Saturday, February 14, 2015

Instrucciones a Los Hombres de Deseo


Instrucciones a
Los Hombres de Deseo


Instrucción 10
Louis Claude de Saint Martín


Sumario De Las Instrucciones

  1. Instrucción 01: De la Emanación, De la Creación y de los Números. Instrucción
  2. Instrucción 02: De la Extracción de las Esencias y de la Materia en la Indiferencia.
  3. Instrucción 03: De la Modificación de las Esencias y de las Diversas Propiedades del Triángulo.
  4. Instrucción 04: De la Explosión de las Formas y de la Necesidad del Cuaternario.
  5. Instrucción 05: De las Diferentes Producciones de la Naturaleza y de las Diferentes Formas de este Universo.
  6. Instrucción 06: De la Emanación del Hombre.
  7. Instrucción 07: De la Prevaricación del Hombre.
  8. Instrucción 08: Del Cuerpo del Hombre y de su Pensamiento.
  9. Instrucción 09: De la Reintegración de las Formas.
  10. Instrucción 10: Deseo, Paciencia y Perseverancia.

Instrucción 10
Deseo, Paciencia y Perseverancia



Mis hermanos,
 
El Eterno, todopoderoso Creador, cuya potencia infinita se extiende sobre el universo de los espíritus y de los cuerpos, contiene en su inmensidad una multitud innumerable de seres que Él emana cuando quiere, fuera de su centro. Él da a cada uno de esos seres, leyes, preceptos y mandamientos, que son puntos de unión de esos diferentes seres con esta gran Divinidad. Esa correspondencia de todos los seres con el ser necesario es tan absoluta, que ningún esfuerzo de esos seres puede impedirla; ellos no pueden jamás, aunque se esfuercen, salir del círculo donde fueron colocados, y cada punto que recorren de ese círculo, no dejaría de estar, un solo instante, sin relación con su centro; y, con fuerte razón, el centro no podría jamás cesar de estar en correspondencia, comunicación y relación con el centro de los centros. 

La relación de los centros particulares con el centro universal es el Espíritu Santo; la relación del centro universal con el centro de los centros es el Hijo; y el centro de los centros es el Creador todopoderoso. Dios, el Padre, creó los seres; su Hijo les comunicó la vida, y esta vida es el Espíritu Santo. Podemos ahí ver la demostración por el examen de las tres experiencias físicas que os presentaré para servir de demostración de lo que acabo de decir. 

La unidad, 1, se encuentra en los números 10, 7, 3, 4: ella se encuentra en 10, en 7, en 3 y en 4; lo que prueba que es imposible poder alguna vez desnaturalizar la unidad, por la imposibilidad de encontrar un número donde la unidad no esté, porque ella es la concepción, el sustentáculo y el fin de todos los números; ya que después de haber recorrido una cantidad prodigiosa de números, se terminan por 9, no están completos, por la ausencia de su unidad que los contiene. Como en 10.000: si, en vez de los ceros hubiese 9, ese número estaría incompleto porque demostraría que puede sufrir una adición; mientras que la unidad unida a los ceros muestra siempre la emanación, la base y el complemento de los diferentes números: 1.000.000... Se puede aumentar los ceros hasta el infinito, pero ellos parten todos de la unidad, y están todos contenidos por la unidad; lo que puede verse en los ejemplos siguientes: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10. 

La unidad es aquí el principio de esos nueve números, 1; después de él viene el 2, donde está la unidad: 3, donde ella está también; y sucesivamente hasta el 9, donde ella también está contenida. Ahora, el 9 no pudiendo hacer un número completo, llega a 10, que nos muestra la unidad conteniendo todos los números, como la figura de la página anterior. 

He aquí la prueba física, matemática, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Sabéis que los números son coeternos. Dios no creó los números; ellos existen desde tiempos inmemoriales en Él y es por medio de ellos que se hicieron todos sus planos de creación de los diferentes seres. Ved, pues, Mis hermanos, que la unidad generadora es la imagen del Padre, 1; la unidad que sigue todos los números 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9 es la imagen del Hijo, y porta su número: 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9/44/8. Sabemos a través de todos los sabios del universo que el número 8 es el número de la doble potencia dada al Cristo, así como terminasteis de ver que Él es la vida de todos los seres que subsisten, tanto de los espíritus como de los cuerpos, porque ningún ser puede subsistir sino por uno de los 8 números que acabamos de ver. Igualmente, el complemento de todos los números, que es 10, o (1), nos muestra la imagen física del Espíritu Santo, que contiene todo lo que el Padre creó, todo lo que el Hijo dirigió, y forma de ese modo la unión eterna, inefable e indisoluble de las tres unidades que componen la triple esencia de la Divinidad sin principio ni fin, como podéis observar que la unidad, 1, siendo absoluta y necesaria, ha, sin interrupción, emanado y creado seres, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9; que esos seres siempre han sido dirigidos por su acción directa, su verbo Divino, su Hijo querido 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9/44/88, porque completa por su número todas las acciones de los diferentes seres; y que ellos estaban eternamente contenidos por el Espíritu Santo, 10, o, como la figura anterior, como el fin, el sustentáculo y el conservador de todo ser. 

