Monday, February 6, 2017

La Estrella Flamígera - Jorge Norberto Cornejo

La Estrella Flamígera

Jorge Norberto Cornejo

Introducción
Uno de los símbolos más universalmente utilizados en Masonería es la Estrella Flamígera[1]. Se la encuentra prácticamente en todos los Ritos; es la “marca” fundamental del grado de Compañero y uno de los emblemas más inspiradores que la Orden le ofrece a sus miembros. Ahora bien, ¿qué simboliza realmente la Estrella Flamígera?
Algunos Rituales del Rito York afirman que simboliza a Dios, o a lo Divino en general. Desde mi punto de vista, esta interpretación es inaceptable, no sólo por su carácter religioso, sino porque no se entiende de qué forma el símbolo se relaciona con lo simbolizado.
Tampoco aporta demasiado decir que la Estrella Flamígera era un signo pitagórico de salutación, porque en tal caso se trataría de un emblema convencional, elegido en pie de igualdad con muchos otros.
Mackey dice que la Estrella Flamígera simboliza la prudencia, pero esto parece una interpretación exotérica de poco valor iniciático. Eventualmente, más que la «prudencia» en un sentido convencional, deberíamos vincularla con el concepto griego de «frónesis», del que la prudencia es una derivación secundaria.
En la Ética a Nicómaco, de Aristóteles, la frónesis (del griego: Φρόνησις, phronesis, y esta de «phroneo», comprensión) es la virtud del pensamiento moral, normalmente traducida como 'sabiduría práctica', a veces también como 'prudencia' (en cierto sentido se contrapone a la hibris o ‘desmesura’). A diferencia de la Sofía (o sabiduría superior), la frónesis es la habilidad para pensar cómo y por qué debemos actuar para cambiar las cosas, especialmente para cambiar nuestras vidas para mejor. La frónesis es un momento de reflexión antes de actuar, no por mera prudencia, sino por el ejercicio de la sabiduría. Según Aristóteles, la frónesis es el fundamento y la matriz de la praxis.
La interpretación precedente puede ser interesante, pero a todas luces es poco satisfactoria. Entre la idea simbolizada y el objeto que la simboliza debe existir algún tipo de conexión, algo en la forma del símbolo que lo relacione con el concepto del que busca ser la síntesis y la imagen figurativa.
En ese orden de ideas, la Estrella Flamígera refiere, obviamente, a algo de tipo astronómico, y creemos que es en la astronomía donde podemos hallar su verdadero significado.



