquí el signo mágico de la Vida y de la Inmortalidad, dijo la voz celeste. Los hombres lo han poseído en otro tiempo y lo han perdido. ¿Quieres devolvérselo?. ― Quiero, dijo Jesús. ¡Entonces, mira!, he aquí tu destino”.

Bruscamente las cuatro estrellas se extinguieron y volvió la oscuridad. Un trueno subterráneo estremeció las montañas, y, desde el fondo del Mar Muerto salió un monte sombrío terminado por una cruz negra. Un hombre estaba clavado en ella y agonizaba. Un pueblo demoniaco cubría la montaña y aullaba con ironía infernal: “¡Si eres el Mesías, sálvate a ti mismo!”. El Vidente abrió desmesuradamente los ojos, luego cayó hacia atrás, cubierto de sudor frío; pues aquel hombre crucificado, era él mismo...  Había comprendido. Para vencer, era preciso identificarse con aquel doble terrible, evocado por él mismo y colocado ante sí como una siniestra interrogación. Suspendido en su incertidumbre, como en el vacío de los espacios infinitos. Jesús sentía a la vez las torturas del crucificado, los insultos de los hombres y el silencio profundo del cielo. Puedes tomarla o dejarla, dijo la voz angélica. Ya la visión se esfumaba y la cruz fantasma comenzaba a palidecer con su ejecutado, cuando de repente Jesús volvió a ver a su lado a los enfermos del pozo de Siloé, y tras ellos todo un pueblo de almas desesperadas que murmuraban, con las manos juntas: “Sin ti, estamos perdidas. ¡Sálvanos, tú qué sabes amar!”. Entonces el Galileo se levantó lentamente, y, abriendo sus amorosos brazos, exclamó: “¡Sea conmigo la cruz, y que el mundo se salve!” En seguida Jesús sintió como si se desgarrasen todos sus miembros y lanzó un grito terrible... Al mismo tiempo, el monte negro desapareció, la cruz se sumergió; una luz suave, una felicidad divina inundaron al Vidente, y en las alturas de lo azul, una voz triunfante atravesó la inmensidad, diciendo: “¡Satán ya no reina!.  ¡La Muerte quedó dominada!.  ¡Gloria al Hijo del Hombre!

¡Gloria al Hijo de Dios!”.

Cuando Jesús despertó de esta visión, nada había cambiado a su alrededor; el sol naciente doraba las paredes de la gruta de Engaddi; un rocío tibio como lágrimas de amor angélico mojaba sus pies doloridos, y brumas flotantes se elevaban del Mar Muerto. Pero él no era ya el mismo. Un acontecimiento definitivo se había desarrollado en el abismo insondable de su conciencia. Había resuelto el enigma de su vida, había conquistado la paz, y una gran certidumbre se había apoderado de él. Del desplazamiento de su ser terrestre, que había pisoteado y lanzado al abismo, una nueva conciencia había surgido radiante: Sabía que se había convertido en el Mesías por un acto irrevocable de su voluntad.

Poco después, bajó al pueblo de los esenios. Supo allí que Juan el Bautista había sido aprehendido por Antipas y encarcelado en la fortaleza de Makerus. Lejos de asustarse por ese presagio, vio en él un signo de que los tiempos estaban maduros y que era preciso trabajar a su vez. Anunció, pues, a los esenios que iba a predicar por Galilea “el Evangelio del reino de los cielos”. Esto quería decir: poner los grandes Misterios al alcance de las gentes sencillas, traducirles las doctrinas de los iniciados. Parecida audacia no se había visto desde los tiempos en que Sakhia Muni, el último Buddha, movido por una inmensa piedad, había predicado en las orillas del Ganges. La misma compasión sublime por la humanidad animaba a Jesús. A ella unía una luz interna, un poder de amor, una magnitud de fe y una energía de acción que sólo a él pertenecen. Del fondo de la muerte que había sondeado y gustado de antemano, traía a sus hermanos la esperanza y la vida.