Esas grandes verdades, cuya demostración está escrita en toda la naturaleza, son los arcobotantes (construcción exterior en forma de medio arco, que sirve para sustentar una bóveda, una pared), que deben sustentar al Hombre de Deseo espiritual Divino bueno en todas sus operaciones espirituales temporales. ¡Infeliz de aquellos que se dejan seducir por los falsos prestigios de los intelectos demoníacos, para recibir delante de los ojos de su alma, que son el pensamiento y la voluntad, el velo abominable que les oculta esas tres santas luces hechas para ser conocidas por todo hombre! Pero, como la luz disipa todas las tinieblas, de la misma forma las tinieblas, en el mismo instante en que el ser menor permite que ellas tengan cuenta de él, disipan en él toda l luz y lo hacen errar como un ciego procurando a ciegas algún objeto que pueda guardarlo contra los peligros que lo cercan; igualmente, el alma ofuscada por el mal uso de su pensamiento procura objetos espirituales que puedan disipar el miedo terrible que el espíritu vengador del crimen produce en ella. Este terror, ese pavor, el estremecimiento que la mayor parte de los hombres experimentan en la oscuridad, constituyen una imagen perfecta del estado de su alma. Ese miedo que ellos tienen de encontrar en las tinieblas algún ser destructor de su cuerpo, debe acompañar al alma de aquel que busca en las tinieblas, por el temor que posee de encontrar algún ser destructor de la pureza del su ser Divino que la conduce a la privación de la luz eterna que es Dios. Si retiramos una gran lámpara de un hombre, que lo ilumina y le hace ver todos los objetos circunvecinos, él continuará en las tinieblas durante el tiempo en que se separe de esa lámpara; su vista perderá, durante toda la separación, la visualización de los diferentes objetos. El sol, por ejemplo, que ilumina los ojos del hombre, le hace ver las diferentes bellezas de la naturaleza; por medio de él ve las diferentes bellezas de las sucesiones de los diferentes cuerpos aparentes; por medio de él, se instruye de los diferentes objetos que pasan sucesivamente delante de sus ojos; y cuanto más visualiza, tanto más será instruido de la naturaleza de los cuerpos cuya luz muestra las dimensiones. 

Supongamos ahora que ese hombre sea encerrado en un horrendo calabozo que lo priva de la comunicación del astro solar: el miedo disminuye conforme al número de días de su privación. Cuanto más tiempo quede encerrado en las tinieblas, privado de la luz del sol, más su vista se debilita, y más el recuerdo de su visión disminuye; de modo que, si permanece un cierto número de años sin ver la luz del sol, es preciso tener un cuidado especial para reconducirlo a la luz, para evitar que, al transportarlo bruscamente a la vista del sol de medio día, las membranas de sus ojos, poco ejercitadas a los movimientos flexibles que deben tener para estar en comunicación con este astro, y encontrándose en un estado de tensión, de rigidez y de dureza, y recibiendo un gran número de rayos a los cuales no consiguen obedecer, y oponiéndose por su resistencia una nueva fuerza a sus rayos, no disuelven al fin, el propio obstáculo, rompiéndose algunos vasos gruesos del cuerpo y matando la forma de aquel que deseó muy pronto aproximarse al principio de la vida.
La aplicación de lo que acabo de decir a los objetos espirituales es simple y fácil. Tenemos, sobre el asunto, un gran número de ejemplos en la Escritura Santa. 

Cuando Moisés fue a buscar la ley que el Eterno le dio sobre la montaña del Sinaí, fue preciso decir al pueblo que nadie se aproximase al pie de la montaña y que, tanto hombre, como animal, sería fulminado. ¿No es lo mismo que mostrar a Israel, que no tenía la visión suficientemente ejercitada, suficientemente pura y limpia, para poder ver los objetos que estaban en la montaña? ¿No es también mostrar el respeto que debía tener por todos los santos objetos que allí estaban, a los cuales no debía aproximarse sino de lejos y trémulo? 

Es, pues, absolutamente necesario usar de la mayor circunspección, moderación y discreción sobre todos los objetos que la Orden posee y caminar con la mayor consideración en el camino que conduce al fin; porque cada senda que allí conduce tiene espinas, dificultades y obstáculos que es preciso disipar, extirpar, alejar. Ser conducido al camino sin haber evitado esos obstáculos, constituye una dificultad aún mayor para superarlos. 

De ese modo, la prudencia, tan recomendada por el mismo Jesucristo, debe ser el cimiento de nuestros pasos. Un gran número de fuerzas dadas a un general poco experimentado no hacen sino aumentar su derrota. Es necesario, antes de darle un cuerpo grande, que sepa al menos dominar un cuerpo pequeño. Lo mismo ocurre con nuestra alma: es necesario que ella se haya ejercitado por mucho tiempo en los pequeños combates antes de resistir a los grandes; las mayores fuerzas que se le dan aumentan sus combates. Así, es preciso saber moderar el deseo de avanzar, por el miedo de caer. Vimos que el uso de los alimentos, tan necesarios a la vida del cuerpo, utilizados en cantidades muy grandes, y sobre todo en convalecencia, son frecuentemente mortales para aquellos que los emplean. Es, pues, indispensablemente necesario acostumbrar poco a poco su estómago a las carnes antes de hacer grandes refecciones cuya digestión es siempre difícil. Las diferentes pruebas a las que se debe someter a los sujetos para cerciorarnos de su deseo, fidelidad y perseverancia son de ese género. 

Un sujeto tiene hoy un gran deseo y mañana no tiene más, porque cambió de pensamiento. Es, entonces, necesario darle más tiempo antes de admitirlo, para saber si posee un deseo verdadero. Si lo posee, su deseo aumenta en razón de las dificultades, y, si no lo tiene, las dificultades lo aniquilan; lo que siempre es un gran bien: 1º, es un hombre de deseo superficial: si hubiese entrado en la Orden, habría sido un mal sujeto; es, pues, un gran bien que no entre; 2º su deseo es verdadero, el tiempo no hace sino aumentarlo; 3º, los diferentes obstáculos que le son colocados y que superarlos darán un mérito aún mayor, que tienen su recompensa. Deseo, paciencia y perseverancia. Son tres virtudes que ruego al Eterno concedernos a todos y mantenernos para siempre bajo su santa guarda. 

Amén.

No comments:

Post a Comment