La Estrella Flamígera
A lo largo del tiempo, se han propuesto cuatro objetos astronómicos como candidatos a ser simbolizados por la Estrella Flamígera: el Sol, la Estrella Polar, la estrella Sirio y el planeta Venus.
Descartemos el Sol, porque eso implicaría repetir un símbolo que ya se encuentra en el Oriente de los Templos masónicos.
La Estrella Polar es una opción interesante porque, cuando nos situamos en el Hemisferio Norte, todo el cielo parece girar en torno de la misma. Por ello, la Estrella Polar representa el “punto fijo”, el motor inmóvil en torno del cual se desarrolla todo movimiento. Es, en cierto, modo, el punto en el centro del círculo. Asimismo, las estrellas circumpolares que, por encontrarse próximas a la Polar, giran en circunferencias de radio pequeño y nunca llegan a ocultarse detrás del horizonte, también han encontrado un lugar en el simbolismo iniciático, que no desarrollaremos por exceder los límites del presente trabajo.
Sin embargo, entre la Estrella Polar y la Estrella Flamígera propiamente dicha existe una diferencia. Ubicar la Polar en el Oriente, entre el Sol y la Luna, no tiene demasiado sentido. Por el contrario, cuando la Estrella Flamígera se dibuja en el techo del Templo, en el centro exacto del mismo[2], sí puede asociarse significativamente con la Polar. Tal asociación se hace aún más relevante cuando de la Estrella desciende una plomada, que “cae” exactamente sobre el Altar, en el punto preciso en que la escuadra y el compás descansan sobre el Libro. En tal diseño simbólico, si la Estrella representa el Centro del Mundo, la plomada indica el Eje correspondiente.
Por lo tanto, podemos concluir que, entre la Estrella Flamígera y la Estrella Polar existe una relación simbólica, pero la misma no es significativa cuando la Flamígera se representa en el Oriente, como es la situación más habitual.
Pasemos a examinar la Estrella Sirio. Esta era la “estrella perro” de los antiguos egipcios[3], dado que su salida helíaca[4] anunciaba el próximo desborde del Nilo. Sirio, “como un fiel perro guardián” advertía a los egipcios de la cercanía de la inundación que fertilizaba el valle del Nilo.
Sirio es la estrella más brillante del firmamento, y en ese sentido podría calificarse de “flamígera”. Además, Sirio desempeñó un papel importante en numerosas mitologías y religiones antiguas. Sin embargo, no podemos encontrar para este astro una aplicación específicamente masónica.
Entonces, ¿a qué corresponde la Estrella Flamígera? Considero que podemos encontrar una respuesta en la religión sumeria del tercer milenio antes de Cristo.
En la referida religión, la estrella Sirio cumplía una función importante, tanto en la determinación del ciclo agrícola como en su condición de divinidad en sí misma. Su nombre sumerio significa “flecha del cielo”[5].
Ahora, si bien Sirio era considerada como una de las divinidades principales, estaba subordinada a “la estrella dominante de Dios sobre el resto de los objetos celestes”, que para los sumerios era el planeta Venus.
Y es con Venus con quien queremos relacionar, precisamente, el simbolismo de la Estrella Flamígera.
Venus
Obviamente, Venus no es una estrella, sino un planeta, y esto era perfectamente conocido por los antiguos. Sin embargo, visto a ojo desnudo Venus aparece como una estrella brillante, lo que justifica los calificativos de “Lucero de la Mañana” y “Lucero de la Tarde” que ha recibido[6].
Precisamente, Venus siempre se observa un poco antes del amanecer o un poco después del anochecer, lo que la asocia al Sol, cerca del que se encuentra la Estrella Flamígera en los Templos masónicos. Es posible que en la antigüedad Venus se viera mucho más luminosa que desde las ciudades actuales, por lo que los egipcios la calificaron de “una estrella giratoria que difunde su fuego en la tempestad”, mientras que para los mesopotámicos era “un diamante tan destellante como el Sol, siempre rodeada y coronada por llamas”. En las enseñanzas Martinistas, se dice que los sumerios consideraban a Venus como hija de la Luna y hermana del Sol.
Las observaciones astronómicas más elementales revelan que Venus presenta fases como la Luna, y desde antiguo se la ha asociado con ciclos de muerte y renacimiento.
Joseph Campbell ha estudiado ampliamente el significado del sacrificio ritual del Rey, una práctica relativamente habitual en las culturas antiguas[7]. En efecto, fue una costumbre en numerosas culturas neolíticas que el Rey fuese sacrificado periódicamente (muchas veces por su propia mano, en un suicidio ritual totalmente ajeno al pensamiento moderno) y que tal sacrificio supuestamente se realizara para garantizar la fertilidad de la tierra y la prosperidad de la población[8]. El Rey era entonces, mitológica y simbólicamente, comparado con el planeta Venus.
¿Cuál es, en Masonería, ese Rey simbólico que es sacrificado? Hiram Abiff.
Quizás la respuesta pueda sorprender, porque efectivamente Hiram Abiff no era Rey, como sí lo eran los otros dos Grandes Maestros: Salomón, Rey de Israel e Hiram, Rey de Tiro. Pero aquí la condición “real” no guarda relación con el gobierno o el ejercicio del poder, sino que está vinculada con el Rey arquetípico de la cábala y de la alquimia.
En los Rituales masónicos más antiguos, y en algunos Rituales actuales del Rito York, la Cámara del Medio era el lugar donde los Compañeros recibían su salario, y no la Logia donde se reúnen los Maestros, como es el uso actual. El candidato a ser recibido Compañero, tras superar la prueba del Guardatemplo, ingresaba a la Cámara y contemplaba la Estrella Flamígera. Era como si el nuevo Compañero viera, por primera vez, al Gran Maestro cara a cara.
¿Qué tiene, entonces, Venus para ofrecer dentro del simbolismo masónico, en su relación con la Estrella Flamígera? En primer lugar, analicemos el emblema tradicional de Venus:

Se compone de un círculo, que representa lo infinito, y de una cruz, que corresponde al mundo finito. Por lo tanto, este símbolo implica una cierta mediación entre el micro y el macrocosmos, mediación que Hiram, como héroe civilizador, como encarnación viviente del Logos, representa perfectamente, así como también lo hacen los rayos de una Estrella, que se originan en el Cielo pero llegan hasta la Tierra. El símbolo de Venus es similar a la cruz ansata de los antiguos egipcios, símbolo de la vida. Pero la vida, en el sentido de su generación, sustento y procreación, está estrechamente vinculada con lo femenino, en su sentido mitológico, y sobre ese aspecto quisiéramos extendernos.