LOS GRANDES INICIADOS 

V

JESÚS Y LOS ESENIOS

Edouard Schure

Wednesday, October 27, 2021

El Venerable Hermano Jean Bricaud (1881-1943)

 El Venerable Hermano
Jean Bricaud
(1881-1943)


Fue patriarca gnóstico, Rector de la Orden de la Rosa Cruz y Gran Maestro de la Orden Martinista de Lyon, así como Presidente de la Sociedad Ocultista Internacional. Fue también Gran Hierofante, para Francia del Rito Masónico de Menfis-Misraím, asumiendo tal puesto el 10 de dic. de 1919, pues dicho puesto había quedado acéfalo desde el 25 de septiembre de 1918, por el fallecimiento del Hno. Dettré, quien había sucedido al Gran Maestro PAPUS.

 


El Hno. Jean Bricaud es, casi en todo, el opuesto de Willermoz: Nace el 11 de febrero de 1881 en el pueblito de Thoy y su familia lo dedicó al sacerdocio, razón por la cual estudió en el Pequeño Seminario de Meximieux.

Basta mirar su fisonomía para reconocer en seguida las fases del místico, de salud delicada y de fuertes tendencias por lo psicológico y lo metafísico.

Desde 1897 abandona los estudios sacerdotales y se hace empleado de banco y estudiante de ocultismo. Frecuente centros espiritistas y estudia el magnetismo con el Maestro Phillipe Niziers (Amo), así como Cábala con Jacques Charrot, uno de los discípulos de Eliphas Levi.

El Gnosticismo le atrae y lo estudia con Sophronius (Dr.Fugairon), así como la filosofía sintética con Revel. Se hace iniciar en la Masonería y más tarde en el Martinismo, prefiriendo luego la vía willermozista, es decir, de tendencia masónica.

En 1901 abandona su primera vía gnóstica y da su adhesión a Synesius, patriarca gnóstico de gran valor. Publica sus primeros libros en 1902.

En 1904 publica “Primeros elementos de ocultismo”. Se casa en 1905 pero, sin felicidad en este matrimonio, se divorciará en 1911.

En 1906 crece su actividad y publica “Elementos de Astrología” y un folleto sobre la “Pequeña Iglesia Concordataria”.

Se liga más íntimamente con Sophronius, el doctor gnóstico que tendrá sobre Bricaud una influencia quizás desfavorable, pues le lleva a querer ver todo bajo el ángulo de la razón fría, tanto que en 1907, ambos se separan del místico Synesius por hallarlo más poeta que filósofo y más artista que teólogo; siente demasiado y no discute bastante, por lo visto.

Después sigue Bricaud trabajando en pequeñas obras destinadas a difundir la Gnosis, de una manera “racional”, ES DECIR, COMO DOGMA FILOSÓFICO.

En 1908, Bricaud, aún sin asistir, se interesa por el Gran Congreso Espiritual Internacional, organizado por Papus, bajo los auspicios del Martinismo, de cuya escuela Bricaud poseía el 3er. Grado desde 1903. Se había dedicado más, es verdad, como ya dije, al estudio de la parte willermozista, es decir, al filosofismo de logia y Bricaud se plegó a los que opinaban que Papus había reorganizado el Martinismo sobre bases deferentes del willermozismo, lo que era verdad, pues Papus hizo del Martinismo una escuela de Iniciación completa, mixta, mística y curando por millones.

Desde 1914, Bricaud recluta cada vez más adeptos de su vía martinista-masónica, en oposición a Papus, demasiado “ocultista” para la mentalidad masónica.

Viene después la guerra de 14-18, esa guerra terrible de la cual Papus dio su vitalidad y después su vida por los que sufrían. El Hno. Bricaud es también movilizado en el 10º Batallón de Cazadores; pero su salud frágil y su título eclesiástico de Patriarca Gnóstico hacen que sea designado para el servicio auxiliar y dedica sus noches al estudio y a la organización de su Iglesia. Publica dos libros durante la guerra: “Armenia que agoniza” (1915) y “La Guerra y las profecías célebres” (1916).

Papus habiendo fallecido en 25 de octubre de 1916, su sucesor, el Venerable Hermano Téder, nombra al Hno. Bricaud, Legado de la Orden Martinista para la provincia de Lyon y la amistad entre Téder y Bricaud se hace cada vez más íntima.

Después de la muerte de Téder, Bricaud toma en sus manos la dirección de la Iglesia Gnóstica Universal, de la Orden Kabalística de la Rosacruz Gnóstica y de la Orden Martinista y da toda la orientación que siempre había preconizado.

El Martinismo, orientado en la forma willermozista y masónica, con exclusión de la Iniciación Mixta y volviendo a las formas tradicionales de la rama de Lyon, se desarrolla en Francia y colonias y en los países extranjeros con un ritmo menor que el Martinismo de Papus, en virtud de la necesidad de reunir solamente masones y de excluir a las mujeres.

Publicá aún varias obras, entre las cuales citaré. El Misticismo en la Corte de Rusia, La Misa negra Antigua y Moderna, El Maestro Phillipe, El Abate Boulan, Los Iluminados de Avignon.

Desde 1920 hace publicar “Les Annales Initiatiques”, pequeño boletín trimestral que sirve de órgano de sus agrupamientos.

En 1929 se casa nuevamente, esta vez, con una dedicada compañera que le acompañará hasta su muerte, acaecida el 21 de febrero de 1934, a la edad de 53 años. Antes de fallecer, había empleado sus últimos años en escribir un resumen de noticias históricas sobre el Martinismo, el Rito de Menfis-Misraím, y había creado el boletín del Rito de Menfis-Misraím. Nombró como sucesor al Venerable Hermano C. Chevillon.

Esta es la actividad, muy grande y variada en su forma, del Venerable Hermano. Que dirigió las diversas corrientes europeas que cité con una dedicación y entusiasmo muy notables.

Su vía iniciática puede ser resumida en la forma siguiente: hasta 1897, vía religiosa mística y búsqueda de su sentir.

En 1897, su contacto con Osvaldo Wirth lo lleva al estudio profundo del simbolismo. La Cábala, desde 1898, le atrae. En 1899 su correspondencia con el brahmán.

C.X. K. Robur, del Tíbet, le llevan al estudio de las cosas orientales. Desde 1901, la vía gnóstica se arraiga en él de manera definitiva, y será en su aspecto filosófico especialmente, su Sendero Personal más elevado. Se hace cada vez más espiritualista científico, apartándose de los ocultistas de aspecto más psíquico.

Es un místico cristiano de elevada fe y de trabajo. Venerable, que recordamos en cada 21 de febrero, pues, aunque su Rama Martinista no se orientará en el mismo sentido que la de Papus, de la cual tomamos nuestra orientación, todos los que trabajan por el mismo ideal, bajo la misma denominación y mismos auspicios espirituales generales, debe sentirse hermanos.






Saturday, October 23, 2021

¿Qué es Clipsas?

 

¿Qué es CLIPSAS?

Iván Herrera Michel

Vicepresidente de CLIPSAS

Al conocerse, gracias a la magia del Internet, los resultados del 45º Coloquio y Asamblea General de CLIPSAS celebrados en la ciudad de Porto, Portugal, del 17 al 20 de mayo de 2007, en donde se escogió a la Gran Logia del Norte de Colombia, con sede en Barranquilla, como anfitriona para su cita número 46 en el año 2008 y se me eligió Vicepresidente, algunos Masones me han pedido que explique en que consiste esta asociación Masónica y cuál es su importancia en el mundo actual. Y la respuesta no es sencilla. 

Yo habría de comenzar explicando el por qué diez Grandes Logias europeas y una del Líbano se reunieron, en la posguerra europea, el 21 de enero de 1961, en la histórica ciudad francesa de Strasburgo, para dirigir al universo Masónico un documento trascendental llamando a restablecer entre los Masones la cadena de unión rota por lamentables decisiones unilaterales, pero el relato excedería los límites y el propósito de este escrito. El Ex Gran Maestro del Gran Oriente de Luxemburgo y dos veces Presidente de CLIPSAS, Marc – Antoine Cauchie, publicó en el año 2006 un excelente libro sobre el tema, en idioma galo, que se titula, precisamente, “Reunir ce qui est Épars”, que cuenta con 280 páginas.