La Gran Madre Arcaica
En las distintas culturas antiguas, Venus siempre se ha relacionado con divinidades de sexo femenino: Ishtar en Asiria, Astarté en Fenicia; Afrodita en Grecia; la misma Venus en Roma, entre muchas otras. De una forma u otra, se trataba de la Gran Madre, la Divina y Celeste Madre Universal, a veces compasiva de la humanidad sufriente, a veces, como la Kali de la India, sedienta de la sangre de sacrificios humanos. Una diosa, por lo tanto, con dos rostros: uno amante, otro terrible.
No es, por lo tanto, casual, que la Estrella Flamígera, símbolo del planeta Venus, presida en la Cámara del Medio, ese sacrificio ritual del Rey que la Masonería conoce como la muerte de Hiram[9].
La Gran Madre, el eterno femenino, es también uno de los símbolos universales de la Belleza, y recordemos que, en la tríada de los Grandes Maestros, Hiram Abiff corresponde a la Belleza, así como Salomón lo hace con la Sabiduría e Hiram de Tiro con la Fuerza o Fortaleza.
Se podrá afirmar que estas asociaciones son un tanto confusas. De hecho, lo son. Es que en la Masonería, institución de origen definidamente masculino, encontramos una búsqueda inconsciente y casi caótica de lo femenino. Símbolos como las “Marianas masónicas”[10], como la rosa, la Sophia, las representaciones femeninas de la gnosis, etc., representan una forma de buscar, a tientas, la representación de lo femenino, como un intento de alcanzar la expresión completa de lo humano, que incluye tanto lo masculino como lo femenino.
La Estrella Flamígera, en el Oriente de los Templos masónicos, es una presencia viva del principio femenino, aunque no siempre se la reconozca como tal.
La conjunción de los opuestos
En distintas oportunidades se ha interpretado la Estrella Flamígera como símbolo del Hombre, y se ha llegado a representar el miembro viril en la intersección de las dos “piernas” de la Estrella. En nuestro estudio, la Estrella Flamígera se ha revelado como un símbolo de lo femenino.
Esto no es contradictorio, ni tampoco debe sorprendernos. Más allá del carácter “fluido” de cualquier símbolo de naturaleza esotérica, que le permite representar tanto un idea como su contrario, la Estrella aparece entonces como un emblema de la conjunción de los opuestos, de la fusión de las polaridades, del tercer término equilibrador, de la síntesis que, armonizando los opuestos complementarios, al mismo tiempo los trasciende.
No es casual, por lo tanto, que en el Oriente la Estrella se sitúe entre el Sol y la Luna, entre el positivo y el negativo, pues ella manifiesta y expresa la conjunción de los opuestos.
A modo de conclusión
Distintos autores han intentado vincular el simbolismo masónico con la astronomía[11]. Son conocidas las obras de Dupuis y Volney sobre el tema, así como los extensos trabajos de Ragón sobre la misa católica, los antiguos misterios, los ritos masónicos y sus referencias celestes[12].
Sin embargo, es un error pensar que el simbolismo masónico reproduce literalmente objetos y/o hechos astronómicos, pues en tal caso no sería un simbolismo, sino una mera reproducción de lo ya existente.
Muchos de los símbolos masónicos han sido tomados o se han inspirado en “esas cosas que se ven en el cielo”, parafraseando a Carl Jung. Sin embargo, esto se ha hecho con el propósito de representar algo más, de avanzar un paso, de “traer el cielo al Templo masónico”, con el objetivo de servir de soporte simbólico a abstractas ideas metafísicas. En este trabajo hemos buscado mostrar cómo, a través de la Estrella Flamígera, asociada con el planeta Venus, el Eterno Femenino “asoma” dentro del contexto esencialmente masculino de la Masonería, y avanza hacia la noción de la conjunción de los opuestos, objetivo final de la Iniciación.
Análisis similares pueden realizarse respecto de otros símbolos masónicos. Decir, por ejemplo, que Hiram representa al Sol y los tres Asesinos a los meses del invierno, en realidad es empobrecer el símbolo. Queda planteado, por lo tanto, para futuros trabajos, emplear las referencias astronómicos como un puente levantado para otorgar profundidad, y no para banalizar, los símbolos masónicos.

  


[1] “Estrella Flamenante”, “Estrella Resplandeciente”, etc.
[2] Como ocurre en algunos Templos del Rito York y en Templos antiguos de distintos Ritos.
[3] El calificativo “estrella perro” explica por qué Sirio forma parte de la constelación denominada “Can Mayor”.
[4] La salida helíaca de una estrella es su primera aparición por el horizonte oriental después de su período de invisibilidad –aproximadamente seis meses–.  
[5] Sería interesante relacionar este nombre mitológico con la flecha simbólica que aparece en algunos grados del Rito Escocés, tales como el 21° (Noaquita), en el que la flecha desciende desde el cielo hacia la tierra, y el 26° (Escocés Trinitario), en el que una flecha tricolor reemplaza el mazo del Maestroi.
[6] Estas dos apariciones del mismo astro lo califican, a su vez, como un símbolo apropiado de la ley de dualidad.
[7] Ver “Las Máscaras de Dios”, especialmente el volumen sobre “Mitología Primitiva”.
[8] Se ha dicho que, en la versión evangélica convencional, el hecho de entregar a Jesús (el “rey” de los judíos) para que fuese ajusticiado fue una expresión más de esta práctica.
[9] No es contradictorio que la misma Estrella sea el héroe sacrificado y la diosa que preside tal sacrificio. Tales asociaciones son comunes en el pensamiento mitológico. Además, aquí tenemos una primera aproximación al tema de la conjunción de los opuestos.
[10] Muy difundidas durante la Revolución Francesa.
[11] Ciencia que, en cualquier caso, se relaciona con el simbolismo masónico por formar parte del Cuadrivium.
[12] Ver, por ejemplo, “La Misa y sus Misterios”, J.M. Ragon, Editorial Berbera, México, 2009.

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