Pues bien, en resumen CLIPSAS es la materialización asociativa de esa iniciativa de Strasburgo y voy a intentar mostrar brevemente su implantación en el paisaje Masónico contemporáneo.

CLIPSAS es la sigla por la que se conoce la asociación mundial de Grandes Logias más grande y más antigua del planeta. Su nombre deriva de las iniciales en francés de su nombre: “Centré de Liaison et D’information des Puissances Maconniques Signataires de L’appel de Strasbourg” (Centro de Enlace e Información de las Potencias Masónicas Firmantes del Llamamiento de Strasburgo), y se encuentra registrada en la Prefectura de París, Francia, con inversiones financieras en la Banca di Roma. Su posicionamiento Masónico es liberal, y su Presidente para el periodo 2007 – 2010 era el R:. H:. Jefferson Isaac Joao Scheer, Gran Maestro de la Gran Logia Unida del Paraná, fallecido repentinamente el día 31 de diciembre del año 2008, siendo remplazado en ese cargo por el R:. H:. Corrado DE CECCO de la Gran Loggia d'Italia.

El pensamiento que impulsa a CLIPSAS nace como respuesta a la ruptura de la cadena de unión universal de la Orden impuesta con el pretexto de una pretendida Regularidad. Entendida – para los efectos de este escrito - como una condición que emana del relacionamiento con la Gran Logia Unida de Inglaterra, que a su vez exige unilateralmente la adopción de una serie de dogmas, tales como la creencia en un ser supremo, la ubicación permanente de un volumen de la ley sagrada en el altar de los votos, la no incorporación de la mujer en calidad de miembro a las Logias, etc. De allí lo de la “Libertad de Conciencia” que sirve de lema a la “Unión de Strasburgo”, como también se conoce a CLIPSAS.

En realidad, CLIPSAS es la continuación en el tiempo del espíritu que animó a varias organizaciones Masónicas internacionales que se crearon por reacción contestataria a la agresión que en 1877 la Gran Logia Unida de Inglaterra hiciera al Gran Oriente de Francia.

Ya desde 1889 en el Congreso Internacional de París la Gran Logia National de España propone la creación de una confederación, idea que es retomada en los Congresos de Anvers de 1894, de La Haya de 1896 y de París de 1900, para finalmente concretarse en el de Génova de 1902 en que se crea el “Bureau International des Relations Masoniques” (BIRM), conformado por veinticinco Grandes Logias de Europa, América Latina y Egipto, reconciliando de paso a la Masonería alemana con la francesa que estaban distanciadas desde la guerra franco prusiana de 1870.

La organización inicial es encargada a la Gran Logia Alpina de Suiza, y en el Congreso Internacional de Génova de 1921 el BIRM se convierte en la “Asociación Masónica Internacional” (AMI).

Desde un principio las Masonerías inglesa, escandinava y americana de blancos forman un bloque común contra la BIRM a pesar de que Londres asistió como observador a la reunión de 1913. La división definitiva de la Masonería mundial se concretó finalmente con la publicación unilateral de los 8 puntos de relacionamiento interobedenciales publicados por la Gran Logia Unida de Inglaterra en 1929.

Un punto importante para los Masones colombianos lo representa el hecho de que a la AMI se vincula formalmente en 1923 la Gran Logia Nacional de Colombia, con sede en Barranquilla, por gestión personal y directa de su Gran Maestro el R:. H:. Francisco Baena. En esa ocasión se afilió junto con otras Grandes Logias de Colombia, Luxemburgo, Hungría, Alemania, Chile, Yugoslavia, San Salvador, Venezuela, Filipina, Checoslovaquia y Puerto Rico. En 1940, al comienzo de la Segunda Guerra mundial la AMI estaba integrada por 42 Grandes Logias: 18 en Europa, 1 en Asia, 5 en América del Norte, 7 en centro América y 11 en América del Sur. Es decir, que Latinoamérica era Masónicamente liberal.

Posteriormente, las dictaduras europeas y los estragos de la segunda guerra mundial hicieron desaparecer a la mayoría de las Grandes Logias del viejo continente, y la presión que ejerció Londres, junto con sus asociados de Estados Unidos, en Latinoamérica variaron la región hacia el dogmatismo anglosajón. Debilitada, la AMI clausura sus trabajos en la Convención de París de 1950 

De ahí en adelante la Confederación Masónica Interamericana (C.M.I.) fue el guardián fiel del nuevo statu quo en Latinoamérica, y desde esa época, en Colombia es importante aparecer como “Regular” en el Year Book inglés y en el List of Lodge estadunidense, y hasta la década de los 80s este es el estilo Masónico casi único que se practica en el subcontinente.

El segundo lugar en antigüedad y cobertura en el mundo lo ocupan las “Conferencias Mundiales de Grandes Logias Regulares”, de línea anglosajona, que cuenta con doce años de existencia a partir de su primera cita en la ciudad de México en 1995, habiendo celebrado hasta la fecha ocho reuniones mundiales en Lisboa, Nueva York (en donde se redactó su constitución), Sao Paulo, Madrid, Nueva Delhi, Santiago de Chile, París, programándose la novena para la ciudad de Washington D. C. del 7 al 10 de mayo del año 2008, oportunidad en que la Gran Logia de Libres y Aceptados Masones del Distrito de Columbia ofrecerá su hospitalidad. La coordinación de los trabajos y las reuniones de las Conferencias están a cargo de un Secretario Ejecutivo, dignidad que desde 1999 ocupa el R:. H:. Thomas W. Jackson, Ex Gran Secretario de la Gran Logia de Pennsylvania. Su ideología Masónica es anglosajona y exclusoria.

Por otra parte, existen diferencias básicas en los modos de actuar de las dos más grandes organizaciones mundiales. Por un lado, en las Conferencias Mundiales de Grandes Logias Regulares se deben someter a un examen previo todas las ponencias a presentar con el fin de que no sean introducidos temas polémicos a las deliberaciones. Por el contrario, en CLIPSAS las ponencias se presentan sin filtros previos. Igualmente a los Coloquios de CLIPSAS puede asistir tranquilamente cualquier Masón del mundo sin importar que la Gran Logia a la que pertenezca no sea miembro del “Centro de Enlace”. En las “Conferencias” todos los asistentes deben ser miembro de alguna Gran Logia de las que el grupo entiende como Regular.

La cuestión del respeto a la particularidad de cada Gran Logia también es determinante. CLIPSAS acepta la singularidad de cada Gran Logia, sin imponer ni exigir nada a nadie dentro de la mayor tolerancia mutua. Por su parte, las “Conferencias” se apegan con firmeza a las condiciones impuestas por la Gran Logia Unida de Inglaterra y las exigen a su membresía.

Igualmente, existen grupos de Grandes Logias que se reúnen atendiendo afinidades como la Confederación de Grandes Logias Femeninas, regionales como la Conferencia Masónica Americana (COMAM) y la Confederación Interamericana de Masonería Simbólica (CIMAS), y nacionales como la que aglutina a 10 Grandes Logias del Perú, etc., pero todas ellas tienen en común que no poseen vocación universal.

De todos modos, y dentro de sus particulares estilos de trabajo, CLIPSAS y la Conferencias Mundiales en cada cita se preocupan por tratar un tema de actualidad para la humanidad, o de estudiar conjuntamente algún aspecto del devenir Masónico, los cuales son tratados a grandes rasgos desde la perspectiva filantrópica que identifica a la Masonería anglosajona, de reflexión filosófica que distingue a la de Europa continental, o acorde con el discurso social que caracteriza a la latinoamericana.

Estas asociaciones de amplia cobertura son importantes en una humanidad globalizada en donde los líderes de la Orden deben tener cabal comprensión de lo que significa ser Masón en un mundo altamente tecnificado y comunicado.

A CLIPSAS le cabe el honor de haberse anticipado a esta tendencia civilizacional y su condición de ser la asociación Masónica de cobertura mundial más grande y vital le impone una función de servicio que no podemos dejar de admirar.

Visto lo anterior, es fácil comprender la importancia y la enorme trascendencia de celebrarse en Barranquilla, Colombia, del 22 al 25 de mayo del año 2008 el más trascendente certamen mundial de la Masonería.